Caligrafía China

Caligrafía china.

El primer encuentro que Sara tuvo con la pintura fue con la caligrafía china. Por supuesto ella no sabía qué era la pintura, ni la caligrafía, ni muchísimo menos la caligrafía china. Tenía cinco años y estaba asustadísima, con esa boca tan abierta que se le ponía cuando tenía miedo, en el comedor de la casa de su amiguita Pili. Por primera vez se había quedado a dormir en casa de una amiga y ahora echaba de menos a su madre y no quería llorar y quería hacer pipí pero no se atrevía a decirlo.

En la pared del comedor se desplegaba un antiguo rollo de seda en el que se dibujaban trazos de tinta como si fueran huellas de animal en la arena de uno de esos desiertos de los que su padre le contaba entre humos de pipa y la somnolencia del mediodía. Sara no veía los signos ni su significado, ni las huellas, ni el desierto. Solo vio pájaros negros volando y su imaginación tomó la forma de sus alas y se le olvidaron las ganas de hacer pipí y su mamá y la pesada de Pili enseñándole uno tras uno todos sus juguetes.

Vio los pájaros y el humo de una nube que parecía de algodón y recordó a su abuelo haciendo con sus manos sombras de pájaro sobre una pared, pero tampoco podía saber que eran sombras chinescas o que la mentira es lo que le queda a la verdad cuando se quita la ropa.

Un empellón de Pili la devolvió al tic-tac y al que me meo y a su apenas vocecita preguntando por el baño y la cena y esos seres tan extraños que se llaman papá y mamá de Pili.

Tras la cena un rato más y dos reprimendas para que apaguéis ya la luz y a dormir y el miedo más aún que cada noche hasta que al final se pasó a la cama de Pili y el entresueño y el sueño y ese pájaro de tinta volando en un lago rojo que exhalaba burbujas azules como si tuviera una mala digestión.

Había el lago y los pájaros negros con alas inmensas y un faro en el que una vieja pronunciaba su nombre como si fuera un mantra maldito. Había un latido de corazón que sonaba roto y una brisa verde de un olor a azufre que ella tampoco podría reconocer. En el centro del lago una escalera de caracol abría un paso hasta lo profundo abrigado por una trabajada barandilla de latón.

Sara se vio entonces agarrada por las garras del pájaro negro. Y gritó tan fuerte que la garganta se le volvió del revés. Y el pájaro graznó tan fuerte que las aguas se revolvieron y mostraron sus enaguas viscosas con cientos de animalillos imposibles revolcándose en el fango como si fueran una pintura de El Bosco.

Sara se quedó durante segundos infinitos viendo a todos aquellos seres bailando un vals del revés en el que parecían tan horriblemente felices que la niña comprendió que tras el miedo sólo existe el propio miedo.

Cayó. El pájaro la soltó y comenzó a caer a una velocidad que no terminaba nunca y el chapoteo contra el cieno y una mujer horrible preguntándole: “¿Tú cómo te llamas, niña?”

Pero la mujer era exactamente igual a la vieja del faro, la que pronunciaba su nombre. A su alrededor había caballitos de mar y orugas sin cabeza que se desplazaban de forma compulsiva de un sitio a otro, siempre el mismo origen, siempre el mismo destino.

La vieja acarició su pelo y emitió un graznido al tratar de sonreír. Tomó su mano con fuerza y tiró de ella hasta la escalera. Cuando Sara se aferró a la barandilla, la vieja y el lago y el pájaro y todo desaparecieron para sólo oír ahora una voz aserrada que le acuciaba:

—¡Corre, baja las escaleras sin mirar abajo!¡Corre o Dios te agarrará!

Sara comenzó a bajar los peldaños a saltos, aterrada del pánico a que ese Dios oscuro que tanto temía viniera a apoderarse de ella y que no pudiera volver a ver a su madre, a escuchar los cuentos de su padre, a agarrarse de su mano para que nada nada malo le pudiera pasar.

Y el llanto, el sudor, el qué te pasa de su también asustada amiguita Pili, por fin la luz y la voz de la madre de Pili, tranquila, no tengas miedo, ha sido un mal sueño, esa voz de adulto en la que refugiarse, esa voz sin mentira que todo lo cura.

La madre de Pili se quedó con ellas hasta que se volvieron a dormir las dos, dejó la luz de la mesita encendida y el nuevo sueño fue un sol y una sonrisa y su abuelo haciendo con las sombras luz. Sara juntó ambas manos entrelazando los pulgares y un pájaro comenzó a volar en una pared como si lo estuviera pintando en un rollo de seda china.

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