Carta encontrada en una (otra) papelera

Carta encontrada en una (otra) papelera.

Hola. ¿Ya era hora, verdad? Bueno, pues ya me he decidido a escribirte y lo primero: ¡Que estés bien! (Yo como siempre).

Acabo de regresar de dar un paseo y, la verdad, creo que he andado mucho. Nos hacemos mayores, hermana. La ciudad está como siempre (medio poniéndose el abrigo pues ha llegado el otoño), con sus ruidos, sus humos, sus prisas… tú la recuerdas bien.

Aún me acuerdo de aquel día que pasamos en el campo, poco antes de irte. ¡Qué maravilla! No me he vuelto a reír tanto desde entonces; tú con aquella pinta tan ridícula (no te vuelvas a enfadar), con aquel sombrero de paja deshilachada y aquellos pantalones rojos con los que parecía que fueses a regar (estabas lindísima). Pero bueno, todo eso ya pasó. No me cuentas nada de tu vida, ¿cómo te va? ¿En qué andas? Recuerdo la ilusión que te daban los atardeceres dorados, ¡ja!, qué dolores de cabeza y cómo nos queríamos, ¿verdad?

Acaba de pasar un autobús repleto de gente, no sé qué número es, ¡cómo te disgustaba subir en autobús!, es increíble que todavía circulen como siempre. Yo no sé que haré el verano que viene, acaba de terminar y ya estoy pensando en él. Me gustaría salir fuera, pero, ya sabes, las cosas son difíciles.

He vuelto a ir mucho al cine. Siguen haciendo las mismas películas de siempre, esas que a ti no te gustaban. ¿Vas tú al cine?

Bueno, como ves te he escrito por fin. Te echo mucho de menos. Escríbeme pronto y dime cómo te va.

Pd.: Nuestro perro murió el otro día. No sé de qué; fui a darle la comida y estaba como dormido. Seguramente se fue pensando en ti. Desde que te fuiste prácticamente no comía. Siempre fue tu preferido, por eso no pudo hacerse a la idea como yo. Si vieses como me seguía por toda la casa ladrándome de ti. Yo lo acariciaba, trataba de consolarlo, pero era inútil.

Cuando quise cambiar nuestra habitación (en realidad era por él, creía que podría curarle su melancolía si quitaba tu recuerdo) no hubo forma. Sólo que me vio desmontar la cama y se tumbó en la alfombra, en su sitio de dormir, mirándome amenazante y ladrándome cada vez que intentaba acercarme. Tuve que desistir y cambiarme yo de habitación. Compréndeme, no podía soportar el verlo tan triste, aullando por las noches, llamándote.

Muchas veces pensé en escribirte y hablarte de él, o mejor llamarte, pero comprendí que no tenía derecho a volver a complicarte la vida, ni siquiera por él. ¿Qué ibas a hacer, volver desde tan lejos para consolarlo? ¿Ser otra vez la samaritana? No, ni el ni yo teníamos derecho.

Nada más murió cerré la casa y lo dejé allí, en su alfombra. ¿Dónde mejor iba a estar que con tu recuerdo? Me fui. Lo dejé todo atrás, el trabajo, mi familia, los amigos. No he vuelto a ver a nadie. Sigo vagabundeando por las calles, sentándome en nuestro banco del parque y escribiéndote cartas que tiro siempre en la misma papelera. Sigo inventándome perros, gatos, hijos que te digan algún día lo mucho que te quiero.

Alejandro

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