Escribir sin permiso: Murakami y de qué hablo cuando hablo de escribir
Haruki Murakami se levanta cada día a las cuatro de la madrugada, escribe durante cinco horas, corre diez kilómetros y se acuesta a las nueve de la noche. Ha repetido esta rutina monástica durante más de treinta y cinco años, sin importarle las tendencias del mercado editorial ni los consejos de ningún gurú de la narrativa. Mientras las redes sociales se inundan de fórmulas mágicas para enganchar lectores en las primeras diez líneas, el escritor japonés sigue su propio camino: escribir porque sí, porque es su vocación, porque no puede hacer otra cosa.
El mercado de las recetas literarias
Hoy en día, abrir TikTok, YouTube o Instagram es toparse con un ejército de expertos que han descubierto la piedra filosofal de la narrativa. “Tienes que descubrir qué quiere leer la gente”, dictan. “Busca un nicho donde puedas competir”. “Si no hay conflicto no hay historia”. “Cada capítulo debe terminar con un cliffhanger”. “Muestra, no cuentes”. El viaje del héroe, el clímax perfectamente calculado, la factoría de finales felices. Fórmulas útiles, urgentes, únicas y magistrales.
Murakami, en cambio, escribe novelas sin saber exactamente hacia dónde van. Su método es casi el opuesto: acumular detalles cotidianos, observar lo que ocurre frente a sus ojos, dejarse llevar por el proceso hipnótico de la repetición diaria. Para él, la escritura no es una estrategia de mercado sino “una forma de mesmerismo[1]”, un estado alterado de conciencia al que solo se accede mediante la constancia obsesiva. ¿Escribir para qué? ¿Para quién? Él tiene la respuesta: para sí mismo primero, para conectar después con lectores que buscan algo diferente a lo fabricado en serie.
El funcionario de las letras que cambió la literatura
La ironía es deliciosa: Murakami podría parecer un gris funcionario de las letras, con su rutina inflexible y su obsesión por escribir exactamente diez páginas al día. Nada de inspiración romántica, nada de noches en vela esperando a la musa. Solo levantarse temprano, trabajar cuatro o cinco horas, reescribir hasta cuatro veces cada texto, y mantener el cuerpo en forma porque “la fuerza física es aliada de la creatividad”. Un burócrata de la imaginación que, paradójicamente, ha creado algunas de las novelas más originales y perturbadoras de nuestra época.
Mientras los gurús insisten en que debes investigar el mercado antes de escribir una sola palabra, Murakami comenzó su carrera escribiendo en inglés —un idioma que apenas dominaba— con una máquina Olivetti, para luego traducir lo escrito al japonés y así crear un estilo propio. La crítica japonesa lo acusó de escribir “refritos de literatura extranjera”, pero sus lectores lo convirtieron en fenómeno global. No buscó nicho ni estudió algoritmos: simplemente escribió con libertad absoluta, ignorando las reglas del juego.
Cada lectura es una nueva escritura
Hay algo que los manuales de narrativa olvidan constantemente: lo que tú escribes nunca es exactamente lo que los demás leen. Cada lector reconstruye el texto desde su propia experiencia, sus obsesiones, su momento vital. Murakami lo sabe. Por eso no escribe pensando en enganchar con cliffhangers calculados ni en fabricar conflictos artificiales. Escribe para establecer un espacio de libertad donde el lector pueda perderse, descubrir, crear su propia versión de la historia.
La disciplina férrea de Murakami —su vida de monje zen de la literatura— no es una fórmula replicable ni un manual de autoayuda. Es simplemente su forma de acceder cada día a ese estado mental donde todo es posible, donde la escritura no responde a las demandas del mercado sino a una necesidad íntima e impostergable. Treinta y cinco años después, mientras los gurús de las redes dictan sus fórmulas de éxito instantáneo, él sigue levantándose a las cuatro de la madrugada para hacer lo único que sabe hacer: escribir sin permiso, escribir sin red, escribir porque es lo que es.
Yo nunca he madrugado para escribir, creo que mi escritura surge del desorden más que de la disciplina. He pasado varios años mágicos inmerso en una historia que parecía ya escrita al momento de teclearla, paseando por sitios por donde nunca hubiera pasado sin haberlos escrito primero. Eso es de lo que yo hablo cuando hablo de escribir.
[1] Doctrina del siglo XVIII del médico Franz Anton Mesmer que postulaba un fluido invisible universal que conecta todo, y cuya enfermedad surge de un desequilibrio en esta “energía vital”.
Trieste o el sentido de ninguna parte es un excelente ensayo de Jan Morris. El final de su amable respuesta me ha evocado este título que, me parece, puede describir a quien no tiene más remedio que escribir. ¿Desd dónde se produce esta pulsión? ¿Qué mecanismos se activan para desencadenar un hecho, siempre pretérito, el de contar con palabras lo que sólo cobra sentido cuando se escribe? Digo que se trata de un tiempo pasado por cuanto el presente de la escritura es lo ya dicho, lo acabado de formular, el desvelar de una gramática latente que, como la Trieste de Morris, tiene un sentido deslocalizado, ausente en su conflictiva identidad… y no sé si la rutina de Murakami deviene también algo que no está en ningún sitio, sólo en el tiempo y su aparente repetición. La escritura inventa el espacio y libera el tiempo de la narración para convertirlo en un especie de fluido mesmérico, como señala en su “Escribir sin permiso”.
Por otro lado, estoy completamente de acuerdo con sus observaciones sobre la industria editorial y, desde luego, con la radical diferencia entre escribir y publicar. Esto último es un elemento del mercado, la conversión en mercancía de algo que deja de ser por su simple naturaleza de valor de cambio. Ahora bien, la escritura sólo tendrá sentido si aparece, si se desvela en ninguna parte, esto es, en el extraño acontecimiento de penetrar en las palabras, para averiguar cómo se entrelazan y qué es lo que traman. ¿Qué tendrá que ver esto con el hecho, incluso, de ser leído?
La conexión que traza entre Trieste y la escritura me hace pensar en que las historias no nacen cuando ponemos la primera palabra en el papel. Son como semillas que germinan dentro de nosotros, sin que sepamos exactamente cuándo llegaron ni por qué eligieron ese terreno. De pronto, están ahí.
Escribir, para mí, es apenas el acto visible de un proceso misterioso y anterior. Y, como bien apunta usted, hay algo deslocalizado en todo ello. Algo parecido a Trieste: una ciudad, una palabra, que solo con nombrarla ya dibuja una historia. Después, en las reescrituras sucesivas, descubres que el texto comienza a escribirse a sí mismo. Te muestra caminos que no habías previsto.
Cuando finalmente llega al lector (¿qué será eso del lector?), ocurre el verdadero prodigio: este reconstruye su propio texto, como bien señalaba Lotman. El lector se convierte en coautor, descifrando esa gramática latente que menciona, tejiendo sus propios significados.
Quizá, al escribir historias, solo estemos repitiendo lo que hacíamos de niños con nuestros soldaditos de plástico: inventar mundos, darles vida, vivirlos, creer en ellos mientras duran. Nadie accedía a aquellas historias que representábamos exclusivamente para nosotros mismos. No importaba demasiado.
En estos tiempos de burocracia extrema, rápida computación algorítmica (llamada «inteligencia», aun cuando «artificial») e invasión de lo que Juan Goytisolo llamaba «productos editoriales» (frente a » obras literarias») hay espacio y tiempo, efectivamente, para una escritura sin permiso. La rutina cuasi kantiana de Murakami tiene más «verdad» (sea esto lo que sea) que todos los dispositivos de seducción mercantil, dedicados a construir estereotipos para facilitar el consumo masivo.
Probablemente, en ese «ignorar las reglas del juego» radique la literatura posible. Y en rescatar lo que parece escrito para interpretarlo con palabras que nos desorienten.
Mi enhorabuena también por esa mujer más bella del mundo
¡Gracias por su comentario tan certero! Coincido plenamente: en esta era de burocracia algorítmica y «productos editoriales» que desplazan las obras literarias, la escritura sin permiso abre un camino esencial. La rutina metódica de Murakami revela más autenticidad que cualquier estrategia mercantil, y en ese ignorar las reglas del mercado (y de la narrativa mercantil) reside la literatura posible.
Consideremos el caso de un autor que presenta su manuscrito; supongamos que este manuscrito llega a ser evaluado y el autor firma un contrato de edición con una editorial tradicional. La industria, prolífica en títulos sin verdadero recorrido y subvenciones no regidas por la calidad, sino por la productividad, lo lanza al limbo editorial de las estanterías y la futura destrucción (no hay espacio para guardar tanto libraco). Al firmar, los derechos de autor quedan en manos ajenas por años, imposibilitando cualquier control futuro sobre la obra.
La autopublicación emerge como alternativa viable, pero a menudo sucumbe en el vasto cementerio de Amazon, donde incontables libros languidecen sin lectores. Paralelamente, se consolida un ecosistema de servicios editoriales —correctores, diseñadores, especialistas en visibilidad— que atienden esta demanda, aunque casi nunca con la calidad y efectividad necesarias.
Afortunadamente, el hecho de escribir no tiene nada que ver con el de publicar o no. Escribir es un proceso íntimo y creativo, el único sitio donde la historia; lo escrito; existe tal y como quiso o pudo ser. Publicar no tiene nada que ver con escribir ni, en muchas ocasiones, lo que se lee tiene poco que ver con lo que el autor creyó escribir.
Le agradezco su aportación, amigo Scipio, que enriquece grandemente esta conversación. No sé si enviarle mis recuerdos al Scipio de Mi Carso o al Pahor de Necrópolis(obra que según me cuenta la Viquipèdia tardó veinte años en ser publicada), pero, en todo caso, seguro que llegará a esa ciudad sin nación llamada Trieste.