Qué implica publicar un libro hoy en día: la historia de Elena

 

Te presento a Elena.

De día, Elena trabaja. De noche, escribe. O lo intenta.
Vive en Madrid, tiene treinta años y ha pasado los dos últimos robándole horas al sueño para construir una novela. Elena no es solo una persona: es una minúscula pieza de un mercado editorial que mueve 3.037 millones de euros al año en España. Ella no lo sabe, pero ese dato pesa más que muchas palabras.

Elena tiene por delante dos grandes misiones, dignas de una epopeya moderna: escribir y publicar. Nada más. Nada menos.

Escribir (o cómo sobrevivir al proceso)

Elena empezó tomando una decisión inteligente, que ya es bastante más de lo que hace la media: decidir a quién iba a dirigirse. No intentó gustar a todo el mundo —ese camino lleva directo al fracaso— y se centró en quienes disfrutan del romantasy, un género que hoy vende más dragones que las tiendas de souvenirs.

Antes de escribir una sola línea, organizó su historia en capítulos con finales inquietantes. Cada uno debía terminar con una pregunta sin resolver. Lo que en el gremio llaman, con gran solemnidad, un cliffhanger.

Durante el primer borrador, Elena se apoyó en aplicaciones de inteligencia artificial para generar variantes de diálogos y comprobar qué tono funcionaba mejor en cada escena. Recurrió a Gemini para documentarse, revisando luego las fuentes, porque —como todos sabemos— la IA alucina como cualquier vecina de escalera.

Con buen criterio, al terminar el manuscrito decidió que hacía falta ayuda humana. Buscó un corrector de estilo y otro ortotipográfico. Buscó mucho. Demasiado. Encontró tarifas imposibles y promesas vagas. Al final, optó por una correctora de estilo en Fiverr: 350 euros y dos semanas después, el texto volvió lleno de sugerencias sensatas. Bien.

Animada, contrató un corrector ortotipográfico: 300 euros más, resultados no tan brillantes. Se colaron errores. Bastantes. Elena tuvo que volver a corregirlo todo ella misma, ayudada por aplicaciones específicas.

Después de gastar 650 euros, Elena seguía sin estar segura de que su manuscrito estuviera realmente listo para la siguiente fase: la publicación.

Elena descubrió una verdad incómoda: hoy en día, escribir no basta. El autor debe manejar herramientas, contratar servicios que no siempre cumplen lo prometido y, al final, convertirse en su propio editor. La calidad no está garantizada. Nunca lo ha estado.

Publicar (o el arte de desaparecer)

Tras muchos esfuerzos y algún disgusto, Elena da por cerrada la fase creativa. Ahora llega lo verdaderamente difícil: publicar.
Publicar una obra literaria —sea lo que sea eso— ofrece dos caminos principales.

a) Editorial tradicional.
Elena podría enviar su manuscrito a sellos como Planeta o Penguin Random House o, quizá mejor, a alguna pequeña editorial especializada en el género. Si alguien lo lee (cosa improbable) y lo acepta (cosa milagrosa), la editorial se encargará de colocarlo en librerías físicas, donde todavía se producen la mayoría de las ventas.

A cambio, Elena recibirá entre el 8 % y el 10 % del precio del libro vendido (de los que le digan que ha vendido). Cederá los derechos durante entre cinco y quince años. Y si el libro no funciona rápido —porque Elena es desconocida y la editorial no va a apostar fuerte— desaparecerá de las estanterías en pocas semanas. Devuelto. Triturado. Guillotinado.

El libro de Elena ha muerto.
Oremos por él. Y por Elena, que probablemente no volverá a recibir una llamada editorial.

b) Autopublicación.
Ante el panorama, Elena opta por Amazon KDP. Control total, más porcentaje por venta, edición en papel y ebook sin demasiadas complicaciones.

El problema es que su libro cae en el cementerio infinito de títulos autopublicados. Para sobrevivir, Elena debe hacerlo visible. Muy visible. Exageradamente visible.

Y aquí empieza la metamorfosis.

Elena deja de escribir

Para que un libro viva, alguien debe empujarlo a la luz. La editorial… o Elena.
El éxito ya no depende tanto del texto como de la comunidad. Así que Elena se convierte en productora de contenidos, publicadora compulsiva de tuits, retuits y vídeos cortos y absurdos cuyo único objetivo es capturar unos segundos de atención ajena.

Elena ya casi no duerme.
Lo peor es que ya no escribe.

Se suscribe a tres aplicaciones que analizan a sus competidores y le prometen las siete palabras clave mágicas para destacar en Amazon. “Romance fantástico” encabeza la lista. También la usan todos los demás. Resultado: su libro sigue enterrado en las entrañas del algoritmo.

En YouTube descubre otra verdad revelada: sin reseñas no hay paraíso.
Consigue cinco valoraciones de cinco estrellas (gracias, primos). Pero cinco reseñas no compiten con cientos. Un gurú del marketing le vende una campaña en blogs que no lee nadie y la mete en un club de lectura. Por 100 euros, obtiene tres reseñas negativas y una bondadosa de tres estrellas. El club, por cierto, es de novela negra. El romantasy les parece una idiotez.

Conclusión (o lo único sensato)

La triste realidad es esta: hoy publicar exige que el escritor sea vendedor de sí mismo, no de historias. El acto de escribir ha sido sustituido por el de crear una marca. Da igual el texto: lo importante es la imagen. Total, muchos libros comprados ni siquiera se leen. Acaban decorando estanterías. En el mejor de los casos.

No importa tanto la calidad como encontrar el “nicho” —palabra muy adecuada para lo que estamos contando— y sumergirse en redes hasta que la fatuidad rebose por las orejas.

La única conclusión posible es que escribir y publicar son cosas distintas. Queremos que nos lean, pero lo que leen los demás nunca es exactamente lo que creímos escribir. Hay principios cuánticos que lo explican, pero no vienen al caso ahora.

Así que Elena debe seguir escribiendo en sus ratos libres.
Porque eso —y solo eso— merece la pena.
Publicar, gustar, sumar seguidores… son, en el fondo, fantasmadas irreales.

LITERATURA CONTEMPORÁNEA

José Luis Tomás

Por escrito

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Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

 

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