Editar una novela: cómo evaluar cada escena
Hace varios meses que terminé el sexto borrador de mi nueva novela. Tras cuatro años de trabajo intenso y absorbente, envié el manuscrito a mi corrector de cabecera, que también ejerce como lector 0. Contraté a una editora venezolana para que repasara las expresiones empleadas por la protagonista femenina, originaria de allí, que me echó, además, una mano con las expresiones cubanas utilizadas, aunque estas me son más conocidas por cercanía familiar. Mientras ellos terminaban sus tareas, me tomé tres semanas de ¿descanso? No sabía qué hacer fuera del mundo que había creado, me sentía uno de esos turistas desubicados regresando de nuevo a su apretujado mundo real.
Las etapas de documentación, planificación y primeras redacciones del texto son una maravillosa aventura en la que la historia va creciendo poco a poco, hasta convertirse en un pequeño universo que te abduce sin que te quieras, ni puedas, resistir. Por el camino hay un baile constante de estructuras, capítulos, escenas, pero llega un momento en que el entramado está urdido, los personajes te susurran a escondidas sus secretos fuera del texto y las palabras se han desbordado hasta tal punto que te sepultan con la pluma (ya en estos tiempos, el teclado) entre los dedos.
El primer borrador de la novela ocupaba a 344.511 palabras en cuarenta y siete capítulos; esta sexta versión aún contiene 258.782 palabras, alojadas a lo largo de sesenta capítulos. Ha sido un largo camino de desbroce que por razones de viabilidad editorial, todavía no ha llegado a su fin. En la cuneta han quedado las escenas que no alcanzaban los mínimos requeridos para que la narración cumpliera su primera e imprescindible condición: construir un mundo que el lector pueda recrear a su modo y entender.
La historia está ya urdida y machihembrada, pero el viaje aún no ha terminado. Tras una versión definitiva, la séptima, que no ha resultado tan definitiva, estoy trabajando en la octava versión. Todo está terminado y ubicado, cada mueble parece ocupar su lugar ideal, pero aún hay demasiadas palabras. Hay que quitar el gotelé.
Como podéis imaginar, a mí siempre me sobran palabras. El objeto de este escrito es explicar de alguna forma cómo llevo a cabo este expurgo maldito en el que le tienes que quitar un número ingente de piezas a la torre del Jenga sin que se venga abajo.
Pero ¿cómo narices sé lo que debo quitar o lo que no? Maldita pregunta. No lo sabes nunca con certeza, aunque la mayoría de las veces, si eres capaz de distanciarte lo suficiente, lo que sobra salta a la vista.
Lo primero es establecer unos criterios claros para determinar qué escenas (frases y palabras) eliminas y cuáles no.
Una escena es la unidad mínima en la que se divide la trama de una obra literaria, caracterizada por presentar una acción que transcurre en un tiempo y un espacio determinados. Una escena debe ayudar a avanzar la trama, y, en su caso, cambiar de alguna forma la dirección del relato, su sentido o su tensión.
La primera pregunta, y casi definitiva, que hay que hacerse es si al eliminar una escena la trama sigue en pie o se desploma como en el juego. Si se te viene la trama abajo, la escena es esencial y debe mantenerse, quizá con algún retoque. Si la trama se mantiene incólume, lo más recomendable es considerar su eliminación o fusión con otras escenas imprescindibles.
¿Cuáles son las condiciones que debe cumplir una escena para ser imprescindible?
Entre las más concurrentes figuran el avance de la acción, el cambio de objetivo del personaje, la introducción o intensificación de conflictos, la revelación de información vital, el refuerzo, cambio de motivación o desarrollo psicológico del personaje, los puntos de giro narrativos, el enriquecimiento significativo de la ambientación.
Seguro que hay alguna más, pero mi conclusión sería que la escena debe aportar algo al desarrollo de la historia, que si, tras finalizar el manuscrito, la relees y de forma espontánea te surgen hilos que ensamblan esa escena con el resto de la historia, es muy posible que la escena deba mantenerse.
Según esto, el método que utilizo (y que en cualquier momento puede ser otro) se basa en cinco criterios de evaluación:
- Trama y argumento: evalúa si la escena hace avanzar la trama principal, si cambia la situación del protagonista, alejándolo o acercándolo a su objetivo, si crea nuevos conflictos o resuelve alguno ya existente, si resulta coherente con la estructura general, tanto en el planteamiento como en el nudo como en el desenlace.
- Desarrollo de personajes: verifica si la escena revela aspectos nuevos como emociones, debilidades o fortalezas, si muestra cómo el conflicto afecta internamente al personaje, si genera cambios en sus relaciones o perspectiva, si se mantiene la coherencia del arco de personaje.
- Ambientación y descripción: considera si la escena construye, o mantiene, el universo de ficción mediante localización y atmósfera, si las descripciones enriquecen o son simplemente decorativas, si el espacio descrito refleja el estado emocional del personaje, si pudiera propiciar una huella permanente en el lector respecto al mundo de la historia.
- Subtexto y referencias: identifica subtextos e intertextos, busca significados profundos más allá de la acción visible, conexiones con referencias literarias, culturales o simbólicas; aportaciones de capas de sentido a la novela en su conjunto, enriquecimiento de la interpretación temática o filosófica.
- Ritmo y tensión: evalúa si la escena mantiene o incrementa la tensión, si funciona como respiro o escala la intensidad, si está correctamente insertada dentro del ritmo general, si interrumpe el flujo narrativo.
Hay escenas que se deben mantener, como aquellas que contienen puntos de giro que cambian de forma radical la dirección de la trama, o el clímax como punto de máxima intensidad de la historia, las revelaciones cruciales que explican motivaciones de los personajes, las transformaciones internas e irrevocables del protagonista, las confrontaciones entre protagonista y antagonista…
Hay otras escenas que deben eliminarse irremisiblemente, como aquellas que solo constituyen un relleno sin propósito, las que solo describen sin avanzar, las que contienen diálogos superfluos que no revelan nada de personajes o trama, las descripciones exhaustivas con detalles obsesivos sin significado (llamémoslos lemillas de autor, por ejemplo), las subtramas abandonadas sin resolver en medio de la narración, las inconsistencias del personaje que contradicen su desarrollo previo, las escenas repetidas con la misma información en dos lugares distintos de la narración, las ralentizaciones del ritmo sin justificación narrativa, los personajes planos que aparecen sin aportar nada significativo…
¿Y cómo evalúo yo todo este batiburrillo de cuestiones?
Los métodos objetivos, ya sabemos, siempre nos condenan a reducir los conceptos al cuenteo. Una vez que hemos comprimido la idea en un número ya es más fácil manejarla, hasta parece que la entendamos.
Yo evalúo estos cinco criterios a partir de cinco preguntas binarias para cada uno. O sea, sí o no. Según la cantidad de respuestas afirmativas, la decisión varía:
20 a 25: mantener la escena tal y como está.
15 a 19: mantener la escena con alguna revisión.
10 a 14: considerar fusionar la escena con otra, trasladar su posición para un mayor impacto narrativo, comprimirla manteniendo su esencia, pero eliminando los datos innecesarios. También puede darse que necesite una ampliación para alcanzar su potencial, pero esto es más bien raro, en mi experiencia.
9 a 5: eliminar la escena o reescribirla radicalmente.
4 a 0: eliminar la escena sin ningún reparo.
La coherencia narrativa debe verificarse asegurando que el personaje actúa consistentemente con su arco, que las emociones son proporcionales al conflicto, que los cambios físicos o psicológicos se mantienen después de la escena, que se honran las promesas narrativas previas, y que la información revelada resulta consistente con lo anterior.
La profundidad y las capas de significado también requieren atención, comprobando si el diálogo comunica subtexto además de palabras, si existe simbolismo o significado metafórico, si se conecta con temas universales de la novela, si el lector descubre algo sobre la condición humana (habría que preguntarse quién o qué es eso del lector y también qué es eso de la condición humana), y si hay ecos de referencias literarias o culturales.
El principio fundamental que subyace a toda este método establece que cada palabra y cada escena deben tener un propósito claro, recordando que la edición no consiste en escribir menos, sino en escribir mejor mediante el refinamiento consciente de lo que realmente importa.
Una vez dominado lo objetivo, pasemos a lo subjetivo: haz siempre caso a tu corazón.
Mi corazón ahora barbotea un poco enloquecido después de aplicar este método objetivo. Aún le quedan unas 30.000 piezas que extraer del Jenga y no sabe por dónde empezar.
Si os dais una vuelta por aquí encontraréis diversos materiales sobre esta historia que aún me traigo entre manos y que parece uno de esos cuentos sin final que mi abuelo, don José, le contaba a mi madre en el balcón de la vieja casa familiar.
LITERATURA CONTEMPORÁNEA
José Luis Tomás
Por escrito
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Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
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