Tassia titilando

Tassia titilando.

Un día Ossip se paró en frente de la fuente de los patos. El sol era casi metálico y una laguna de sudor no tardó en inundarle los sobacos de la camisa azul clara que descuidadamente cubría omóplatos, el cuello también rozado, lumbargias y esos pelillos ralos que le inundaban la espalda a la altura del trapecio y pecas, miles de pecas constelando alrededor de su piel como si de tierra incógnita hubiera pasado a res marcada como una mujer escarlata.

Citas y citas, toda su vida era un sinfín de citas sin mujer a la que esperar, sólo libros, sólo citas, sólo frases hechas por otros que al momento se convertían en credos y rimas y siglos metidos en un solo pensamiento, en un único anhelo de ser parte de alguna cita.

Y frente a los patos de piedra comenzó un monólogo subliminal entre Tassia y su osito de peluche mordido y arronchado como si fuera una fachada de barrio antiguo, con rodales de amor y besos y lágrimas de una niña abrazándose a la última idea de ser niña.

“Pero a mí me gusta estar tranquila, dejar que los bosques se llenen de árboles sin preguntarme si lo primero fue el uno o el otro, dejar que la brisa me erice los pezones mientras escucho hablar a lo lejos como si fuera una música, acurrucarme en mi no pensar, dejar que mis dedos dibujen la huella de alguna caricia que no puedo olvidar, andar despacio, muy despacio, pisando los roces del segundo de antes, apretando sin apretar el pie dentro de las pisadas de ayer, comprobar que casan, que se hunden en la misma silueta del cielo reflejado en el charco que piso. Sin dolor.

No entiendo el dolor, no entiendo que tú me hagas daño sólo por hacerte más daño a ti aún. No entiendo los semáforos rojos ni las huchas sin romper, no entiendo que me cojas las manos para que no me pueda ir ni que me abraces solo para sentirte abrazarme, no entiendo lo que me escribes, tus historias hechas de no historias, tus días enrevesados de horas y plazos, de camas almidonadas o de segundos milimétricamente formados en filas de a tres, de a cinco o de a seis.

Me gusta caminar por la playa cuando atardece. El cielo está suspendido de una luz naranja y los pájaros huyen tierra adentro como si así se ganaran el sol. La arena está tan llena de huellas que es imposible seguir ninguna. La bruma en sordina de las olas abandonando la orilla me deja meterme mar adentro, hasta el fondo mismo donde las caracolas cantan sonatas sin poder evitar bostezos acampanados como medusas.

Cuando me sumerjo por completo el azul se vuelve verde o gris y ando entre estrellas de mar y otras caracolas que tocan la tuba y llaman a retreta. El cielo se tupe de negro y la luna baila a escondidas. Un hombre mayor se acerca a entrepasos. Lleva un bastón con empuñadura nacarada y un sombrero como inglés. Yo me tumbo en la arena y me abro de piernas. Le digo: “Mira como me abro para ti”. El hombre acerca la empuñadura de su bastón a mi clítoris y me acaricia con él. Las estrellas comienzan a titilar y entre mis lágrimas siento un bienestar tan grande, tan gratis, tan fácil, que me doy cuenta de que sólo la generosidad puede producir placer. Cuando me corro el hombre mayor sonríe y sigue caminando.”

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