Terapia de Alejandro

Terapia de Alejandro.

El programa de reeducación de Alejandro simplemente consistía en imaginar.

La voz más agradable del mundo, aunque con ciertos tonos metálicos, le indicaba:

—Cierre los ojos e imagine.

Entonces Alejandro cerraba sus ojos con fuerza y tras sus párpados se dibujaba una mancha rojiza donde había habido luz y estrellitas minúsculas y brillantes donde había habido recuerdo. A los pocos segundos la mancha roja se iba difuminando y las estrellitas se reproducían por miles, incontables con palabras, imposibles de distinguir entre el ayer o el mañana, impregnadas de dolor algunas, sudorosas de alegría las pocas. Y entonces Alejandro ya no estaba mirando hacia fuera, todo lo miraba a él, y la voz un poco metálica carraspeaba como acomodándose a él y le susurraba:

—Alejandro, cuénteme.

Y Alejandro no podía hablar, un sueño de éter se le agarraba a la garganta, pero una estrellita se abría paso entre las otras y allí estaba Sonia, en la otra acera esperando que cambiara el semáforo, nerviosa con las piernas que se le cruzaban como si no aguantara más las ganas de ir al baño, y eran ganas de verlo a él, de cruzar la calle de una vez y no tener que estar aguantando esa mirada de espera esposada a una luz roja. Y cruzó con su sonrisa nerviosa, con toda esa ilusión que se le ponía a bailar en aquellos ojos que parecían un arco iris, luces verdes y azules y miel dibujándose en los párpados cerrados de Alejandro hasta hacerle musitar como un ruego su nombre.

—Alejandro, hábleme de Sonia.

Y Alejandro sigue callado porque las palabras se le cincelan como huellas en eso que Sonia, con su voz de quererte regalar un saber, llamaría hipotálamo, quizá. Las palabras le golpean como en un atanor hasta convertirse en imágenes que la proyectan como si estuvieran de nuevo en un cine de aquel verano, le conmueven como aquellas bandas sonoras, como aquellos diálogos imposibles de los filmes clásicos americanos. ¿Te alegras de verme o es que llevas pistola? ¿Te alegras de verme o es que esa risa de tu hola se desborda porque estás nerviosa? ¿Te alegras de verme o es que el mundo ya no existe y estamos en un cine de sesión continua?

—Alejandro, no llore.

Y Alejandro llora sin parar como lloraba Oliverio Girondo, como lloraba Dario Grandinetti, llorándolo todo, llorándolo bien, con la nariz con las rodillas, de frac de flato de flacura, llorar la digestión llorar el sueño. Alejandro llora de alegría, pero esto nadie lo puede saber, ni siquiera él, llora de verla de nuevo aunque sea en un sueño inducido, en una regresión maldita que le abre las compuertas del llanto y le rompe las bisagras de ese fondo de armario donde quiere esconder el daño que hizo, el daño con el que la quiso.

—Alejandro, no se ría.

Y Alejandro ríe a carcajadas, sin parar de mover su convulsa barriga, sujetándose con los diez dedos las entrañas de la memoria, sujetando con dos dedos aquel pezón sonrosado que parecía más un botoncito de juguete que encendía todas las luces de alguna noria. Y Sonia llevaba un papel en la mano. Había impreso todos sus cuentos para leerlos en el metro. Y él, tan acostumbrado a que la gente no pierda el tiempo en sus palabras, se siente orgulloso de que una mujer así se recueste entre sus líneas y relea en voz baja y le mire y otra sonrisa y le coja el brazo como en un salto de rana, cantaban las letras en su boca en aquel cuento sin hadas donde la magia se vestía de coma.

—Alejandro, no diga tonterías.

Y Alejandro se queda callado, callado en su tumba, regando los geranios, regando las imágenes de aquella sonrisa que algún día fue un regalo. Ella le aconsejó sobre el orden de los cuentos, él se convenció de que el único orden posible era ella. Almorzaban cada día juntos, cerca del río, y las palabras eran como torrentes que inundaban los silencios. Hasta ellos hablaban sin parar aproximándose en círculos, en elipses que cada vez estrechaban más sus radios. Aquella mujer, aquella mujer, que un día le besó en el ascensor del metro…

—Alejandro, cállese. La sesión ha terminado por hoy.

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