Lugares                                                                            

Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

Lugares

La historia transcurre en dos localizaciones principales:

La primera es una mediana ciudad mediterránea que está hecha a retazos de otros lugares que no pertenecen a ningún sitio en especial y con algún que otro brochazo que dibuja su íntima cercanía con la ciudad donde vivo y que no hace falta nombrar para que muchos la reconozcan en la novela. Se alude a barrios perfectamente identificables y se citan nombres de sitios aún hoy en día localizables, pero también se construye desde el collage, insertando escenarios que pertenecen a otras ciudades, en especial los antiguos muelles de la margen sur del estuario del Tajo, en Almada, Lisboa, donde se situaba la antigua factoría de la Companhia Portuguesa de Pesca. Este conjunto de viejos y semiderruidos edificios, casi volcados sobre el mar y apenas apuntalados por unos estrechos y serpenteantes muelles tatuados de grafitis hasta la extenuación, son la inspiración directa de los «viejos muelles» de la novela, donde se recrea de una forma no menos directa el imprescindible restaurante que casi se moja las patas de las mesas en el agua: Ponto Final.

El segundo lugar es Praga. Desde las primeras páginas se van dejando pequeños indicios de que todo se resolverá en aquella ciudad. No es fácil explicar por qué esta ciudad y no otra, pero sí podemos comprender que el carácter mágico de la antigua capital imperial, sus leyendas oscuras, sus calles intrincadas de pasadizos y vueltas sin explicación, eran el lugar ideal para concluir la historia de una búsqueda que tenía mucho más que ver con lo interior de cada uno de los personajes que de lo material: el cuadro.

Hay un tercer lugar, un pequeño pueblo de la costa mediterránea que no tiene una adscripción directa con ninguna población real, sino que es una especie de constructo de varios de ellos. En este pueblo, recordado de una forma casi onírica por Alejandro, nos encontramos con plazas imposibles y playas llenas de sueños.

Muelles en Almada, Calcihas, Lisboa

Praga

Montaña Amarilla, Costa del Silencio, Tenerife, Islas Canarias

Sitios

Además de las localizaciones anteriores, he utilizado en esta novela sitios concretos para perfilar diferentes situaciones. Nombres como Ponto Final, El Figón de la Ploma, El Café de las Horas, La Peseta, Pay-Pay, Hotel Evropa, la taberna asturiana El Molinón, o un barrio chino que resulta de la mezcla de los situados en dos ciudades, corresponden a nombres reales de establecimientos que en el tiempo en que transcurre la historia —y algunos también en la actualidad— estaban en activo y son perfectamente localizables. En la mayoría de los casos he intentado conservar la ambientación que yo recordaba o tenía documentada, en otros he hecho una recreación libre, pero aproximada, de aquellos sitios.

Ponto Final, Almada, Calcihas, Lisboa

Café de las Horas

La Peseta

Hotel Evropa, Praga.

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«Marini se quedó tanto tiempo pegado a la ventanilla que la nueva stewardess lo trató de mal compañero y le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió que ella prefería el vodka-lime de Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en infinitas bandejas de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el pasajero. En los viajes de vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la mañana, el sol daba contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida, sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla mientras Lucía (y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo. Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió dos sueldos y pensó que el resto no le alcanzaría para las vacaciones. Carla aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se casaría con el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo)»

Julio Cortázar, La isla al mediodía

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