José Luis Tomás                                                                            Por escrito

 

Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

 

Fragmento Capítulo 21

 

«Uno de esos días tras comer nos acercamos a la estación y esperamos el próximo tren de cercanías que nos acerque a la ciudad. Es agradable estar abrazado a ella mientras el sol de la media tarde se cuela por la ventanilla al ritmo de las traviesas y de los postes eléctricos. Estamos casi todo el trayecto en silencio, ella cierra los ojos para que el sol le sonroje los párpados por dentro, quizá se duerme un pequeño momento, unos pequeños momentos, y yo le recorro la mejilla, el cuello, la barbilla, los labios, con un solo dedo, como si fuera un explorador perdido y sediento en medio de un desierto de azúcar o, mejor, de simple quietud. Son las horas de contemplar su atardecer, su silencio, este otro silencio que no tiene miedo de callar, su compás girando despacio alrededor del mundo, lento, lento, todo gira muy lento en mi pensamiento, que no piensa, solo la acompaña, despacio, muy despacio, al ritmo del viejo tren de madera con asientos de escay despanchurrados con la espuma muerta saliéndose a borbotones por cada hueco, como queriendo perderse el viaje del tiempo. A veces, sin abrir los ojos, es su mano la que busca mi mentón, sus dedos los que me recorren la cara como queriendo reconocerme en rasgos imaginados, perfectos de no ser, reales de tanto esculpirlos en la trasera de su mente. Sé que me está dibujando sin pinceles, sin saberes, sin más afán que el recorrer la línea de un horizonte para que se convierta en el contorno de un mapa, de un territorio en el que se quiere sentir segura, como si la tierra no girara un poco más allá de sus fronteras. Frunce los labios apenas una milésima de segundo en la que podrían caber mil vidas. Yo sé que me piensa; ¿que me es?; y me gustaría tener la palabra justa para denominar ese pequeño gesto que está a medio camino del arrullo o del beso, pero siempre; ¿siempre?; se queda en boceto, en garabato amagado a dos milímetros del papel en blanco, del lienzo del cielo que serpentea tras la línea recta del paisaje viviéndose, moviéndose, muriéndose a la velocidad de la tarde. Y le acerco mis labios y rozo los suyos, suave, suave, y así nos quedamos un buen rato dejando que sea el movimiento del vagón lo que nos acerca y nos aleja, mientras el ruido del viaje sigue ahí afuera, amortiguado y lejano, como si fuera la banda sonora de una película de cine mudo.

Yo me he quedado sin trabajo y apenas vamos tirando con trapicheos y lo que ella le pide a su madre. Ese día, u otro, cuando llegamos a la ciudad la espero en un bar mientras hace una visita a su casa. Se me hace eterno esperarla, pero al fin llega con su sonrisa de oreja a oreja y me revuelve el pelo y me enseña su cartera con varios billetes de mil y se saca del dedo una sortija, de no sé qué piedra preciosa, por la que me dice que vamos a sacar una pasta, aunque la risa enseguida se le quiebra un poco, como reconociendo que va a hacer una cosa fea, y antes de que yo le diga nada; déjalo, si es un regalo de tu madre, cómo la vamos a vender; ella recupera una sonrisa resignada que le da un toque a su cara de chica mayor, muy mayor. En la casa de empeño no nos dan tanto como pensábamos, en el fondo somos unos pardillos y se nos nota, pero por lo menos tenemos para pasar unos días sin agobios y nos prometemos una buena cena para esa noche en la taberna andaluza que hay debajo de nuestra casa. Ahora caminamos por la ciudad como sin saber dónde vamos, pero está claro que los dos lo sabemos. Al poco llegamos al viejo barrio chino cerca del puerto. El sol todavía brilla entre aquellas callejas y sus cristales lo multiplican. La gente se está despabilando de la siesta y comienza a llenar las aceras estrechas y rotas, las esquinas donde ya asoman las putas madrugadoras con sus minifaldas imposibles y remendadas, sus pechos avasalladores y retumbantes, sus voces destapadas como navajas desafinadas, sus chulos renqueantes de segunda fila, apoyados en las barras de los tugurios desdentados con sus neones salpicados de hoyos y bombillas boquiabiertas, sin amígdalas, esperando que se ponga el sol entre los tejados para pintar de amarillo triste la próxima noche. A Sara le encanta venir aquí y quedarse plantada durante horas observando el ambiente. Nunca me ha dicho por qué le gusta este mundo decadente hasta la depresión. Bueno, lo que siempre me dice es que no hay ningún porqué. Le gusta, para qué más. Dice que le gustaría tener la fortaleza de estas mujeres, de esos hombres perdidos jugando a poseer hembras que se dejan maltratar para jugar de vez en cuando a creer que son queridas. Le encantan las putas viejas con sus culos abollados y encharcutados, sus pinturas exageradas en sus cutis cuarteados, sus miradas de acero inoxidable pasadas por la amoladora. Se queda allí parada, en medio de aquellas cuatro calles, como si no pasara el mundo, como si no existiera yo a su lado simulando que no tengo miedo de que algo suceda. Sus ojos parecen exprimirlo todo, como si estuviera grabando en ellos a cámara súper rápida cada pequeña brizna de detalle, de aliento de alguien, de suspiro viejo o de deseo aún no cubierto. Yo tampoco le he preguntado qué es lo que está buscando allí, a veces pienso que está intentando sorber todos esos colores para sus lienzos, pero nunca ha reflejado nada parecido a este barrio en ninguna pintura, en ningún dibujo. Me ha costado muchos años comprender que lo que quiere, lo que necesitaba, es respirar del otro lado, voltear las alfombras, las sábanas, las pesadas cortinas que la han sumido en una penumbra confortable, donde la tibieza se le sube hasta la entrepierna como cien mil hormigas cuarteándole a bocados el seso.

La gente va llenando las callejuelas, todos miran a Sara sin ningún disimulo. Las putas viejas se santiguan y alguna la aconseja; niña, vete de aquí que te van a comer todo lo rojo; otras, en cambio, enseguida huelen negocio y la invitan a su cercanía. Los chulos observan desde la retaguardia con sus ojos envenados y sus miradas de deseo zafio y atravesado. Saben que aquella gacela no entra en su rebaño. En alguna de nuestras visitas la guardia urbana nos identifica al vernos allí parados y nos pregunta qué estamos haciendo en aquellas calles. Cuando ella responde con toda la naturalidad del mundo que mirando, los policías se mosquean un poco, pero no pueden hacer mucho más que mirarme a mí con desprecio y aconsejarle a Sara, paternales, que se aleje de allí, que ese no es sitio para ella, que puede tener problemas.

Y esa tarde hay más gente o es fiesta o no sé qué pasa, Igual es que Sara está demasiado preciosa con sus ropas blancas, ligeras como sayas, pero desde el principio noto que las miradas están más armadas, que los cuchicheos y las palabras soeces la van cubriendo poco a poco, y la siento respirar un poco más profundo, queriendo sorber todo ese aire ácido que la va envolviendo. Primero es un viejo encorvado con una camisa a cuadros que apesta; dos mil si me la chupas en ese patio; eyacula las palabras tan cerca de nosotros que yo creo que nunca podremos quitarnos el asco de los oídos, pero el viejo este ya no recuerda cómo es un billete de dos mil pesetas, ni la humedad de una lengua de muchacha. Sara no responde, no hace el menor gesto, solo mira por encima del hombro del viejo, justo a tres metros tras él, tres hombres de mediana edad, recios y estrechos en sus camisas con los botones a punto de estallar, sus brazos tatuados; amor de madre; sus rostros encadenados a la expresión de una violencia arbitraria, sus risas rijosas y sus voces queriendo sonar más rotundas que su habilidad para enlazar dos frases. Junto a ellos dos putas deslavazadas ríen a carcajadas cada una de las sandeces sin gracia que los tipos le dirigen a Sara; tienes los ojos tan bonitos que te comería todo el coño, si te la meto por la boca no vas a decir ni Pamplona, te voy a meter una manzana por la boca y a comerte el coño hasta que salga sidra, niña te voy a meter más rabo que cuello tiene un pavo; y los hombres se van envalentonando porque la gente se para alrededor y ríe también e incluso quieren participar en el certamen y se aventuran, un poco tímidos ante la mala calaña de los tres tipos, a balbucir alguna que otra babosa ocurrencia. Pero ellos y sus dos putas son los amos ya de la calle y se han acercado tanto a nosotros que están a punto de salpicarnos con sus salivas. Y Sara sigue parada en silencio. Parece tan tranquila, tan por encima de todas las salvajadas que le están diciendo, que me doy cuenta de que es esa misma indiferencia lo que más excita a los verracos. Alguien que pasa cerca del corrillo se atreve a reprochar la actitud de la gente; dejad a la muchacha en paz, ya os vale; pero dos miradas amenazantes bastan para que se calle y siga su camino. Ahora yo ya sé que la cosa está jodida de verdad. Le musito a Sara lo más bajo que puedo; vámonos, vámonos; pero ella parece no escucharme y sigue mirando a los tres tipos como si estuviera observando la metamorfosis inversa de una crisálida. El que parece ser el más chulo de los tres se planta a cinco centímetros frente a Sara y le sonríe con una lengua descamada que juega a paladearla antes de probarla; no te asustes, chica, que esto es todo broma, no hagas caso de estos; y señala a sus secuaces; que no saben tratar a señoritas como tú. Vente conmigo y te enseñaré lo que es un hombre. Te voy a meter la mano por el coño y te voy a voltear como a un calamar; y la carcajada es tan grotesca, tan absurda, tan despreciable, que ni siquiera hace reír a nadie más que a él mismo. Sara parece volver de su letargo y apenas esboza una sonrisa que dibuja el pliegue de ironía de su boca; si fueras un hombre no necesitarías convencerte de ello; y la risa del hombre se cuaja en el acto, su mandíbula se paraliza a mitad carcajada y los pelos de su barba de legionario se aprestan a romper filas. En ese mismo momento, un infinito que solo dura un segundo, su mano izquierda comienza su avance hacia Sara y mi mano derecha sale sin saber lo que hace a cortarle la trayectoria. No sé lo que pienso, no pienso nada, solo sé que esa bazofia humana no va a tocar a mi mujer, porque si su mugre contacta con ella, si solo la roza, todo mi mundo y mi universo y cada uno de mis segundos dejarán de rotar en torno a mí y se convertirán en desafortunadas pizcas de nada. No llego a pensar que aquel tipo que me saca tres cuerpos y toda la mala sangre de la vida me va a matar al primer mamporro, no llego a pensar que nada va a impedir que sus dedos rocen el cuerpo de Sara, que a mí me apartará como se quita uno de encima una pelusa, solo noto mi mano avanzar intentando interponerse entre Sara y él, tengo la sensación de estar viéndome a mí mismo y a Sara y al tipo, y a toda esa calle llena de indeseables, como si estuviera muy lejos, como si alguien me estuviera contando la historia o la leyenda o el cuento o lo que sea, como si todo estuviera a punto de congelarse, petrificarse, o como si yo en realidad hubiera muerto ayer y otro cuerpo idéntico al mío hubiera usurpado mi vida y ahora fuera otra vez a morir por mí.

 

 

Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

 

Al intentar reconstruir la vida de una pintora fallecida en extrañas circunstancias, el periodista Gonzalo Quesada se involucra en la búsqueda de un cuadro que esconde las claves de un mundo de corrupción en el que se entrecruzan los anhelos frustrados de diferentes personajes.

{

He arrancado los árboles

que habitaban en tu casa de espuma

y he regado mis días

con el antiguo y nuevo

verdor de tus ojos.

 Gioconda Belli

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