Samanta Schweblin, la buena escritura
Hay libros que se leen. Y hay libros que te atraviesan.
Ya sabéis cómo funciona esto. Un día lees un apellido extrañísimo que eres incapaz de pronunciar. Te topas con ese nombre por aquí y por allá hasta que poco a poco conoces a la persona que carga con semejante desastre de consonantes encadenadas. Una escritora argentina a la que amenazan con darle algún día el Nobel. Mal empezamos.
Como ya sabéis los que seguís esta web, estoy dando los últimos pespuntes a mi nueva novela. En ella intento reflejar lo imposible de contar historias de «verdad», de atrapar ninguna realidad, porque cada relato construye su propia realidad. Al mismo tiempo (y de esta opinión el único responsable es el personaje que la expresa), son los lectores los que construyen la historia que leen.
Y aquí me encuentro con El buen mal, de Samanta Schweblin. Un libro que pertenece a esa categoría de los que te atraviesan. Lo sostienes abierto entre tus manos y no lo lees, te sumerges en una profundidad densa, con piedras atadas a la cintura, sin certeza de si querrás volver a la superficie.
Samanta escribe desde un lugar casi irrespirable: el de la tensión sostenida. No encontrarás en sus renglones el alivio del giro espectacular ni el plot twist que rompe la atmósfera. Nada de malos trucos de rompedor superventas. Sus cuentos son una progresión milimétrica hacia un colapso que nunca termina de llegar del todo, pero que se siente desde la primera línea.
Samanta Schweblin construye una estética de la incomodidad, un túnel interminable que te deja sin aire. Lentamente. Para esto no necesita recurrir al horror explícito. Los monstruos te van trepando desde dentro. El malestar de una madre que no siente lo que se supone debería sentir por su hijo, el silencio que se hace húmedo entre las paredes del hogar, las palabras que no se llegan a pronunciar porque podrían pudrir el simulacro de lo que parece pero no es.
La imagen perfecta que ilustra este libro de relatos es la del primer cuento, Bienvenida a la comunidad. Una mujer se sumerge en el agua con piedras atadas a la cintura (¡Ay, Ofelia!). Tras unos extraños momentos de inmersión, se desata las piedras. Pero aunque ya está liberada, ni sube ni baja. Se queda suspendida entre el fondo y la superficie. En esa ingravidez habitan los relatos de Samanta.
Las historias que cuenta no son aristotélicas, como bien diría Violeta, personaje principal de mi novela. No son narraciones en tres actos con principio, nudo y desenlace. Son textos en suspensión, momentos congelados en una zona irrespirable donde las cosas no se sujetan a ningún nombre. Textos donde el amor por un hijo convive con el impulso irracional de causarle daño, donde la culpa no funciona como pecado sino como la única forma de subir a la superficie. Estos textos no son solo las palabras que lees. Son sensaciones físicas que te impiden respirar y hacen que somatices tu propio malestar interno.
En este libro he encontrado la confirmación de lo que el protagonista de mi última novela ya intuía: es imposible aprehender la realidad de los datos, de las historias. Solo lo ambiguo es verdadero. Solo lo cotidiano emerge hasta nosotros con el guiño de lo inexplicable, ya sea en la conversación entre una madre y su hijo, en la mirada de alguien que se observa a sí mismo caminando a su lado, o en el insoportable aburrimiento que se apodera de nosotros cuando la tragedia es nuestra propia rutina.
El silencio es la lengua materna de los personajes de Schweblin. Hay cosas para las que no existen palabras. Los sentidos se refugian en el cuerpo de la maternidad, donde un ojo omnipresente es el único testigo de lo que no se puede narrar. Una maternidad que huye de la calidez de las narrativas convencionales y se convierte en un espacio de miedo y confusión.
El título del libro, El buen mal, es el oxímoron que dibuja una ética de la supervivencia en la que la culpa es la única posibilidad de subsistir. El único antídoto frente a la inercia que devora nuestras vidas cotidianas. El personaje de uno de los relatos lo expresa así: «Todo lo que pasa tiene que ser esto que soy».
Parece imposible contar «esto que soy», pero Samanta lo hace con un lenguaje quirúrgico que no quiere ser protagonista, solo bisturí. Para ello prescinde de adjetivos —ya quisiera yo esto para mí— y construye la tensión con lo que deja de decir, no con lo que dice, con los vacíos sin aire entre palabra y palabra, con la incomodidad que te provoca el peso de sentirte leer sin saber bien por qué. Su prosa anticipa tu maniobra mental —recuerda, eres tú el que lees, eres tú el que escribes— y te lee a ti mientras tú la lees a ella, hasta que generas tu propio malestar. No busques alivios ni finales. Solo te quedarás con tus propios conflictos.
Schweblin nos enfrenta a una existencia del silencio en la que habitamos un estado de precariedad absoluta. La fragilidad de estar vivos y no saber muy bien qué hacer con ello.
He terminado el libro y me he quedado en ese estado de suspensión. Bajo el agua, sin piedras atadas, sin poder subir ni bajar. Dudando si volver a la cotidianeidad o quedarme con el dolor de Samanta. Lo inexplicable es la materia con la que están hechas nuestras vidas. Tan claro como el agua y la mecánica cuántica.
El buen mal no es un libro fácil. Es un libro necesario, un prisma para observar los pozos negros de lo real, para mirar de frente eso que preferimos ignorar: que todos flotamos en esa zona intermedia entre lo que sube y lo que cae, entre el buen mal que nos constituye.
José Luis Tomás
Por escrito
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Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
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