La librería Imilla
La librería Imilla ocupa un destartalado y antiguo local del casco antiguo. Jaume, el librero, siempre tiene puesto en la entrada el cartel de cerrado y la persiana a medio bajar. Es su remedio infalible contra lectores desocupados que solo buscan historias que les entretengan. El que lo conoce ya sabe que está dentro y pasa a tomarse un café y charlar sobre todos esos libros que aún no se han escrito.
Pero, a veces, aún se cuela algún despistado.
Como ahora, que Jaume, parapetado tras la vieja caja registradora, interrumpe casi sobresaltado su lectura del Bronwyn, de Cirlot, al escuchar los pasos de alguien que se acerca hacia el mostrador.
Frente a él tiene una hermosa joven que no pasará de los veinticinco años, con una mochila negra colgada del hombro izquierdo, el pelo castaño recogido en decenas de diminutas trenzas y una sonrisa tímida que se ofrece con alguna duda. Jaume observa a la chica con curiosidad y agradece para sus adentros los momentos que ocurran hasta que la chica hable, hasta que el silencio se rompa el algo tantas veces escuchado, repetido. Se atusa la barba blanca y se peina con dos dedos el imposible y negro bigote estaliniano.
La muchacha tiene los ojos azul cobalto más bonitos que ha visto nunca.
—Buenas tardes. Estoy buscando algo…, espero que no le suene muy raro.
Y una voz grave, pero suave, cálida, de baile, con un acento del Caribe que él piensa venezolano, con todas las vocales abiertas, amigas, y las consonantes tan cortas que parecen recuerdos nada más ser escuchadas.
—Aquí todo suena raro. —Jaume deja el libro sobre el mostrador y recorre con ambas manos abiertas el aire para abarcar toda la librería.
—Estoy buscando un libro sin palabras. Un libro con el que pueda volver a la playa de Yapascua.
Al momento Jaume comprende que la muchacha es uno de esos clientes para los que su librería nunca está cerrada. La chica lo mira tan fijamente que empieza a temer quedarse alguna vez sin ese azul que sin duda proviene de esa misma playa.
—¿Yapascua? —repitió él.
—Es una playa en Venezuela. Cuando estaba pequeña iba allí con mi padre.
Jaume sale del mostrador y se acerca a la chica. Es un hombre alto, pero encorvado por alguna tristeza. Se mueve despacio entre los estantes, como si cada libro lo entretuviera para contarle algo.
—Mira —le explica—, esta librería funciona como funciona. Aquí son los libros los que escogen a sus lectores. Si hay un libro como el que buscas, él te va a encontrar a ti. Solo tienes que pasear entre las estanterías y dejar que te encuentre.
La venezolana se queda pensativa, la sonrisa se le esconde por un instante, la mirada parece parpadear.
—¿Dejar que me encuentre?
—Sí. No lo pienses. Solo déjate encontrar.
—Pero ¿cómo es la vaina? Eso no tiene sentido.
—Tampoco lo tiene venir a buscar un libro sin palabras sobre una playa perdida en la otra parte del mundo—argumenta Jaume—. Pero aquí estás.
La chica guarda silencio. Asiente convencida y deja la mochila sobre el mostrador. Mira al librero con una huella de duda, sonríe otra vez tímida, y comienza a caminar lentamente entre las estanterías, prestando una atención infinita a cada eco, a cada reflejo que le pueda llegar de algún lomo.
Jaume vuelve al mostrador pero no retoma la lectura. Observa a la chica moverse entre los estantes, rozar apenas con sus dedos algún libro, detenerse unos segundos esperando alguna llamada y luego continuar su camino.
Tras un buen rato, la chica se para frente a una de las estantería verdes del fondo, en el recodo junto a la mesa y la cafetera. Jaume no puede verla desde donde se encuentra, pero siente el silencio, ese silencio particular que se produce cuando alguien escucha un susurro.
La chica regresa con un libro en las manos. Es un libro de gran formato, apaisado, con las tapas desgastadas y sin título visible. Lo deposita sobre el mostrador con mucho cuidado, como si el tomo se fuera a deshacer entre sus dedos.
—Este —le confirma al librero.
Jaume lo mira con la extrañeza de los cariños encontrados, pero no lo toca, por nada del mundo quiere contaminar ese nuevo mundo.
—¿Lo has abierto? ¿Está la playa?
—No lo he visto aún. Pero huele a sal.
Jaume asiente con su barbilla tres veces.
—Ábrelo.
La chica abre el libro con mucho cuidado. Las páginas están en blanco, o casi. Se ven manchas de color, azules y dorados, formas que parecen ser olas, o nubes, o solo recuerdos. En una de las páginas se ve claramente un rastro de arena. En otra, parece estar dibujada la figura de un hombre, con una sombra alargada.
—No hay palabras —corrobora la chica. Su voz suena muy baja, más grave de lo normal.
—Todavía no —le dice Jaume—. Las palabras aparecen cuando alguien las necesita. Cada persona que lee un libro lo escribe de nuevo. Por eso hay tantos libros como lectores. Este libro, ahora mismo, es tuyo. Lo que veas en estas páginas, lo que recuerdes cuando las mires, eso es lo que está escrito.
La chica voltea otra página. Se queda mirando una mancha verde, irregular.
—Yapascua es una pequeña playa escondida entre las montañas —cuenta—. Para llegar allí, mi papá y yo andábamos más de una hora a través de estrechas sendas. Es muy trabajoso, pero cuando llegas, no puedes ver nada más bonito. La playa está metida en una cala y en medio hay una diminuta isla que la cierra. Una noche, mi papá, me contó en esa playa la historia de la canción Lucy, la de los Beatles, mientras la escuchábamos y veíamos los reflejos fluorescentes en el agua, como si fueran espíritus.
—¿Ves la playa en la página?
—No. Pero la recuerdo. Es como si la viera.
Jaume acaricia con las dos manos la cubierta del libro.
—Sí, es lo mismo. Los libros no guardan las cosas. Las despiertan. Si este libro te ha elegido, es porque Yapascua está en ti, no en él. Pero necesitabas algo que te hiciera volver. Ahora lo tienes.
La chica toma el libro y lo sostiene sobre su pecho.
—¿Cuánto cuesta?
—Nada. Pero tienes que prometerme algo.
—¿Qué?
—Que cuando vuelvas a Yapascua, lleves el libro contigo.
La chica asiente. Recoge su mochila, guarda el libro dentro y sale de la librería sin decir nada más. Jaume la contempla alejarse y se queda un rato mirando la parte trasera del cartel de cerrado.
Abre de nuevo el libro de Cirlot, pero todos los poemas se le han borrado, solo puede ver la playa de Yapascua, su oleaje frenado por la pequeña isla, las luminiscencias azuladas y verdosas que parecen bailar como fantasmas en medio de la noche. Recuerda aquella playa como si hubiera estado, como si le hubiera explicado a su hija que la letra de la canción Lucy la compuso John Lennon inspirándose en Alicia en el País de las maravillas y que su nombre no es un acrónimo, sino el nombre de una compañera de colegio de su hijo Julian, Lucy.
Jaume se pregunta si él será también parte del libro de alguien. Si habrá un lector en algún sitio pasando páginas, inventándolo a él mientras lee, si la librería Imilla existe fuera de esta historia o solo aquí, en este momento, porque alguien necesita que exista.
En la calle comienza a llover. Jaume escucha las gotas de agua golpeando los viejos adoquines. Cierra el libro y mira las estanterías a su alrededor, todos esos libros esperando a que alguien los escriba de nuevo.
LITERATURA CONTEMPORÁNEA
José Luis Tomás
Por escrito
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Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
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