La condesa Bathory y la buena familia

La condesa Bathory y la buena familia.

Marta cierra los párpados y graba con fuerza en su oscuridad un deseo. Luego sopla y la vela se apaga y todos cantan y aplauden a sus quince años que por un momento parecen felices aunque la tarta la haya encontrado su padre en un contenedor. Abre los ojos y su mirada distorsionada por una lágrima recorre las arrugas de su madre, las manchas alcohólicas de las mejillas de su padre, los mocos de pegamento esnifado de su hermano pequeño. Se siente feliz y muy triste de saber que sólo es un momento.

La tarta está buenísima y se la comen en un santiamén, señor suspira la madre, y todos brindan con vasos disparejos y beben y el hermano eructa y el padre acaricia la mejilla de Marta, mi rubia maravillosa, y bailan aquel pasodoble de cuando era pequeña y los desconchados de las paredes sienten vergüenza de no haber sido capaces de seguir siendo como eran entonces, pero ya nada es igual y el padre se va al bar, a buscar trabajo dice él, y la madre sigue cosiendo los remiendos de la familia y Marta recoge la mesa, el mantel de hule agujereado por los cigarrillos, y se encierra en su cuarto a imaginar en su diario el primer día de sus quince años. 

Ya es el segundo día y en el desayuno su madre le confirma lo que ya sabía: va a irse a casa de la condesa. Las dos lloran, se abrazan. Marta piensa en el chico que va a dejar, su madre se odia por lo que va a hacer. A su padre no lo volverá a ver, su hermano es como si no existiera ya. Su familia recibirá un dinero que se gastará pronto, como todo. Su madre balbucea un sinfín de excusas para taparse silencios que la acusen, Marta sonríe y la besa con dulzura, no te preocupes que estaré bien.

La condesa vive en una muy cuidada casa de campo, rodeada de huertas y jardines y con un río en el que han acondicionado una playa para su uso particular. Marta toca la campanilla de la puerta de servicio y tras unos segundos la puerta se abre y un hombre de aspecto rocoso y con aire juvenil en su sonrisa la recibe y ella hola, soy Marta. Él le coge la pequeña y deteriorada maleta y la acompaña hasta la habitación de las chicas. Allí no hay nadie y él le señala una de las cuatro camas, ahora sólo hay una chica más, Isa, en otra habitación duerme Carmen, la señora que se encarga de todo, y Juana, la cocinera, viene cada día. El hombre es agradable y consigue que Marta deje de temblar antes de dejarla sola para que se acomode. Al rato aparece Isa y todo parece ir mejor de lo que esperaba, serán amigas, piensa, y la acompaña a la cocina para presentarle a Juana y a Carmen.

Marta se deja llevar por los ánimos que le dan las dos mujeres y Carmen, una mujer lustrosa y sonrosada, le da las ropas que utilizará, le pellizca la mejilla y hace que se sienta bien, muy bien. Isa la coge de la mano y va a enseñarle toda la casa, no te preocupes, la condesa hasta mañana no vendrá, y le cuenta la historia de la casa, de la condesa, de Carmen, de Juana, de su familia, de su novio, ¿y tú tienes novio?, y a Marta se le hace un vacío en el estomago y musita sí, creo, tenía, no, ya no. Isa la abraza y le susurra al oído, ya verás al jardinero.

Es el día siguiente y aún no ha visto a la condesa, tan sólo ha podido espiarla desde la ventana de la cocina mientras aquella se bañaba en el río. Desde la distancia le ha parecido una mujer muy guapa. Se pone a temblar sólo de pensar en el momento en que la llame. Se ha puesto ya la ropa que le dio Carmen porque en cualquier momento tiene que estar disponible. No puede evitar sentir vergüenza, se siente desnuda con el minúsculo tanga blanco que deja sus labios vaginales al aire, con sus pezones pintados con lápiz de labios, con el cortísimo y transparente camisón de gasa blanca. Carmen la lleva frente a un espejo, le pregunta: ¿Alguna vez te has visto tan preciosa como hoy?

Por fin la campanita suena y Carmen le da un beso en la mejilla y la acompaña hasta el dormitorio de la condesa, no hables si ella no te pregunta, haz cada cosa que te diga sin emitir ningún sonido, no la mires nunca a los ojos. La condesa viste una bata negra, se acerca a ella y la toma de la barbilla, mira su rostro con complacencia y mientras Carmen abandona la estancia la besa en los labios, muy suavemente, la lleva a la cama, la tumba, le abre las piernas y besa su vagina, sus ingles, su clítoris, con un amor que Marta nunca había sentido, con un placer que su novio aún no había encontrado, y recuerda que no puede gemir, mientras la condesa introduce dos dedos en su vagina y siente dolor, y recuerda que no puede quejarse, y la condesa con su dulce sonrisa se yergue y dibuja un corazón en su frente con sus dedos rojos de sangre.

 

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