La máquina del amor

La máquina del amor.

Desde donde me encontraba podía contemplarlo casi todo. La luz mortecina venía suave hacia mí y me recortaba figuras que se deformaban en el espacio, ecos de risas y llanto, estertores de máquinas y pitidos infrahumanos que mapeaban el otro lado de la oscuridad. Al momento de distinguir cada imagen no recordaba si la había visto o imaginado, un olor a infancia y a niños corriendo quería atraparme en hilachas de historias que quizá no eran ya mías.

Un niño perdido buscando una mano que lo encontrara me gritaba acusador, miles de pasos golpeando el asfalto retumbaban en su llanto mientras el suelo se llenaba de caramelos envenenados; luego la voz de una madre, la voz de mi madre cantándome cielito lindo me llevaba a una ventana llovida con brumas de sombras escurriéndose en la tormenta de los gritos de algún padre borracho. La angustia volvió de nuevo y los pitidos de alarma de las máquinas acuchillaron el duermevela. Un pelotón de revuelos se arremolinó alrededor del nicho de enfrente hasta que los verdes y blancos tiñeron la penumbra. Una voz de mujer gritando “rayo” como un trueno hacía separarse a todo el mundo unos metros hasta que un fogonazo se convertía en relámpago. El gorgoteo era insoportable hasta matar.

Todo ocurría sin ángulos, sin tiempos, sin pasar, hasta que de pronto unos ojos zíngaros descorrieron el tenue velo de la tortura y se apoderaron de mí. La muchacha se separó del tumulto y se acercó hasta rozarme el sudor de la frente con sus dedos. Me dijo, tranquilo, no pasa nada, con un cariño necesario de esos que se sienten al decir, y su mano me acarició la mejilla como si fuera mi madre cantándome en susurros. Me acercó la pajita a los labios para que bebiera un poco de zumo de piña. El calor de su mano y el frío de la bebida me hicieron pensar que estaba vivo.

Quise preguntarle su nombre, pero no tenía voz ni lenguaje para hacerlo, en mi cerebro solo había espumas y algodones que aplastaban cualquier intento de verbalizar aquellos ojos de carbón que se estrellaban al mirarme. Sentí que la llamaría señorita Cora, esta otra señorita Cora, y creo que ella me sintió porque me apretó suavemente la palma de la mano.

Desde aquel momento mi mirada se convirtió en un panóptico que seguía a Cora allá donde fuera. Si por unos breves momentos desparecía de mi vista, me quedaba fijo mirando el punto por donde lo había hecho, esperando como aquel niño perdido que reapareciera para rescatarme de lo oscuro, de la sensación insoportable de que no iba a volver a ser yo. Los cables que me ataban a las máquinas y a sus vidas no me permitían el más mínimo movimiento, la angustia volvía a cada intento de moverme y en alguna ocasión deseé vomitar sobre mí mismo para que ella viniera a socorrerme.

Las horas solo pasaban cuando me dormía, entonces los sueños me atrapaban hasta retorcerme de dolor. El miedo es un enano que se te va hinchando, leí en la vieja tapia del cementerio, y me dejé engañar por una voz dulce que me contó la historia del noble Dalibor, aquel que en la oscura torre de Praga donde lo habían encerrado tocaba el violín por las noches para apartar la locura de su horror. Dicen que aún hoy en día se oye el sonido de su violín si paseas por allí las noches de luna clara. Yo sé que lo que se oye son los alaridos de dolor que le provocaban las torturas en el potro al que yo estaba atado ahora, aterrado de miedo a despertar y de miedo a dormir, pidiendo a gritos que rebotaban en mi cráneo que me dejaran diluirme en aquellas sombras que me querían proteger para siempre.

De pronto mi máquina se puso a pitar como una desposeída. Desperté como si hubiera caído a un pozo y el pulso me golpeaba las sienes como si Prometeo quisiera destruir allí mismo el mundo. El revuelo estaba ahora girando sobre mí y otra vez las voces de cariño y tranquilo, tranquilo, me llenaron de pavor porque sonaban como cápsulas de cianuro o sueros de una verdad que yo nunca supe distinguir de sus mentiras. Me oí gritando Cora, Cora, y sus voces querían convencerme de que no pasaba nada, que Cora vendría a salvarme de mí mismo, de toda esa parte hedionda de mi yo que se había apoderado de mí. Grité, esta vez sí, con todas mis fuerzas, pero ningún sonido salió de ese muñeco con cables en que me habían convertido.

Otra vez todo estaba quieto. La penumbra bailaba como una mariposa alrededor de la luz mortecina. Un hombre vestido con un mono verde me inyectó algo en el cuello y noté como hurgaba en él con un bisturí. Cuando terminó estaba unido con un cable a una nueva máquina donde una pantalla proyectaba en el techo mi futuro a cámara lenta, tan lenta que solo podía ver imágenes fijas, petrificadas y sustituidas sin percepción de su continuidad por la imagen anterior, no por la siguiente.

Vi el cuadro, las letras de un poema que no tenía sentido, el salmo 139, la destrucción, su rostro en aquella plaza, perdido y esperando a que mi mano llegara a rescatarla; vi la desolación absoluta, la gente corriendo sin dirección y estrujándose hasta morir, la lluvia ácida de un dios inventado que nos ahogaba con su incontinencia urinaria, El Bosco en una bañera antes de ser Marat, desconchándose las excrecencias de su piel negra, sucia y sulfurosa.

La voz de Cora borró de mis párpados cerrados todas aquellas imágenes. Oí qué hablaba con alguien y decía, ¿qué voy a hacer yo ahora? Las otras voces intentaban consolarla, calmarla con las frases hechas para la ocasión: Ya verás como sí puedes, donde comen dos comen tres, tu familia te ayudará, vienen con un pan bajo el brazo… Todas estas verdades mentidas con tanto cariño como desinterés real que nos reconfortan y nos evitan descubrir que los inviernos son solo inviernos, que el frío nos acompaña hasta la muerte. Sus ojos brillaban en aquel buque fantasma y empecé a contarles cosas pequeñas, cuentos de una sola palabra, sonidos de esos que te lamen el vello, hasta que conseguí hacerla reír, aunque no me hubiera podido oír.

Se acercó con una palangana y una esponja. Me desnudó mientras repetía las mismas frases confortadoras que le acababan de decir a ella. Me preguntó si el agua estaba fría y siguió mirándome fijamente con aquellos ojos de terciopelo negro mientras limpiaba con suavidad mi pene. No pude evitar que aquel miembro que alguna vez había sido mío empezara a crecer y crecer entre sus dedos, ella sonrió y me susurró:

—Tienes que aprender a dejarte ayudar.

Yo le quise decir que sí, que aprendería a dejarme ayudar y que también aprendería a ayudarla a ella, a su hijo, que me olvidaría del cuadro, de Sara, que no volvería a matarla cada vez que pensara en ella, que no volvería a matar nunca más ni por acto ni omisión, que solo quería sentir su mano allí, acariciándome el pene como antes me había acariciado la mejilla, suave, protectora, como una canción de madre. Sé que nos besamos en algún sueño, luego ella rio con esa risa desvergonzada que me llenó de ternura y me preguntó:

—¿A que ahora estás mejor, amor?

Me dormí suavemente con ese cariño de hospital. La señorita Cora, la de Julio, vino a soñar conmigo y me acarició el cabello. Tuve miedo, pero sabía que todo había pasado, las máquinas habían hecho su trabajo. No volví a ver a la otra Cora. Al día siguiente me desengancharon los cables y me dejaron ir a casa. Una vez allí, me miré largo rato en el espejo del baño. Supe que ya no era yo.

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