Travesía

Travesía.

De cuando me querías y llenabas mi vaso de agua con una sonrisa que parecía un torrente esperando que la montaña se abriera de piernas. “Mira cómo me abro para ti”. Entonces las tardes eran de rayos oblicuos como pinceladas largas que dibujaban ese pequeño pliegue de tus labios diciendo sin palabras “vaya, vaya” y tus ojos se ponían garzos y me miraban los reflejos de ti, de ese silencio contento del niño que se va con su juguete bajo el brazo, de ese pensarte están todas las baldosas marcadas, todos los caminos, todas las bocanadas del puerto expectorando tu espera en cada chimenea, en cada sirena de cualquier barco que zarpa.

Estamos en 1944. La travesía dura aproximadamente 27 días hasta el puerto de La Guardia, allí tras aprovisionar y el merecido descanso de tanto mar, tanto mar, habrán otros tres días hasta La Habana. El viaje ha sido horrible, pero mucho más horrible será la vuelta. Mientras tanto los sueños se deshinchan como flojos tiempos que gotean. En La Habana espera la mentira de tanta palabra, tanta ilusión puesta a imaginar. Qué fácil es decir te quiero y qué difícil todo lo que viene detrás.

Cuba es una gran isla de putas donde los americanos se alivian de tantas millas hacia delante, tan poca historia detrás. Allí las mujeres fuman y bailan y hacen el amor al ritmo del corazón de un océano que se quiere tragar la vergüenza de tanta dominación, tanta esquilma, tanta comparativa sin lugar a la dignidad. Cuba es un son.

Y la mujer comparte su amor por aquel hombre de las letras con no sabe cuántas mulatas, con no sabe cuántos tragos de ron, con no sabe cuántas lunas que le traen el mal de ojo, el embarazo, la pena, la miseria, aquel príncipe azul que le escribía cartas de amor con tanto amor, con tanto amor que no podía ser amor.

En 1954 el regreso con una niña y todo perdido duró algunos días más por el retraso de un tifón. La minúscula niña del hambre tenía unos ojos de lágrimas, grandes, con el asombro de lo que duele por primera vez. El contraexilio, la derrota, la condena de no poder levantar la vista ante el ya te lo dijimos, ilusa, ¿qué te creías? y los días tras días sin poder evitar esperar su vuelta.

Y así siguió todo el cuento. Alejandro abrazado a Sara, contándole la historia de sus padres, algo de lo que nunca había hablado con nadie, besándola para que se le olvidara aquella huella, jugando al cíclope como si su mirada fuera la única rayuela, acariciando su pezón izquierdo hasta que la erección les borrara las palabras y volviera todo a empezar, sin historias, sin literaturas, sin cuentos que luego recordar.

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