La barra de las miradas

La barra de las miradas.

De las peores cosas que Don Salvador recordaba de su vida era una mujer. Sí, un poco estúpido colgarse del clavo de la melancolía a esas alturas: vejez, tos, esfínteres, no planes, no afanes. No le salían las palabras, no había forma de explicar cómo aquella mujer, aquella no mujer para él, había significado el fracaso más profundo de su vida. La única cosa a la que se agarraba verdaderamente.

Sonia tenía los ojos como peces tranquilos acostumbrados a mecer las ondas del tiempo. Ella por dentro no era tan tranquila, temblaba, llovía síes condicionales y plegaba porque los soles no le dieran de frente, solo quería que su perfil cruzara levemente el espacio entre lo que se tuerce y lo que se quiere.
Un día, una noche, Don Salvador, tras la corrida, fue con el diestro que apoderaba a comer el tópico rabo de toro, a mear juntos sobre la tapia, a mover el rabo en lo de la Carmen, sí lo de la Carmen, la madre de Tasia, y luego a tomar la penúltima en el rincón del manco, sí del manco, donde un grupo de universitarios bebían tequilas y se rozaban los entrecodos.

Amaneció con leche y bruma y barrenderos con ganas de partir el día en dos. El rincón del manco era un tugurio junto al mercado central que se llenaba de putas y gente del toreo acostumbrada a lidiarse las pajas y los sueños a la vez que los desamores y los desvelos. Don Salvador siempre se comía un huevo duro repelado al son del sol que salía con las carcajadas estridentes de los borrachos asegurados de buena cama esperándoles. Y vista vidriada y la sonrisa cabalgando a cuatro patas de aquella joven universitaria, mirando distraida al más allá de la barra repleta de codos y vidas sin asiento en el libro mayor.

Sexo. Todo es sexo a esas horas de la amanecida. Sexo a bocajarro para olvidar las saetas, los cánticos y el orden dórico que preside e imposibilita cualquier intento de ser algo más que una persona.

Don Salvador en aquella época tenía sus cuarenta y la niña apenas llevaba seis cumpliendo con su regla. El baño se ocultaba en un recodo y la niña fue y el apoderado fue y se encontraron en el pasillo juntando la misma mirada que se buscaba desde la barra. Un pestillo y unas bragas marrones y unos pechos pequeños bailando en un sujetanada. La mano férrea apretando ese coñito de rana saltando a los pulsos de una sangre que llenaba el día de amanecida.

Pero no, Don Salvador no recuerda esto, ni siquiera le importa ya esto. Don Salvador solo piensa en aquellos ojos, aquella risa, aquella mirada de nervios cruzando la calle al día siguiente. Luego ocurrieron algunas cosas que ahora no vamos a contar, pero Don Salvador la recuerda. Simplemente la recuerda cada día, aquella risa, aquellos ojos, como ese momento de su vida al que quisiera haberse agarrado.

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