Aquella canción de Olé Olé

Aquella canción de Olé Olé

Un día sentí amor por una mujer que no me quería. Ella era camarera. Yo también. Trabajábamos juntos en el mismo garito de la playa. Se llamaba Isabel y tenía un novio cantante y un hijo y muchos lloros y alguna buena hostia del cantante seguida de un polvo de los que lo arreglan todo. Antonio el cocinero me gritó delante de todo el mundo:

—“Quita esa mano que es lo que te pierde”.

Yo le estaba tocando el culo mientras ella fregaba frente a la ventana que daba a la playa. Ella no dijo nada, pero por la noche cuando estábamos en el terrado recogiendo sillas para bajarlas a la terraza me dijo: “¿Tengo que llamar a un hombre o qué?” Yo no supe qué decir porque la quería como yo quería no como ella podía ser querida.

El antro se llamaba Sonido 77 y estaba a la orilla de la playa. Abría las 24 horas y allí se podía encontrar desde una hamburguesa requemada hasta una coca bastante poco cuarteada. La música era la ochentera del momento y a mí me gustaba ponerle por las noches la canción de Olé Olé, maldito pop comercial, y mirarla mientras servía copas con su esbelta figura de madre primeriza.

Antonio el cocinero llegaba todas las madrugadas a eso de las cuatro. Nada más verlo aparecer le preparaba un carajillo y una copa de 103. Era la única forma de que pudiera dejar de temblar y articular su primer buenos días malhumorado. Sus ojos bizqueaban al mirar, de tantas cosas vistas ya, o de tantas cosas perdidas, y su sonrisa era un charco de saliva de la que sobresalía un palillo de dientes como único mástil sin viento, parado entre dos aguas o dos muertes, no puedo decir lo que nunca pensé. Él me explicó que las anchoas se hacían de los boquerones y que los amores borrachos solo duran lo que dura la borrachera. Pero yo a ella la quería, quería quererla y soñar con ella y acompañarla a cenar en el bar de al lado un bocata de bacon y queso, su mirada mirándome acostumbrada a dejarse mirar, a dejarse acariciar y balancearse sobre mis sueños como si solo así se pudiera cumplir lo que queremos.

Yo había dejado a Sara pocos meses antes. No quería pensar en ella ni en nada. Isabel me llamaba Alejandro, el hombre sin pasado, y me hacía caracoles en el pelo. Un día el dueño del chiringuito se la llevó a darle una vuelta en su camión. Estoy seguro de que se la tiró porque cuando volvieron ella estaba muy dulce conmigo. Quise llorar de rabia, pero solo pude hacerlo de pena. Llevaba unos pantalones blancos muy ceñidos, las braguitas se movían a su trasluz y los restos de arena me lo dijeron todo. Al poco entró su novio el cantante y ella se colgó a su cuello para besarle. Se quedaron abrazados en la barra mientras yo fregaba los vasos. Estaba tan hermosa así vencida en él, con las lágrimas resbalándole por las mejillas como lloraría una figurita de Lladró. Tan mentira y tan verdad. Tan porcelana y plástico usado repitiendo siempre la misma escena, la misma necesidad de entrega y desperdicio, lluvia lenta de lágrimas cayendo en la arena embarrada.

Le pedí a dios que aquella noche el cantante le diera su merecido, que le hiciera restallar las nalgas con su cinturón, que le hiciera sentir todo lo que ella necesitaba sentir para que al día siguiente se encontrara más vacía y desvalida que nunca. Deseé que su niño de cuatro años los viera, que nunca en su vida pudiera borrar aquella imagen de su mente, que los odiara y que ellos supieran por qué. Deseé odiarla y hacerle sentir todo el daño que yo sentía, deseé ser capaz de hacerle todas las perrerías que sabía le hacía el cantante porque sería la única forma de que ella pudiera quererme como le quería a él.

Isabel se giró sobre el cuello de su novio y se quedó mirándome con aquella suavidad que me reservaba cuando estábamos solos. Me pidió que le pusiera otra cerveza al cantante y yo me dirigí hacia el grifo. Bajo la barra teníamos siempre un revolver preparado para lo que pudiera pasar. Lo agarré de las cachas como si estuviera acariciando aquellas ancas de potra obediente, arqueé mi dedo sobre el gatillo como tantas veces imaginé arquearme sobre sus caderas. Ella seguía mirándome con las lágrimas en las mejillas, con su sonrisa de pena y necesidad de amor, de dolor. Tuve miedo al ruido de aquel cañón, a luego tener que hablar, explicar o simplemente callar, a las copas estrellándose contra el suelo, la cerveza derramada, la música muerta, o a no saber si disparar sobre ella o sobre él, o sí saberlo, disparar sobre ella y no poder olvidar jamás aquella preciosa cara llena de lágrimas y sangre.

Le serví la cerveza y el me lo agradeció con simpatía. En eso entró Pecho Lata y le serví otra cerveza. El marino borrachín empezó a contarme una de sus historias y al rato estaba riéndome de mí mismo. Ella era tan preciosa.

Después del verano cerraron el garito y no volvimos a vernos hasta muchos meses después. Yo estaba medio borracho, tumbado sobre un banco del paseo marítimo. Isabel y su cantante venían paseando con su hijo en medio, agarrado de las manos de ambos. Parecían tan contentos, tan saludables, mientras cantaban la canción de Olé Olé a tres voces. Cuando pasaron junto a mí bizqueé los ojos para que no me sintieran mirarlos. El cantante me señaló y le dijo algo al oído. Los dos se rieron burlones como el estruendo de un disparo. No he vuelto a verla nunca más.

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