Una hoja estrujada en la papelera

Una hoja estrujada en una papelera.

Ossip se agacha resoplando hasta alcanzar la papelara bajo su mesa. Está llena de envoltorios de chicle de puromoro, tickets del supermercado, boletos rasgados de juegos de azar y una estampita de la Virgen de la Piedad. No puede responderse qué hace allí.

También hay una hoja arrugada de papel. Es una hoja amarillenta, con desgarros y mapas de tinta emborronada. Aún se lee:

“TROZO 1º: ALEJANDRO.

Casi no le costó nada cerrar la puerta. El silencio le había ayudado a entornar lentamente la puerta y salir al rellano, salir del relleno de tantas horas y días emparchetados de Sofía y venga a darle vueltas al me voy, no me voy, me quedo y la quiero un poco más, pero no la quiero y, hoy, me voy. Hoy me voy y ni siquiera me despido, ni siquiera te pongo en la boca el reproche de un insulto, de algún conjuro que le haga darse la vuelta, dejar la maleta tirada en alguna esquina de la habitación que no huela a mentira y abrazarte en esa cama tan vacía y tan nada para los dos; esa cama que me ha dado tantas vueltas a la resaca cada mañana que me he acostado y he buscado tu cintura para agarrarme a ella, para apretarme a ella y que esta maldita manivela deje de moverme toda la vida en una coctelera, mezclada con todas esas vidas vuestras que tanto me acechan.

Y toda esa puerta cerrada mientras bajo las escaleras, todo este silencio que me algodona la barandilla, te cierra toda la vida, te mata toda la vida en una cerradura por la que ya no pasan tus pestañas, tu mirada, para convencerme de la nada y raptarme entre tus legañas de precoz salamandra descarriada.

Pero todo lo que cerraba era tan suyo, lo había pagado tanto, que se giró en redondo dispuesto al abrazo, al beso y lo siento, vamos, ven, quédate, y te quiero y lloros, y ella allí, tres escalones sobre él, todos estos meses sobre él, con la bata sucia abierta sobre la combinación negra de las mujeres perversas, con la mirada negra de aquellas pupilas marrones café con leche y dulzura de sacarina para mantener a régimen el sentimiento; y la mano de Sofía se adelanta, puede que hacia la caricia, pero se detiene en un medio camino que es sólo un cobro:

—¿Me puedes dejar algo de dinero?

Y yo le doy los billetes que pagan esta despedida, toda su valentía de cobrarme hasta la última mentira, la última sonrisa que se esconde entre anuncios de compra venta y joyas, cariños, empeñadas, malvendidos en besos aguardentosos que nunca nos llegaron a retener ningún amanecer.

La calle está llena de gente a esta hora del mediodía inusual para él que si todavía tuviese casa, si todavía le quedase algo de amante en esa casa, seguiría durmiendo unas horas más hasta que un beso lo despertase para tomar el café, para tomar otra vez la vida a cuestas y tratar de sonreír a esa mujer tan extraña con la que se puso a hablar de literatura un día a las seis de la mañana en un antro cerrado ahogado de humo y whisky y rayas de cocaína; tratar de fijar la mirada en el cuadro y darse cuenta de que todavía está ahí, aún un día más. Y la gente le mira, la gente lo sabe, fíjate se va, lleva la maleta y entra en el bar de la estación, nadie se acerca, nadie le paga el café hoy, nadie le sonríe como entendiéndole, sólo esperaran al próximo con derecho a llave, al próximo que la pasee por el parque las noches de raso y busque entre sus senos el abrigo de tanta humedad que ya entumece la mente; se va el muchacho de las buenas propinas, de los buenos lingotazos en la tasca de la plaza, como si se sintiese obligado a pagar por ocupar hembra autóctona, por tener bula de recato y permitirse bailar en los entredientes maliciosos de la gente que esta noche entre partida y partida, entre número y número cantado con desgana por alguna de las chicas, le comparecerán resinosos, pringosos de esto tenía que acabar así, ha perdido el trabajo por culpa de ella y luego le ha dado la patada, con lo buen muchacho que era cuando empezó a trabajar, claro, no saben nada de la vida y se emborrachan con ella, todas las noches por ahí, sin dormir, haciéndose polvo, y la primera espabilá que los engancha los vuelve del revés; pero ellos allí, sentados a la mesa del jefe, a ver si alguna de las muchachas necesita buenas relaciones para conservar el empleo y sin querer recordar todas las veces que han intentado tocarle el culo a Sofía.”

Ossip estruja como distraído el papel y lo vuelve a arrojar a la papelera. Parecen pasar diez años mientras va oscureciendo en la calle. El narrador no puede evitar una cierta sonrisa. Otro nombre que no sirve.

Scroll Up

Pin It on Pinterest

Share This
A %d blogueros les gusta esto: