Las Tramas
Una nueva historia está a punto de llegar
La novela que escribo, el tiempo que no existe
El retrato de un desconocido
¿Qué harías si un día encontraras en una antigua caja de fotos un sobre con el retrato de un apuesto desconocido, la huella de unos labios femeninos y una frase: «Te quiero»?
¿Qué pensarías si en ese mismo sobre vieses una foto de tu madre, y otra mano hubiese escrito: «Te espero»?
¿Y si tus padres ya no estuvieran y la única persona que queda de esa época solo te dice que ese hombre arruinó la vida de tu madre?
Seguramente, escribirías esta novela.
En busca de un personaje
¿Has seguido alguna vez a alguien por la calle? Con quince años seguí a la muchacha más guapa que he visto nunca: Maribel Diestro. Ojos azules, una risa que lo llenaba todo y una faja pantalón azul que yo, un soñador desde la última fila de la clase, espiaba en secreto.
Terminaba el curso y no quería perderla. Me agazapé en una esquina, y cuando pasó con sus amigas, empecé a seguirlas. El miedo a que me descubrieran era tan apremiante como la necesidad de saber dónde vivía. Las adelanté escondido entre los coches aparcados; si las seguía por delante y me veían, no podrían sospechar.
En efecto, Maribel me descubrió y me llamó. Me preguntó si vivía por el barrio y me dijo que iba a clase de inglés cerca. La acompañé y, al despedirse, me dio una clave: “Vengo los martes y los jueves, salgo a las siete”. Era una posibilidad.
No volví a verla hasta el siguiente curso. No sé por qué no acudí ningún día a la salida de la academia. Bueno, sí lo sé. Ya no tenía sentido seguirla.
No estoy seguro de si este episodio influyó en el nacimiento de Violeta, la protagonista de esta novela. Lo que sí sé es que sin este personaje la historia no existiría.
Un librero y una condena
La lengua aimara tiene una palabra preciosa para designar a una niña o muchacha: imilla.
En la Bolivia de finales de los sesenta, en plena guerra sucia entre los movimientos progresistas y la ultraderecha dirigida bajo los auspicios del Plan Cóndor, una joven guerrillera, hija de un cineasta nazi, adoptó este nombre.
Décadas después, en esta historia, una pequeña librería, situada en la calle de la Bolsería, en Valencia, cubierta de estanterías verdes y con la persiana a medio bajar, tiene el mismo nombre: Imilla.
Su dueño, Jaume, dejó de vivir hace años, justo cuando el gran amor de su vida, una niña guerrillera que luchaba por la igualdad, fue asesinada por la policía franquista.
La librería no es solo un lugar, es un refugio de ideas, una barricada de libros clasificados de forma incomprensible. Cada tomo es un arma en la lucha interminable de Jaume por cambiar el mundo, el mismo mundo por el que murió su imilla.
Un mendigo que pide amor
Lo vi por primera vez en la entrada del supermercado. No pedía, no hablaba, no se movía. Permanecía de pie, firme e impasible, como un guardia de palacio. Solo su mano, extendida a media altura, rompía esa inmovilidad, pero incluso ese gesto era tan sutil que parecía casi una escultura.
Su imperturbabilidad era tal que, por un momento, creí que era un mimo contratado, una extraña campaña publicitaria del supermercado para atraer a los clientes. Pero pronto entendí que ese hombre no trabajaba para nadie. Tampoco pedía nada a nadie. Simplemente, estaba allí, con la mirada fija en un horizonte que solo él podía ver, como si buscara algo que nadie más era capaz de encontrar.
Me ha costado toda una vida, no solo escribir esta novela, entender lo que aquel hombre me estaba pidiendo.
La invasión de las hordas bárbaras
Paseando por las calles de mi ciudad, siento que mi hogar se ha convertido en un escenario. No hace tanto, los bárbaros se agazapaban en los limes, esperando el momento de atacar y arrasar. Ahora llegan en vuelos baratos, con el traqueteo de sus trolleys y el brillo de sus alarmantes palos para selfis. Cada día, la marea de turistas crece, invadiendo nuestras plazas y callejones, como un ejército de curiosos decidido a conquistarlo todo.
Esta masiva llegada de nuevos bárbaros provoca el derrumbe de nuestra vida. Nuestros barrios se encarecen, y quienes nacimos y crecimos aquí, con nuestros salarios de siempre, nos vemos forzados a partir. Plataformas como Airbnb han disparado los precios del alquiler, haciendo casi imposible encontrar un techo. Los dueños prefieren el beneficio rápido de los turistas, transformando edificios enteros en alojamientos temporales. Es como si la tierra que nos sostiene se nos resbalara, poco a poco, de las manos.
Con cada partida, la identidad de mi ciudad se diluye. Se está transformando en un mero producto de venta. Se vende como si fuera un decorado, recreando una historia, a veces ficticia, para atraer a más visitantes. Los pequeños comercios, la tienda de mi barrio, la panadería de la esquina, van desapareciendo, asfixiados por la presión de los alquileres. En su lugar, surgen franquicias idénticas que solo buscan al turista. La esencia de nuestros espacios se esfuma, convirtiéndose en el telón de fondo para las vacaciones de otros, y nuestras preocupaciones como vecinos pasan a ser invisibles.
Y así, mientras la ciudad se vacía de sus habitantes para llenarse de extraños, solo me queda una pregunta: ¿Qué quedará de ella si no aprendemos a equilibrar la balanza entre el beneficio de unos pocos y la vida de quienes la habitamos? ¿Qué pensaré la próxima vez que tome un vuelo barato para visitar Praga?
El azar es un suceso cuántico
Estoy frente al espejo del baño, afeitándome, y no puedo evitar la extraña sensación de que el hombre que me mira no soy yo. No es un simple reflejo; es mi doble. Estamos ahí, los dos, coexistiendo en un estado de superposición cuántica.
Para mí, soy yo. Para él, él es él. Para mí, él es un reflejo. Pero la verdad, la verdad más profunda que mi mente trata de asimilar, es que ambos estamos ahí. Existimos en una dualidad, en un estado de incertidumbre.
Como el famoso gato de Schrödinger, que está vivo y muerto al mismo tiempo hasta que se abre la caja, nosotros estamos en ese estado. El gato no es un ser viviente y no es un cadáver. El gato es, en palabras de la física cuántica, una superposición de ambos estados. Y yo, aquí, en el baño, soy dos. Yo existo como la persona que se afeita y la persona que se mira. Y mi reflejo, mi doble, existe como la persona que se mira y la persona que se afeita.
El azar es el observador. El azar es la fuerza que colapsa la función de onda y decide quién es el yo real y quién es el reflejo. Pero, ¿quién mira a quién? ¿Quién es el yo real?
De repente, una gota de agua de la ducha cae en el espejo, rompiendo mi reflejo. Y en ese instante de interrupción, el universo se decide. El colapso de la función de onda ocurre. La superposición de realidades termina. Y yo sigo afeitándome, pero ya no me siento seguro de quién es el que está del otro lado. Ya no sé si soy el yo real o si soy el reflejo del otro yo, mirándome, afeitándose, pensando lo mismo que yo.
Mientras tanto, la voz de Violeta me susurra cuantos de literatura cuántica.
Un hijo que juega al ajedrez y una serbia que toca el hang drum
Hay batallas que se pierden y te cambian la vida para siempre. La mía comenzó el día que me separé. Entre papeles, abogados y silencios, me perdí la adolescencia de mi hijo, Daniel. Los años se fueron volando y, de repente, ese niño se había convertido en un joven estudiante de Ciencias Políticas, un mundo muy alejado del mío.
Un día, el teléfono sonó. Era él. “¿Echamos una partida de ajedrez?”, preguntó. Me pareció tan sorprendente como tierno. Acepté. Desde entonces, cada cierto tiempo, nos citamos en el lugar más peculiar que puedas imaginar: un speakeasy semioculto, donde los alfiles y las torres revelan sus secretos.
En esa penumbra, entre el mover las piezas y el silencio concentrado, recuperamos el tiempo perdido. Él, con su mente disciplinada, me enseña aperturas que parecen invencibles y yo, con la mirada de un padre pródigo, aprendo a jugar mientras me habla de geoestrategia y de extraños sucesos.
En una de esas partidas, mientras me explicaba la apertura London, su conversación giró hacia la antigua Yugoslavia. Me habló de los bombardeos de la OTAN, de una familia destrozada por una bomba, de una historia de dolor y supervivencia. Me contó de una muchacha serbia, bellísima, valiente, cuyo nombre es Daniela. El silencio que siguió fue más intenso que el que antecede a un gambito de dama.
Cuando levanté la vista, vi sus ojos fijos en mí, y con una voz que apenas se escuchaba, me lo explicó todo: “Daniela y yo somos la misma persona”.
La muchacha que cuenta cuentos sin palabras
Todos los cuentos que mi madre me contaba se perdieron en el tiempo; sus palabras se desvanecieron como pavesas, hasta fundirse con mi irrealidad de escritor.
Aquella tarde necesitaba escuchar de nuevo el hang de Daniela, esa vibración suave que acariciaba el aire, su paz, su forma de recordarme que el miedo no es más que el olvido de aquellos cuentos.
Fui hasta el puente, pero no la encontré.
En su lugar, vi a una muchacha con unos ojos tan profundos que al mirarlos temí haber muerto. Se sostenía sobre unas muletas y, a su lado, un cartel escrito con caligrafía esmerada ofrecía sus servicios.
Dejé diez euros sobre su caja de cartón y la muchacha me abrazó. Comenzó a susurrar un cuento que solo mi piel podía escuchar. Entonces comprendí que la bondad es el único arma con la que podemos vencer.
La chica que toca un violín amarillo
Por las tardes, las calles de mi ciudad se tiñen con una luz amarilla que lo inunda todo. Es una luz de cuento de hadas, y entre ella se pierden mis pasos. El amarillo es el color de la soledad.
Esa luz parece tener sonido: una música que brota de un violín amarillo, tocado por una muchacha que viste del mismo color. En cada una de sus notas respira el espíritu de Hilary Hahn.
Hasta mí llega la melodía siempre naciente de la partita número 2 en re menor de Bach. La veo tocar, frágil y etérea, engullida por una multitud de turistas disfrazados de John Lennon, con olor a ajo, a alcohol y al desecho de hot dogs a medio pudrir.
Entonces comprendo: escribir es caminar siguiendo un hechizo, como en el cuento de Hamelin. La melodía de la muchacha vestida de amarillo no solo ahuyentará a esos turistas grotescos, sino también a los miedos que me vuelven ruin.
Levanto la mano para saludarla, pero ella no puede verme. Está en su propio mundo, atrapada en su cuento, rodeada por esa multitud que la sigue a todas partes.
Encuentros en La Habana
En la Plaza Vieja de La Habana hay una escultura que arde en silencio.
Una muchacha me pidió que acercara mi mano al gallo de bronce. Obedecí: el animal estaba frío, distante, seguro de su poder. Luego, con una sonrisa traviesa, me indicó que tocara a la mujer que lo cabalgaba. Apenas la rocé, tuve que apartar los dedos: su piel metálica quemaba como si guardara en sí misma un fuego secreto.
La jinetera impresionaba: completamente calva, desnuda, espoleando al gallo con sus tacones de aguja, sostenía en su mano derecha un tenedor gigantesco apoyado en el hombro. No era solo una mujer, era la alegoría viva de La Habana: fiera, sensual, indomable. Sobre el gallo —símbolo de hombría— se erguía victoriosa, como si recordara a todos que el poder femenino puede domar cualquier fuerza.
La muchacha me miró con tanto cariño que las lágrimas se me escaparon. Tomó mi mano entre las suyas, que también parecían arder como la amazona de bronce, y me preguntó:
—¿Para qué has venido a La Habana?
—Estoy buscando a mi padre —contesté.
Ella secó mis lágrimas con el dorso de la mano y, con una sonrisa tan clara como el sol, me susurró la respuesta que lo explicaba todo:
—¿Para qué tú lo buscas fuera, si ya sabes dónde está?
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