La bolsa

La bolsa.

Fumar un cigarrillo en la terraza de aquel viejo edificio mirando al puerto es vivir. Fumar es vida, tiene su sístole y su diástole, aspiras el humo y todas las lucecitas que se mueven allá abajo, el choque de copas y risas y suspiros que no se escuchan, exhalas todas esas cosas que se te agolpan dentro como humo contaminado, recuerdos o inventos de recuerdos y olvidos y disimulos de olvido.

Alejandro, cuando fuma así tranquilo (pero la tranquilidad no existe), como a escondidas, apoyado en la barandilla oxidada, como si se escondiera, como si por fin hubiera podido esconderse y no ser, intenta esperar siempre cuatro segundos antes de expulsar el aire. Necesita sentirlo calentarse en su esófago, abrigarlo por dentro de tanto frío, de tanto mareo de no saber dónde ir o de dónde venir, necesita notarlo recorrer cada rinconcito de sus pulmones malhumorados, tosedores de madrugadas, inhóspitos y aterrados de soplos y ruidos cavernosos. Inspirar exhalar, inspirar exhalar. No hay mucho más.

Huele a lluvia recién ida. El verano está a punto de llegar y la noche es tan clara como la luna. Cuando era niño, a la hora de la cena, su madre lo sacaba al balcón con una pataqueta de tortilla con longanizas entre las manos y un vasito de zarza para acompañar. Vivía en una calle ancha en la que todavía no pasaban muchos coches, ni mucha gente. Enfrente de su casa, un poco esquinado, había un gran solar en el que durante el verano montaban un cine, lo que se llamaba una terraza de verano. Con la pataqueta en las manos y los ojos bien abiertos dejaba que las imágenes oblicuas se le pegaran sin parpadear. El sonido de los diálogos inundaba la calle, voces que parecían truenos, llantos que parecían ecos de alguna lágrima que su pequeño entender intentaba abortar.

Las películas, él no lo sabía muy bien aún, eran sólo películas, los actores eran de celuloide, los sueños no tenían fronteras ni heridas, el olor a lluvia invadía muchas veces la calle como si fuera un decorado que le dibujaba un nuevo vivir, un nuevo mundo encantado donde todo lo que pensaba, todo lo que quería, se reflejaba en la misma pantalla con sólo cerrar los ojos muy fuerte hasta que se convertía en realidad. Él aún no podía pensar que la diferencia entre realidad y ficción depende sólo del grado de inclinación de la pantalla, no podía pensar que el olor a lluvia terminada era sólo el sentimiento de una nostalgia, de una pérdida. Tampoco sabía aún lo que era una pérdida.

Cuatro segundos y exhala el humo. Cada calada del cigarrillo es un nuevo impulso, un palmo de terreno entre lo que es y lo que fue, milésimas de vida que ya no existen, que ya no volverán y se quedan para siempre entrando y saliendo, punzando cada tiempo, cada respiro. Alejandro exhala recuerdos como si fueran buñuelos de humo, los deja hincharse lentamente en los pulmones hasta explotar sin pena, desteñidos, deslavazados de todo lo que creyeron ser, desnudos de lluvia y de nostalgia, muertos de estar muertos y de haber estado vivos. Los recuerdos sin olor a lluvia son como aquellas imágenes en blanco y negro de las películas clásicas americanas.

Edward G. Robinson con su puro entre los labios mirando a la mujer del cuadro, la mirada enamorada de Ingrid Bergman mientras suena otra vez aquella canción, Rick envuelto en el humo de su cigarrillo, que no son más que sus recuerdos. El recuerdo de mis putas tristes, sonríe Alejandro, mientras se deja envolver por el humo de aquellos nombres de mujer que le han ido desgarrando la película de sus lluvias, el recuerdo de Sara, tan presente, andando de puntillas como si atravesara un lecho de brasas. Cada nombre es una muesca más labrada a fuego lento. No quiere nombrarlos ahora. Solo Sara.

La noche se ha quedado preciosa tras la lluvia. Soledad era el nombre de un poema que escribió de adolescente. Ha sido su única compañía desde entonces. Esa soledad que no es nombre de mujer, sino su recuerdo. Cuatro segundos aguantando el humo y comprende, una vez más, porqué no la gente, porqué no su compañía, porqué mejor andar solo, respirar solo, querer solo, llorar solo.

El humo le dibuja en el pensamiento aquellos días y días en el colegio, terminada la clase, andando por la calle, o en el recreo, o incluso en el aula con la aquiescencia absentista del profesor, los gritos de toda la clase gritándole; muerto, muerto, muerto; aquel apodo maldito que algún cruel aprendiz de psicópata había creado para él y que tanto éxito alcanzó entre la cobarde multitud; muerto, muerto, muerto; y él llorando, avergonzado de sentir aquella pena, esa pena, que no es recuerdo, que son alfileres, cientos de miles de alfileres clavados en los pulmones, ahogándole para siempre, toda la clase apiñada a su alrededor, sin dejarle escapatoria de aquella pesadilla; muerto, muerto, muerto; sin poder correr, sin poder gritar porque gritar es asumir el insulto, dejarse clavar la garra de aquella injusticia, aquel odio depravado de los demás niños que luego serán eso que llaman gente.

Suelta un puñetazo al aire, pero no tiene fuerza, los demás niños se ríen y se envalentonan más, la unión hace la fuerza, gritan y gritan; muerto muerto muerto; y su compañero Rivas, se acerca a él, el único, y en voz baja le dice no llores, no hagas caso, pero él no le puede explicar que sus lágrimas no son llanto, es sólo la lluvia que le protege de que lo que está pasando no le pasa a él, de que es una peli más de esas que veía en la terraza de verano desde su balcón, que esas lágrimas son la lluvia que limpiaba el verano, la vida, que dejaba relucientes las aceras para que las pisadas del sereno acercándose chapotearan rimando con el sonido de llaves entrechocadas, con las respiraciones entrecortadas de la gente persiguiendo al extraño, la gente persiguiendo al golem inocente hasta matarlo. Alejandro no le puede explicar a Rivas, ni siquiera él lo sabe aún, que la gente tiene razón, que está muerto, que nació muerto y sin poder respirar en este mundo abrasador, con los pulmones llenos de humo y ahogados por una nostalgia que aún no ha tenido tiempo de existir, que cuando mira las películas no puede, ni siquiera cree que quiera, identificarse con el héroe, que siempre siente una pequeña pena que le lleva a acompañar al villano, al perseguido, al triste, hasta alguna terraza llovida, donde pueda contar cuatro y exhalar el humo.

Solo Sara. Sus pasos ágiles y a la vez reposados caminando cada día desde la Academía de Bellas Artes a su casa. Su culo bien dibujado por los Levis 501 azul celeste, su camisa blanca dejando transparentar el sujetador blanco, su pequeño mohín formando un hueco en su mejilla derecha cuando se piensa una propuesta a la que va a decir sí, el mismo mohín en la mejilla izquierda cuando va a decir no.

Su sonrisa abierta, de dientes impecablemente blancos de buena familia y visitas al dentista y aquellas primeras ortodoncias. Su mirada traviesa de cuando ya tenía confianza, su mirada alerta de los primeros días, comprobando cada vez si el calco de lo que quería mirar se correspondía al milímetro con lo que miraba, su mirada triste de aquella primera vez en que las líneas no casaban, su mirada azul cuando miraba el mar, su mirada esponjosa del primer orgasmo compartido, su mirada celosa de los días que vendrían, su mirada tranquila de después de follar, su mirada ensoñada de después del porro, su caricia en la mejilla de Alejandro como una aceptación, su mano tan acostumbrada a empuñar el pincel como si fuera un bisturí con el que diseccionaba lo externo hasta convertirlo en ella misma, su mano temblorosa del momento de discutir, del miedo a discutir, del miedo a después de la discusión.

Los miedos de Sara, el miedo a repetir dos veces la misma frase, el miedo a que el duende no la quiera, a que el duende salte del cuadro y la convierta en cuadro, el miedo a morir, el miedo a vivir, el miedo a querer tanto que no poder querer más, el miedo a las ramas de los árboles porque son personas muertas de sufrir mucho, el miedo a las ratas y a las cucarachas, pero no a los saltamontes, el miedo a los perros rabiosos, pero no a los gatos, el miedo a dormirse y soñar que sueña, el miedo a dormirse y no despertar, el miedo a despertar y que todo haya sido un sueño, el miedo a no ser más que un sueño de alguien o algo, el miedo a tener miedo, el miedo a no tenerlo cuando hay que tenerlo, el miedo a las películas de miedo, de vampiros y de hombres lobo, el miedo al Exorcista y a El resplandor, el miedo al coito anal, el miedo a perder la memoria, la identidad, el miedo a ser un doble de sí misma, el miedo a no ser hija de sus padres, el miedo a decir tonterías y a preguntarlas, el miedo a no saber, el miedo a saber demasiado, el miedo que le dan los silencios de Alejandro, la mirada a veces huidiza de Alejandro, el miedo a engordar y no gustar, el miedo a estar demasiado delgada y no gustar, el miedo a no follar bien, a no ser atractiva, a tener la regla y mancharse, el miedo a que se huela su regla, el miedo a ser mujer, el miedo a no ser lo mujer que debe ser, el miedo a tener hijos, el miedo a no tenerlos, el miedo a no pintar bien, el miedo a pintar tan bien que lo que pinta deje de ser real, el miedo a hablar en público, el miedo a hablar inglés a pesar de hablarlo perfectamente, el miedo a lo que la gente piense de ella, el miedo a que piense la gente que es una niña pija, el miedo a que sus padres sepan que sale con Alejandro, el miedo a que Alejandro piense que es una zorra, el miedo a que Alejandro piense que es una ñoña, el miedo a que el hoyito de sus mejillas se convierta en un surco de vieja, el miedo a las multitudes, el miedo a los alborotos, el miedo.

En el bolsillo trasero de los vaqueros lleva guardada la bolsa de plástico. La encontró por casualidad en el cuarto de Sara la semana pasada. No le dijo nada y la guardó. Quizá entonces es cuando empezó a suceder todo, cuando empezó a suceder esta noche de lluvia y muerte. La bolsa es de un comercio de la calle Karlova, una tienda de esas donde venden cristalería de Bohemia a los turistas. Seguramente es la bolsa donde Sara transportó las copas que ahora están en el aparador del comedor. Son seis copas de licor talladas formando una cenefa de diamantes cerca de la embocadura. Cuando vio la bolsa y luego las copas comprendió que Sara había realizado aquel viejo proyecto que juntos soñaron, también comprendió donde estaba el cuadro.

Una cosa llevaba a la otra. Un sueño lleva a una decepción, una bolsa lleva a una ciudad, un cuadro lleva a morir. Pero eso es lo de menos. Ella había ido y seguramente se habría dirigido hasta la torre Daliborka alguna noche de luna llena para escuchar el violín que lo inundaba todo, habría entrado en la torre y habría rebuscado en cada grieta para encontrar el mensaje, para comprobar una vez más que él no había cumplido su palabra, que él no había sido capaz de cumplir ni uno solo de sus sueños. Seguramente, pero esto Alejandro lo pensaba por querer pensarlo, sin tener ninguna razón para ello, Sara habría hecho un pequeño dibujo o habría escrito unas cuantas frases en un papel y lo habría escondido en una de las grietas, por si él alguna vez iba a buscarla allí, por si alguna vez se decidía a cumplir una sola de las tantas cosas que se prometieron hacer el uno por el otro, de las que se prometieron hacer juntos.

Sara habría viajado con el cuadro. ¿Dónde si no iba a estar? Habría recorrido aquellas sinuosas callejuelas por las que tanto habían andado sin salir de la cama, habría cruzado el puente y se habría dirigido a Malá Straná, habría pasado por las embajadas, por la calle del tranvía, por el túnel, aquella casa… Quizá habría conocido a Violeta y le diría que se hiciera cargo del cuadro, que lo cuidara hasta que Alejandro un día llegara, cuando ella ya no estuviera… Sara tenía miedo de saberlo todo y de que todo fuera verdad.

Seguramente hasta que encontró la bolsa Alejandro no comprendió qué era lo que le estaba pidiendo Sara, por qué no quería darle el cuadro, decirle donde estaba, hasta que él no cumpliera su parte, por una vez.

Por eso la cocina, por eso el beso, por eso te voy a follar como entonces, por eso pero antes me follabas porque me querías, por eso te quería, por eso. ¿Te atreves con la bolsa?

Y su hoyuelo unos segundos en la mejilla izquierda, luego unos segundos en la mejilla derecha. Sí, me atrevo, ya no me das miedo, ya no tengo miedo de nada.

Y bajarle las bragas, y ponerse el condón, ¿a estas alturas vamos a follar con condón?, sí, es mejor así, no hagas preguntas y obedece.

El miedo a obedecer, el miedo a dejarse llevar. Ya no hay miedo, ya no importa nada.

Cierra los ojos y no pienses en nada, sólo siente mi polla, siente mi vida encima de la tuya toda la vida, toda esta puta vida, mi cariño, mi amor, mis noches de lluvia, siénteme encima de ti, abrazándote, poniéndote la bolsa en la cabeza, tu rostro se dibuja difuminado a través de ella, como si el papel de calco estuviera movido, como si cada línea tuya fueran dos, la mía y la tuya, como si ese doble que tanto temías se hubiera apoderado de mí para apoderarse de ti.

Sara se arquea, las piernas bien abiertas, los ojos cerrados, los dibujos del mar y aquellos días palpitando en las sienes, nota el pene de Alejandro introducirse en su vagina muy despacio, muy suave, está allí cuatro segundos y ella contiene el aire cuatro segundos, el pene sale y ella exhala el aire de sus pulmones, la bolsa se empaña más cada cuatro segundos y Alejandro ve el rostro de Sara cada vez más borroso. Pasan cuatro segundos y cuatro segundos y cuatro segundos y el rostro de Sara ya no se ve más hasta que Alejandro retira la bolsa. Sara tiene el rostro azul y los ojos cerrados, en su mejilla derecha parece adivinarse la huella de un hoyuelo.

Alejandro aplasta muy lentamente el cigarrillo contra la barandilla de hierro. La noche es preciosa, la luna está llena y recién duchada por la lluvia. En el puerto siguen las copas y las risas, ya es hora de bajar y montar su puesto de bocatas en el paseo. Es viernes y va a ser una muy buena noche. Un día, muchos años atrás, paseando por la playa, Sara le dijo que le daba miedo lo que él escribía. El se quedó un largo rato en silencio, asustado de que ella se hubiera dado cuenta ya de lo muerto que estaba. Luego la abrazó suave frente a la orilla, la besó junto a la oreja y le dijo: “tienes que llenarme los bolsillos de tus palabras, así nunca tendrás miedo de lo que te escriba”.

Aguantó el humo cuatro segundos más y lo exhaló.

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