Tramas                                                                            

Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

¿Quién narices es Ossip Gregorovius?

Como ya os he adelantado antes y muchos de vosotros sabréis, Ossip Gregorovius es un personaje literario, hijo de la obra de Julio Cortázar, que ahora actúa como una especie de médium entre las diferentes voces que conforman un texto —el autor, el tono de la historia, el narrador, el mundo interior de los personajes, todo aquello que los lugares de la historia nos dicen de esa misma historia y de todas las demás que el texto no llega a narrar, pero de las que no puede evitar transmitir de alguna forma su presencia o su ausencia— y los lectores que, a su vez, en el momento de leer construyen desde sí mismos todos esos elementos.

Os ruego no confundáis a Ossip con ninguno de ellos: ni es el autor, ni el narrador, ni ningún personaje, ni, siquiera, un hipotético amigo invisible de nadie. Ossip es solo una voz que escucha, lee, y se pregunta quién narices es Ossip Gregorovius.

Os habla Ossip Gregorovius:

De por qué y cómo nació Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

Esta historia, que durante mucho tiempo tuvo el nombre provisional de El cuadro de la vela, se fue construyendo a sí misma a través de muchos años, hasta que la madurez la arrojó desde la imaginación al mullido colchón de las palabras. Voy a intentar contaros con brevedad todo ese proceso del que ni el mismo autor fue consciente la mayo parte del tiempo.

¿Qué es el cuadro de la vela?

El cuadro de la vela es un cuadro que pintó, y me regaló, mi amigo Leví Morteira en tiempos en que los dos luchábamos con el COU y soñábamos con un país que tenía que llegar y nunca vino.

El cuadro representaba una mesa de madera. Bajo la mesa un suelo de baldosines verdes y blancos, sobre la mesa una vela con una llama mortecina y humeante, sobre y alrededor del conjunto un cielo negro infinito, poblado con oscuras estrellas, desde el que se podía sospechar alguna presencia indeterminada.

Tuve el cuadro conmigo, colgado de la pared de mi habitación, escrutándolo impenitentemente en busca del duende que algún día aparecería tras la llama. Cuando por motivos de trabajo, y otros, me mudé a un pueblo cercano, lo llevé conmigo. Tiempo después, salí de aquel piso y de aquellas vidas y dejé el cuadro colgado en esa otra habitación. No sé si al duende.

Historia de una idea

No sé el porqué, pero ese cuadro, o más bien su ausencia, su alusión, ha estado siempre conmigo. Ha sido motivo recurrente en las conversaciones con Leví Morteira, invitado perenne en nuestros recuerdos, como si de alguna manera se hubiera convertido en un pequeño agujero negro donde se hubiesen agazapado aquellos días de juventud. Ha sido, también, una botella, quizá sin mensaje, arrojada al océano proceloso de los tiempos que se van, y se vienen, y se cruzan, y se encuentran y se vuelven a ir para convertirse en espera. 

Todas las palabras que pueda escribir estarán un poco de más. El cuadro de la vela es una alegoría de la búsqueda, de la necesidad de encontrar aquello que se perdió o no se tuvo nunca, o se soñó tener. Es, a la vez, una certeza: la de que ninguna búsqueda lleva jamás a ningún encuentro, la de que es la búsqueda, en sí misma, lo que se vive, lo que vive; el resultado, el encuentro, es la muerte.

Y así hemos ido viviendo entre búsquedas, pérdidas y engañosos encuentros los días sin el cuadro con el cuadro, llevando y trayendo su ausencia como la presencia que de él siempre esperamos. Siempre convertido más en enseña que en objeto, ha dado nombre a diversas actividades que he ido realizando: cedió su nombre a un programa de radio que realicé en los años ochenta, se convirtió, nada más llegados los noventa, en el título de ese proyecto de novela de la que, una vez accesible a vuestra lectura, os habla Ossip Gregorovius.

Como veis, las ausencias se agolpan en presencias, así que vamos a dejar paso a la historia de esta historia que no es más que la obra de una búsqueda.

De cuándo

No recuerdo ya muy bien el momento exacto en que pensé escribir una novela que provisionalmente se titularía El cuadro de la vela, pero yo creo que sería más o menos por los primeros 90 cuando tuve la primera idea concreta sobre ella. 

De cómo

Esa primera idea me vino muy sin pedir permiso: un hombre se dedicaba a reescribir la vida de personas que acababan de morir. De forma aleatoria elegía a su protagonista entre los fallecidos del día que el periódico publicaba y empezaba a investigar sus acabadas vidas para intentar reconstruirlas tal y como él creía que ellos las hubieran querido vivir.

Esta primera idea se fue vistiendo con diferentes ropajes. Poco a poco fueron tomando cuerpo nuevas ideas que engordaban la anterior. Enseguida supe que el protagonista sería un periodista y, obviamente también enseguida, el periodista se convirtió en encargado de la sección de necrológicas de su periódico. Al poco me surgió el convencimiento de que la novela tendría dos estructuras paralelas: una de la parte del periodista, el que escribía la historia del muerto, y otra de la parte de la historia que se contaba, alguien que vivió la historia. También creía, por esa época, que ambas estructuras debían ser adyacentes, una al lado de otra, que no se continuasen en capítulos secuenciales, sino que convivieran en el papel, en la misma hoja. Afortunadamente deseché esta ocurrencia a tiempo.

De pronto me di cuenta de que yo quería hablar de una mujer y de dos hombres, y también de un cuadro, de búsquedas y pérdidas, de sueños y miedos.  La mujer se escindió en varias ellas, y a los hombres creo conocerlos, son casi todos los “yo” y algunos de los “ellos” en los que me he ido descubriendo. 

Sin pensarlo mucho tenía tres personajes principales y un atisbo de trama. Siguieron algunos personajes secundarios que pronto cobraron gran importancia, un narrador omnisciente, que de improviso perdía la consciencia y cambiaba de persona.

De todo ello nacieron los primero cuatro capítulos a los que yo llamé “trozos”, con la ingenua idea de que el nombre es la cosa y el cambio la vanguardia. Luego vino el bloqueo, la historia se quedó en el archivo de las historias incompletas y yo seguí escribiendo otras cosas que, como siempre, en el fondo eran la misma historia.

Tras algunos años de interrupción, al fin pude retomar el proyecto. Lo primero que hice fue descartar aquellos cuatro primeros capítulos y reconstruir el argumento de principio a fin. 

A esas alturas yo ya sabía de qué mujer; más bien mujeres; quería escribir. Ya tenía la historia.

Ya tenía el entramado, ahora me faltaban los ladrillos. 

De por qué

Pues no sé decir muy bien de qué por qué estamos hablando. ¿Por qué escribo? o, mejor, ¿por qué no escribo todo lo que debiera?

Desde que tengo uso de razón he pensado en escribir y desde entonces cada día he pensado en escribir y cada día me he preguntado por qué no escribo cada día. Es la duda, está claro, o, quizás, la sensación de que escribir algo es dejar de escribir todo lo demás. Un problema de tiempo, y espacio.

Es por esto que he decidido convertirme en un “no escritor” y escribir la crónica de una novela que ya está escrita, en lugar de escribir la siguiente historia que desde hace tiempo ya me susurra que existe. 

Mientras, el tiempo va pasando y las cosas que estaban sin decir se van yendo sin ser dichas y dejan de importar. El momento de la idea explota y se diluye en una nada continua. Es como pensar en mover tu pierna. Estas tumbado en tu colchoneta y piensas en mover la pierna. Pasa un segundo, un minuto, diez minutos y sabes que vas a mover la pierna, pero aún no la has movido. A la media hora recuerdas que ibas a mover tu pierna, pero ya no quieres volver a pensarlo, porque la sola idea te llena de cansancio.

Argumento

Gonzalo Quesada, un periodista de sucesos, decide reescribir la vida de una pintora, Sara Romero Vázquez, fallecida en su casa, al parecer por dejarse abierta la espita del gas.

Ayudado por su amigo, el subinspector Ramos, va desentrañando el turbio ambiente que marcó la vida de la pintora: su tío abuelo, don Salvador, que la ayudó en uno de sus intentos de superar la adicción a la heroína, y con el que mantuvo una escabrosa relación; su antiguo novio de juventud, Alejandro, un alcohólico que vende bocadillos en la playa, el que la abandonó dejándola sola con el cuadro de la vela, y que ahora quiere recuperarlo para recuperarla a ella; Tassia, una jovencita promiscua y alegre a la que nunca nadie tendrá que escribirle su vida; Ruus van Loos, un rico empresario holandés, dedicado al arte, al tráfico de armas y al blanqueo de capitales, y dueño de la galería Artemisia, gestora exclusiva de la obra de Sara; Carlos Sánchez, antiguo amigo de Sara y socio de Van Loos, que la ayudó a vaciar las cuentas de don Salvador y a desfalcar al propio holandés; Fernando Romero Navarro, padre de Sara, también socio de Van Loos en una polémica operación de especulación inmobiliaria en los abandonados barrios de pescadores de la ciudad; Antonio Sanjuán, inspector de policía muerto en extrañas circunstancias después de investigar a Van Loos; Bram Gosselt, hombre de confianza de Van Loos que se encontraba muy cerca de Sanjuán cuando murió; Julia, gerente de la galería Artemisia, la mujer que confiesa al periodista que no puede ser fiel; Alcides, un extraño personaje que sedujo a Sara sólo con su voz quince años atrás, y que ahora Alejandro encontrará con la misma apariencia que entonces; Violeta, la venezolana, protegida de Alcides, a la que el tiempo tampoco envejece, la que parece querer transformarse en Sara.

Cada uno de estos personajes le transmite al lector una Sara diferente. Alrededor de ella giran tres objetos que le ayudarán a conocer de su vida y de su muerte: El cuadro de la vela, un extraño cuadro desaparecido que todos quieren encontrar, unos por su magia, otros porque esconde las claves para recuperar las pruebas que incriminan a Van Loos; un libro de relatos donde Sara encriptó el paradero del cuadro; y un pequeño bloc de apuntes, una Moleskine, donde Alejandro irá escribiéndole a Gonzalo su vida con Sara, donde le contará su muerte.

Y una ciudad donde todo confluye: Praga.

Otros escritos

Cuentos para Sara y otras princesas

¿Dónde empieza la perversión y termina la ternura? ¿En qué lugar de los sueños se oculta el temor a que éstos sean algo más que sueños? Quince relatos en los que la realidad y la razón se difuminan llevando el terror y el amor a lo cotidiano.

Entrepuertas y escaleras

Un conjunto de relatos que en un principio no parecen tener relación entre sí, pero que poco a poco van hilando una historia en la que los lugares y las ausencias imprimen sus huellas hasta mostrarse como personajes, perdidos y a la vez en permanente búsqueda de algo.

Poemas para la mujer de negro

Aunque se presenta como poemario, en este libro se reconstruye una historia, desde su principio a su final, no necesariamente en este orden. La mujer de negro, el sujeto elíptico, el hombre del espejo, el eclipse de agosto de 1999, la Odisea, los cánticos de las sirenas, la Praga escondida de sí misma, el Golem… son las piezas de un puzzle que se visten de verso para contar su misterio…

 

 

Reserva de compra

Estos tres títulos no están a la venta en la actualidad. Próximante se publicarán con una nueva reedición

 

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“Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de años caracol”

Julio Cortázar, Un tal Lucas.

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