Ossip no tiene bigote

Ossip no tiene bigote.

A Ossip le gustaba coleccionar enfermedades imaginarias como la escalofendria. Eran síntomas que le venían de pronto, de sorpresa en cualquier paso o distracción de sí mismo. La lista de enfermedades que cuidaba con esmero es tan interminable que ahora mismo ni a él se le ocurriría enumerarlas. Simplemente nos quedaremos con que por un mecanismo imposible de explicar, y mucho menos de demostrar, cada una de las enfermedades que inventaba pasaba a los pocos segundos a corroer su alma e incluso su cuerpo.

Aquella noche viajaba en el metro de regreso a su casa. Como siempre iba distraído dejando enfangarse su mirada en el cristal que reflejaba los pliegues y pliegues de su morbidez. El muñeco de michelín, pensó sin dejar escapar una triste sonrisa. Estaba gordo y sudoroso, cansado, asfixiándose con su nueva enfermedad que no le dejaba respirar. Y punto. No le dejaba respirar y notaba como el pecho se le hinchaba hasta convertirse en bajovientre y le dolía, le dolía como un pito de tren en los oídos y hasta notarse mil puntillas de aguijón clavándose en su piel por dentro.

Estaba muerto y el metro vagoneaba a veinte metros bajo el suelo, maldita sepultura que no paraba de traquetear mientras la gente practicaba compulsivamente la habilidad de escurrir su mirada de la de los demás. El sudor le olía como si se hubiera comido tres ácidos y las señoras fruncían el hocico despectivamente. Horror a morir así, sin decidirlo él, morir de forma huidiza y de sopetón, como si el acto más importante de la vida le pillara cagando o simplemente pensando en otra cosa que no fuera vivir. He escrito vivir, no morir, señor de las ideas y las frases como deberían ser.

Pero Ossip ya estaba muerto desde la primera vez así que el terror era una especie de masturbación de la que se esperaba regresar por mucho que tres curas enmascarados hubieran subido a aquel metro con hostias explosivas ocultas en sus anos abiertos de par en par. El reflejo de su gordura lo engullía a tragacantos sin poder hilar ni una sola idea más allá de la creciente opresión en el pecho y el aire que se hacía papel de lija aserrando sus pulmones.

La piel por dentro era aguarrás quemando como si todas las cerillas del universo se estuvieran prendiendo de sus recuerdos o su vida o su lejana tranquilidad de pequeño leyendo los cómics de la Marvel entre soles inclinados para verle las pantorrillas a la atardecida. Estaba muerto y de pronto se dio cuenta de que eso significaba no estar nada, ni siquiera vivo. Sintió vergüenza de una muerte tan poco elegante, en medio de un viaje subterráneo, con toda esa luz y esa gente que al día siguiente inventaría su muerte tantas veces como la contara, hasta hurtarle sin conciencia su exacta muerte. Su no.

Pensó en las mil veces que había utilizado la imagen de los mil alfileres clavándose en la piel de alguno de sus personajes. Siempre supo que escribía de ese mismo instante donde todo se paraba, menos el metro hasta la próxima estación. Todo estalló, la vida la luz la música clásica en el vagón, el propio vagón y el cristal, su imagen gorda y sebosa en el cristal, las piernas de aquella muchacha haciendo de cúpula sobre los sueños de tantas cópulas, frase fácil, pensó, incluso muriéndote escribes frases fáciles, cabrón, y se lloró, se lloró como se lloraba Darío Grandinetti en el lado oscuro del corazón, como lloraba Dario a Oliverio, a cántaros, sin esclusas, sin perdones ni mocos ni pañuelos ni lágrimas. Se lloró sin vida durante tres estaciones y tres empujones y pensó que le hubiera gustado ser como Sabina y solo había sido el gordo sudado, como el cuento, y ahora sangrado por todas esas estrías que se abrían entre él y su pecho.

Toda la puta vida pensando en morirme y ahora me viene la cosa en el metro. Qué vergüenza de llevar los calcetines con agujeros y la mirada fija en su reflejo tatuado en el cristal por todas esas miradas que le miran con preocupación y temor de ser eso inesperado que pasa y les encharca la cena de el gordo que explotó en el metro.

De pronto una chica joven con una carrera en la media (solo ella podría darse cuenta) se da cuenta de que Ossip se está muriendo y se levanta de un salto del asiento. Entre el guirigay del metro y la música y las miradas oblicuas y los ya te dije o los como te lo cuento o los no me lo puedo creer se oye un grito que parece el principio de la Revolución: “¡¡¡El señor del bigote se está muriendo!!!” A Ossip le da un vuelco el corazón y hasta las entrañas porque él nunca ha llevado bigote. Cuando acapara todo el aire suficiente para poder protestar por el equívoco, uno de los curas se interpone entre él y la muchacha. El metro está llegando a una parada y disminuye su velocidad. Se para. El cura genuflexa sus esfínteres y todo explota como en un apocalipsis tridimensional. Ossip también muere.

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