Cita en Praga I

Cita en Praga I.

Las mañanas de las primaveras de Praga suelen ser grises y de fina lluvia; algunas con tanques, otras, como ésta en la que me dirigía a la cita, con el frío del invierno todavía pellizcando en las orejas. Conocía la ciudad como si fuera un dibujo hecho por mí mismo y sentía sus sombras como si fueran los reflejos de mi memoria, pero esto no evitaba que siguiera perdiéndome entre sus calles como uno más de los muchos turistas que desaparecían sin rastro cada año.
 
La cita, como siempre, era en el cementerio judío, a los pies de la tumba del rabino Löw. Como siempre recorrí la calle Parizská hasta encontrar la sinagoga española, como siempre el hombre de la puerta me saludó, shalom, y murmuró la misma fórmula para sus adentros. El encanto lo dibujó todo y yo ya no era yo y la sinagoga salmodiaba resonando a los cielos que se cerraron o se hicieron negros o simplemente se vistieron de infierno.
 
Desde los tiempos del golem cada sabbath se repetía la misma escena. Mis sienes temblaban bajo el sudor y mi pulso viejo de parkinson temblaba bajo el temor de no encontrarla. Pero siempre la encontraba, sólo tenía que perderme para ello, sólo tenía que recitar en silencio la thorá para encontrar la palabra, para poner cada cifra en su sitio.
 
Cambiaron las horas y los siglos y de pronto ya estaba entre las tumbas y los recuerdos de tantos tiempos se habían teñido de gotas de rocío. Una vez más tuve miedo y eso me tranquilizó. Los gatos me acompañaron hasta que descubrí sus tobillos y sus piernas tan largas tan blancas bajo las medias negras y su boca roja de guardar sonrisas y su guante su mano sus ojos mirándome su espera, siempre su espera.
 
Me acercó uno de los papelitos que la gente ponía bajo piedrecitas sobre el túmulo. De todo el mundo venían judíos a pedirle deseos al rabino. El deseo de su billete era mi deseo y nos abrazamos y seguimos mucho tiempo en silencio. Olía a piel, olí su pasado, quise ver mi muerte o escuchar el nombre de dios, pero ella sólo me besó. Volví a tener miedo.
 
Oí el despertar del golem, su llanto, su ira, pensé conmigo no te va a pasar nada y ella rio con cansancio y me cogió la mano y empezamos a caminar por su laberinto de tumbas y vidas perdidas de turistas despistados atrapados en instantáneas que al momento se convierten en los nombres del holocausto llenando los muros con letras minúsculas que nunca forman el nombre impronunciable de dios, que nunca estallan dentro de nuestras cabezas, que nunca sueñan en lo que queremos ni en lo que sentimos.
 
Había nombres de niños y de ancianos, había nombres repetidos en vidas repetidas en días y días iguales en muertes iguales en lápidas iguales sin papelitos ni deseos ni recuerdos. Había muerte y yo me sentí bien abrazado a ella mientras esperaba que escribiera mi nombre en el muro y luego me llevara a mi tumba. La noche me hacía caricias y su boca roja me cantó una canción muy despacito, como para no despertarme.
 
Llegamos a la entrada del cementerio y tras una vitrina vi cientos de zapatos y zapatillas amontonados de todos los colores tamaños y edades. Vi la foto de la madre con su hijo de la mano, con su abrigo nuevo y sus maletas para el viaje. Volví a llorar y ella volvió a acariciarme la mejilla. Siempre era igual.
 
Desde una reja nos asomamos a la calle y vimos decenas de gatos mirándonos y recitando el salmo 309. Ella se emocionó y se apretó fuerte a mí. La quise.
 
Amanecía en las nubes y el cielo se hizo esperma cayendo lentamente sobre su boca roja. Nos despedimos e intenté salir, pero como siempre sólo desperté.
 
Tras el cristal de la ventana las gotas resbalaban con pereza. La eché de menos y me arreglé deprisa para salir a la calle. No me importó mojarme cruzando el puente, sólo quería cuanto antes llegar de nuevo al cementerio, a su tumba, a su vida. Todo estaba triste e igual que siempre, pero cada paso que daba era una noche que llegaba hasta ella, cada sueño una vida que vivía con ella, cada día hasta la noche una muerte que me separaba de ella.
 
Cuando llegué al cementerio estaba ya lleno de turistas. Alguno depositaban sus papelitos sobre las tumbas, otros leían los deseos ya pedidos, otros se guarecían tras los objetivos de sus cámaras. Yo me acerqué a la tumba del rabino y cogí el papelito que ella me había dejado. Decía: “duerme antes para verme antes”. Quise imaginar su rostro, sus palabras, sus risas, pero sólo pude imaginar el nombre impronunciable de Yahveh.
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