Copywriter

Copywriter es una palabra que acaba de entrar en mi universo. La primera vez que la vi escrita llamó mi atención porque era una palabra extranjera en un contexto de lenguaje auténticamente castellano, pero, sobre todo, porque es evocadora, incluso prometedora añadiría yo en uno de mis habituales momentos de ingenua y corta esperanza por encontrar el bálsamo de fierabrás.

Situada en contexto parece ser que esa palabra, imbuida del disfraz de las cosas sabias por desconocidas, hace alusión a una técnica por la que el que la utiliza consigue una instantánea y segura captación de la atención del lector que, más o menos procrastinadamente, ha sido atrapado por el dulce libar de su significantes (de los significados ya hace mucho tiempo que nos desprendimos).

En cristiano viejo, vamos, que esta técnica consigue que tu ingenuo lector se lea e incluso se crea aquello que tú le estás diciendo, al punto de que no solo le gusta, sino que le encanta.

Es una técnica para captar almas.

Como sabéis, acabo de publicar una novela (de la cual casi prometo no hablaros hoy) y estoy inmerso hasta la cerviz (por supuesto doblada ante la inmensidad del mercado virtual) en la laboriosa e incomprensible para mí tarea de visibilizar mi obra en toda clase de redes. Esta insensatez (mayor aún que la de pasarse años escribiéndola) me ha sumido de bruces en un mundo luminoso sin par, pero también desalentador sin parangón.

Es el mundo del marketing (mercadotecnia, también para los cristianos viejos).

Han llegado a mis ojos decenas de textos sobre este noble arte de convencer a cualquiera (incluso a ti mismo) de que tu producto merece la pena de ser adquirido e incluso consumido por el resto de los seres humanos. He leído hasta la extenuación todo tipo de consejos y how do it (esto es mejor que los cristianos viejos no lo entiendan) en 7 pasos para ser un fenómeno mundial de las ventas de objetos hasta el momento desconocidos (e insospechados) por el vulgo ansioso de adquirir la única felicidad a golpe de campaña publicitaria.

Y entre estos textos, entre miles de palabras y términos incomprensibles de inmediato efecto, encontré esta maravillosa palabra: copywriter.

Al parecer su magia radica en que si eres capaz de elaborar un relato de tu producto (pero tu producto eres tú mismo), el lector se enganchará a él y lo seguirá gustoso, haciendo suyos tus avatares como si de telenovela turca (es lo que está de moda) se tratara.

Bien, comprendo el sentido. Se trata de que el lector se identifique contigo, que vea que detrás del producto que le quieres encalomar (en este caso una novela), existe una historia humana de alguna forma similar a la suya, en la que él se puede reconocer (o querer reconocer) y estar dispuesto a acompañarte en tu singladura literario-comercial.

Sí, de verdad que lo entiendo. Y lo intento. Pero no sé, no sé hacer copywriter con mi novela. Me cuesta. Quizá me cuesta porque mi novela dejó de ser mía en el mismo momento que puse el punto final meses después de haberle puesto el último punto (ya sabéis que las novelas solo se escriben cuando se corrigen, no cuando se redactan). Quizá si lo que vendiera fuera un método para adelgazar, o para no morirse nunca, me sería más fácil lo del copywriter, porque, en el fondo, solo vendería lo que otros ya querían comprar de antemano. Pero una novela, un texto literario, es diferente.

Es diferente porque una historia no se puede vender (sí un libro, no nos confundamos). Una historia, así en el aire, antes de ser contada, no es nada, es solo aire que se materializará en historia, en ficción, en disfrute, en vida, en el único momento en el que alguien la escuche (la lea), ya que este lector, por una vez y cien mil veces más, crea el único y efímero momento en que el texto existe. Hasta ese instante todo han sido garabatos en el papel, ideas idas y venidas en interminables paseos, sobresaltos insomnes en alguna cama sudada. Nada más que palabras sin engarzar hasta que lleguen a la mente que después las leerá.

Me cuentan los tutoriales del marketing para escritores que tengo que crear una marca personal, que necesito construir un nicho de seguidores que acudan solícitos a mis lares, que tengo que ser atento y amable con ellos y responder sus comentarios, crear lazos, empatías, fidelidades.

Y, por supuesto que sí, ojalá fuera capaz de hacerlo, lo intentaré, lo estoy intentando, de verdad, pero es que no me es fácil, hay una desustanciación tan abismal entre el hombre que escribe historias y el hombre que intenta venderlas que la historia que se escribió deja de ser la que fue para ser otra: producto engalanado de frases y virtudes que se han deshecho de aquellas desharrapadas y balbucientes palabras que querían llegar a ser historia en los ojos de algún lector anónimo, desconocido y olvidado de aquel primer escriba que simplemente las escupía (y ahora me acuerdo de los conejitos de Cortázar) sobre algún papel (más bien pantalla de ordenador).

Pero, la verdad es que es muy efectivo esto del copywriter. De pronto, a poco que te lo curres (no tan poco, no tan poco), tienes una legión de seres identificados contigo (no sé si con tu escritura) que te apoyan y coinciden en todo lo que vanamente se te ocurra poner en tu blog (por supuesto, una de los primeros mandamientos del copywriter es no ser nunca polémico en tus opiniones. Eso te puede restar seguidores, además de provocar un clima no confortable en tu espacio virtual).

Hace algunos años fui testigo directo (yo creo que antes de que se hubiera desarrollado este marketing de redes) de un caso en el que se cumplía al dedillo toda esta doctrina:

Un hombre que atravesaba una dura crisis existencial (divorcio) y económica (explosión burbuja inmobiliaria) decidió crear un blog para escribir sus relatos como tiesto de cultivo donde hacer crecer su popularidad con vistas a escribir algún día un best seller (léase superventas) que le diera fama y dinero.

De aquel hombre habría que alabar su convicción en el proyecto y su capacidad de trabajo: sin falta ninguna publicaba cada semana dos relatos, cada uno el día marcado para ello (había creado distintas series que iba continuando relato a relato). Cuando yo accedí a su blog (esto daría para otro thriller como Vendrá la muerte y tendrá tus ojos), me di cuenta de que aquel tipo no tenía lo que podríamos llamar una forma de escribir literaria (ni mucho menos un pensamiento literario), pero realmente sus relatos estaban construidos cumpliendo las premisas de la narrativa actual (giros inesperados, suspense sin fundamento, cliffhangers a cada dos párrafos del relato, personajes prototípicos en los que cualquier lector podía meterse tras el primer suspiro… En definitiva historias vertiginosas con muy poco calado a las que enseguida se les veía el truco, y aquí viene muy bien utilizar esta expresión).

Tras leer sus relatos me llamó la atención el gran número de fieles seguidores que tenía su blog. A cada relato que escribía le sucedían decenas de comentarios y respuestas a esos comentarios. Aquel hombre no solo publicaba puntualmente sus historias, sino que luego pasaba días y días contestando uno por uno cada comentario de sus lectores, creando verdaderas conversaciones río que ya poco tenían que ver con sus escritos y bastante más con una relación amigable. Curiosamente el 99 por ciento de esos comentarios eran escritos por mujeres.

Por circunstancias de la vida (más bien de la suya que de la mía) tuve la oportunidad de conocer a este hombre poco después y pude comprobar que el perfil de sus seguidoras se repetía hasta la saciedad: mujeres de cierta edad con ciertos problemas en su matrimonio. Sé que él no había seguido ningún tutorial de marketing, ni siquiera había buscado (por lo menos en un principio) un target de audiencia, pero el resultado es que el tío se había montado una exitosa campaña de marketing, fruto más de su intuición personal (y de una dedicación exhaustiva) que de un planificado estudio de mercado. Pero, al final de todo, no sabemos qué vendía (o qué compraba).

Tampoco sé si habrá escrito un best seller (seguro que no desentonaría mucho con otros que están triunfando por ahí). Lo único que sé es que yo nunca tendré su habilidad (ni su capacidad de trabajo) para crearme tamaña red de seguidores. Afortunadamente, dado el perfil.

Yo sigo intentando lo del copywriter, no penséis que dudo de su utilidad, pero no sé si yo podré llevar esto a buen puerto. Decírmelo vosotros porque, y no muy en el fondo, esta entrada no es más que un intento de copywriter. Aunque, bien pensado, ¿no ha sido un copywriter continuo la publicación de todos los relatos sobre Vendrá la muerte y tendrá tu rostro que he llevado a cabo en mi blog Mi nombre sin nombre durante los últimos años?

El mundo del marketing en internet se está poblando de oportunistas que te venden el elixir del marketing perfecto en 7 (u once, dicen que siempre tiene que ser número impar para atraer la atención del visitante) pasos. La mayoría son blogs dedicados a venderte algún manual que, en muchas de las ocasiones, es un copia y pega de otros que hay por ahí.

Pero, debo decir, también hay gente seria que, más allá del tema del marketing, a mí particularmente me ha ayudado a encontrar un poco de orientación en el mundo de la edición de libros y su difusión. Estoy hablando de Mariana Eguaras (https://marianaeguaras.com/); si tenéis algún interés sobre la edición de libros y todo lo que le rodea, os aconsejo visitar su site. Y esto no es publicidad, es reconocimiento.

Bueno, pues ya he hecho my copywriter. A ver qué sigue ahora. 🙂

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