Los personajes
Una nueva historia está a punto de llegar
Años después, el escritor abre su vieja Moleskine y encuentra una hoja escrita con una letra que apenas reconoce como suya. La lee en silencio, como si las palabras hubieran llegado de otro tiempo:
“Todos queremos que la ficción sea verosímil, que parezca real. Pero nadie quiere aceptar que toda realidad no es otra cosa más que ficción.
La soledad empieza mucho antes de estar solo; quizá en ese instante en que dejas de escuchar a alguien que siempre tuvo tu atención. Pasan los años y esas voces ya solo resuenan en la memoria, como un eco sin dueño.
Camino por las calles buscando los personajes literarios que no puedo imaginar. A veces temo ser yo mismo el personaje de una de mis novelas baratas.
Cuando te encontré comprendí que serías el papel de calco con el que dibujar las expresiones de mi madre, aquellas que ya no recuerdo…”
Luego el texto se vuelve más extraño, como si la mano que escribía hubiera caído en un trance:
“Existen teorías imposibles, recuerdos ligeros que se cuelgan al cuello como un fular, secretos que brillan en una mirada, deseos que crecen como peluches.
Cada cosa tiene un nombre que no debe pronunciarse: decirlo es arriesgarse a perderla. Ese nombre es un dibujo, un conjuro que intenta que lo perdido vuelva a existir.
Después están las permutaciones infinitas del nombre de Jahvé, que pueden acabar con el mundo, el momento en que el gólem dejó de ser barro… y luego volvió a serlo, el momento en que una sola letra basta para acabar un crucigrama, y esa letra trae consigo la alegría infantil de descubrir que todavía merece la pena compartir la compañía del sol con alguien.”
El escritor cierra el cuaderno. Se queda mirando la última frase, convencido de que hablaba de una mujer. Intenta recordar cuál, pero no puede estar seguro de nada. Tal vez nunca lo estuvo.
Violeta cierra los ojos para mirar el horizonte, porque sabe que todo lo que anhela está dentro de ella, que no hay nada más allá.
Cuando los cierra, ve la playa de Yapascua, el azul intenso del amor que siente por su padre, el dolor de no saber si volverá a verlo, la triste certeza de que haría cualquier cosa por tenerlo otra vez cerca.
Su huida se ha convertido en un encierro, lo único que queda de su infancia, de su morichal, es el recuerdo de las canciones que su padre le enseñó a amar.
En esta tierra áspera, donde las zetas suenan como cañonazos, Violeta se ha convertido en el personaje de un escritor que le recuerda a su padre, al que quiere querer, quizá para resarcirle un poco del daño que le pueda hacer.
Violeta le habla a su escritor de la literatura cuántica, de esos cuantos donde las chicas pueden ser mujeres y mariposas al mismo tiempo.
Fillo nunca habló de su pasado en aquel campo de concentración francés. Solo me contaba cuentos que yo no logré entender hasta mucho tiempo después: las columnas azul cobalto de la Casa Monforte, los cocodrilos disecados de la Casa Fos… La mayoría de las veces, sus historias parecían incomprensibles, inconexas.
Era imposible que aquel niño que lo escuchaba supiera que, en realidad, Fillo no me hablaba a mí.
Se hablaba a sí mismo, repitiéndose los cuentos que era incapaz de olvidar.
El campo de concentración de Saint-Cyprien. Las casas de su infancia en El Vedado. Los hermanos que cazaban caimanes en el río Mamoré. Ese otro yo inmisericorde que se le había metido en el cuerpo y lo seguía a todas partes…
Fillo hacía volar los papalotes como si fueran pájaros. A veces se quedaba quieto, mirando girar el tambor de la lavadora, hipnotizado por sus recuerdos, con su batín rojo y la ceniza del cigarrillo cayendo, inevitable, sobre su propia derrota.
En la casa inmensa, donde las habitaciones parecían esconderse unas dentro de otras, Sonia miraba fascinada las sombras chinescas del señor Chou. En su imaginación, aquellas figuras eran tan reales como los sueños que aún no sabía nombrar.
Cada mañana, de puntillas frente al espejo, se pintaba con cuidado el carmín de los labios. Quería parecer mayor, aunque todavía le estallaba la risa clara de una niña.
Su padre, tan alto que no necesitaba paraguas, la llevaba de la mano en paseos interminables. Le contaba cuentos de nunca acabar, como si con cada palabra pudiera atrapar el tiempo y guardarla siempre a su lado.
Pero el tiempo no se deja atrapar. Un día, un joven atractivo y atento la esperó junto al estribo del tranvía y avisó al conductor para que no se marchara sin ella. Desde entonces, Sonia dejó de ser la niña que escuchaba historias infinitas. El chico del tranvía se convirtió en su novio, y los paseos con su padre se desdibujaron en la memoria.
El amor recién estrenado arrasó con todo lo demás: solo existía para el recién llegado. Dejó de responder las cartas de Antonio, aquel amigo de la pandilla que desde el frente le escribía sobre un lucero y un malecón lejano.
La guerra partió en dos su vida y, cuando terminó, Sonia descubrió que no era la única derrota que tendría que afrontar. Aprendió entonces que la única manera de seguir adelante era mirar más allá del horizonte, hacia ese lucero que brillaba con la promesa de un futuro posible. En aquella luz buscó la fuerza para enfrentar la tristeza, el remordimiento y todo lo perdido.
Mariam nació en Cuba con cara de luna. Mi madre, Sonia, pasaba las noches del Malecón mirando a Venus, y así vino al mundo la criatura: con un rostro redondo, iluminado, como si guardara un secreto del cielo.
Yo crecí a su sombra, protegido por juegos y engaños dulces. Mariam me llevaba de la mano hasta el colegio, entreteniéndome con cuentos que convertían cada mañana en una aventura. La seguía embelesado, hasta que la magia se rompía frente a la puerta del colegio, siempre imponente y temida.
Años más tarde, recorremos juntos las calles de La Habana, cómplices en la búsqueda de la historia de nuestros padres: una historia escrita en pretérito imperfecto, hecha de fragmentos, silencios y olvidos.
Mariam es, a primera vista, una señora respetable. De esas que saben guardar las distancias, que creen en los protocolos y en la prudencia como única ciencia. Pero basta que se suba a su coche para transformarse en otra: toca el claxon sin venir a cuento, maldice a gritos al que se le cruza y conduce como si la ciudad fuera suya.
Y cualquier día, sin previo aviso, puede mezclarse con la chavalería y cantar el Bella Ciao con el puño en alto, recordándose a sí misma —y recordándome a mí— que la vida también es ruido y sobresalto. Que rebelarse es, quizá, el único conjuro contra la derrota.
La tía Amparín es la única hermana de su padre que sigue viva. La única que guarda la llave de un misterio: sabe quién fue el hombre de la fotografía.
Cuando ella tenía apenas cinco años, sus padres cruzaron el mar de regreso a España. Dejaron atrás Cuba, su vida entera, con ocho hijos a cuestas y un sueño imposible: sacar adelante a la familia en una tierra que ya no era la misma.
Hoy, Amparín habla con Marcos, aquel amigo de su infancia en Cuba. Conversa con él como si el tiempo no hubiera pasado. Lo ve sentado junto a ella, balanceándose en el viejo balancín, sonriendo con la calma de los fantasmas que no se fueron del todo. Porque ahora, en su vejez, Amparín charla con todos sus muertos. Los recuerdos se le escapan y regresan, como si la vida insistiera en repetirse, una y otra vez.
Cada mañana, ella sube al tranvía con la esperanza secreta de encontrarlo allí. Y él siempre está. El chico que una vez detuvo el tranvía para esperarla, el del cabello revuelto y la sonrisa que parece encender la calle entera. La sonrisa con hoyuelos que juega con ella en silencios cómplices, a miradas que se esconden entre el vaivén del viaje.
Tiene los ojos verdes más hermosos que jamás ha visto. O al menos, Sonia cree que son los más hermosos, porque a veces se pregunta si no está recordando otros ojos verdes que quizá solo imaginó.
Con los días, ya no son solo miradas. Ahora son palabras que no paran nunca, risas que se escapan, y un día, la invitación. La sorpresa tan esperada, la duda, el sí que sale temblando. Y entonces, el primer paseo, el humo tibio del café, la piel erizada por la cercanía, la turbación del primer beso.
Pedro es atento, amable, encantador. Todo el mundo lo adora. Salvo don José, que no se deja deslumbrar por sonrisas. Porque hay hombres que saben mirar por dentro.
Lo conoció en la universidad, en esos años en que el mundo parecía tan redondo y seguro… hasta que juntos descubrieron que no lo era. Era su cómplice, su confidente, el amigo con quien cada conversación se volvía una alianza secreta.
Luego llegó la vida real. Fue él quien le tendió la mano cuando más lo necesitaba, quien le dio trabajo, consejo y la calma de saber que, pasara lo que pasara, siempre habría alguien de su lado. Un hombre bueno, siempre dispuesto, siempre ahí.
En la cancha de squash, Ricardo siempre ganaba. Pero incluso en la victoria brillaba su nobleza, como si no pudiera evitar ser el mejor en todo.
Y, sin embargo… poco a poco, ese amigo fue llenando cada rincón de su vida: se adueñó de su exmujer, de sus hijos, de sus sueños de escribir. Con su inacabable bondad, con su paciencia infinita, terminó habitándolo todo.
Su padre lo observa con una mezcla extraña de orgullo y culpa. Orgullo, porque el muchacho que tiene enfrente es fuerte, entero, dueño de sí. Culpa, porque sabe que lo dejó solo demasiado tiempo. Que no estuvo allí cuando más lo necesitaba.
Daniel acomoda las piezas sobre el tablero con una delicadeza que parece calculada. Cada movimiento es, quizás, una excusa para mirarlo, para encontrar en su rostro un rasgo familiar, un gesto que lo una a él. Pero no lo halla. Frente a él no está aquel niño que fue su hijo, sino alguien que aprendió a crecer sin esperarlo.
Daniel empieza a hablar, pero las palabras se le tropiezan en la boca. Suena como si hubiera ensayado un discurso y, de pronto, las frases se le escapan, desordenadas. Mueve el peón dama a D4 y menciona la defensa London. Luego, sin aviso, lo arrastra a otro mundo: habla de francotiradores ocultos en edificios bombardeados por la OTAN en la antigua Yugoslavia, de civiles que mueren sin saber por qué, de dos hermanas gemelas que siempre abrían sus partidas con esa misma defensa.
Comprende que su hijo no está hablando de ajedrez. Le está ofreciendo los cuentos que él nunca supo darle. Las historias que lo hicieron valiente, que lo ayudaron a creer en un ideal limpio, capaz de resistir cualquier explosión. Salvo una.
La vi en el puente. El viento jugaba con una cascada infinita de rastas rubias que le caían sobre los hombros. Cuando levantó la mirada, sus ojos violetas me atraparon. Sentí que algo en mí se rompía, como si esas pupilas me hubieran estado esperando desde siempre. No pude evitar acercarme.
Entre sus manos sostenía un extraño objeto, parecía un platillo volante sacado de una vieja película de ciencia ficción. Lo acariciaba apenas con las yemas, y de esa superficie metálica brotaba un sonido que nunca había escuchado. Era grave, envolvente, como el murmullo de una ola que no cesa. Y entonces sucedió algo imposible: sentí que la música no sonaba fuera, sino dentro de mí. Como si mis órganos fuesen las cuerdas, como si el aire que respiraba fuera el compás.
La calma me cubrió por completo. Mis hombros cedieron, la tensión se derrumbó hasta el suelo. Me sentí flotar, como si regresara al vientre de mi madre. Y lloré. Un llanto suave, tibio, rodando por mis mejillas sin permiso.
Ella me vio. Sonrió y caminó hacia mí. Tenía un pequeño piercing en forma de lagarto en el labio inferior que parecía saludarme con complicidad. Sus ojos violetas giraban sin descanso, como remolinos que quisieran devorarme. Puso su mano en mi frente y, de pronto, las imágenes de toda mi vida comenzaron a desfilar bajo mis párpados cerrados. Como si pudiera verlas por primera vez.
Me habló entonces. Me dijo que el extraño instrumento se llamaba hang, y me contó el origen de su música, la historia que escondían sus notas. Antes de marcharse, me tendió una pequeña tarjeta, con solo una línea escrita sobre el blanco: Libuše. Adivino tu pasado, comprendo tu futuro.
Cuando se alejaba, se detuvo un instante, se giró y me dijo:
—No dejes que el miedo te haga ruin. No vale la pena.
Y desapareció, como si nunca hubiera estado allí.
Quince años de condena. Y todos los demás, recordando a su guerrillera aimara.
Desde aquel estallido de cristales y sangre, Jaume vive con un único propósito: restituir su universo, curar la herida invisible que le impide respirar.
En la entrada de su librería cuelga un cartel que dice “Cerrado”. Pocos sospechan que ese letrero no habla del negocio, sino de él mismo. Sin embargo, hay quienes logran atravesar la puerta: viejos amigos, lectores obstinados, almas que saben que, en torno a una mesa camilla, se pueden compartir libros como se comparten confesiones. Historias que no necesitan ser contadas para existir.
Chéjov decía que toda pistola mencionada en un relato debe dispararse alguna vez. Jaume también lo sabe.
Primero se escucha el canturreo. Una melodía sin letra, arrastrada, como un eco que nadie quiere recordar. Luego aparece él: mirada fija, la misma que se clava en la carne ajena. En el cuello, el tatuaje de un cuchillo late como una herida abierta, avisando que en sus sombras no hay salvación.
Cuando ve a Sonia, sonríe. Apenas una mueca torcida, pero suficiente para helar el aire. En los bolsillos tintinean relojes que no son suyos. Es solo un muchacho, aunque la camisa abierta deja asomar el filo negro del tatuaje, como si su piel gritara lo que su boca calla.
Benigno avanza. Gorra militar, camiseta verde, pantalones de campaña. Sus botas parecen medir cada paso. Disfruta del silencio, ese que precede al miedo. Se humedece los labios con la lengua, y la muchacha tiembla. Él respira su miedo, lo huele. Y sonríe, convencido de que el asco siempre acaba pareciéndose al deseo.
Más tarde, el joven del puñal en el cuello sale a la calle. El sol trepa por los tejados, los niños corren en los jardines, y las risas dibujan un mundo que ya no le pertenece. Está agotado. Solo quiere llegar a casa y abrazar a su niña, su bebé bendito, el único rincón limpio que le queda en el alma.
El gran camarada de Fillo lo acompañaba desde la escuela ¡Alerta! A su lado cruzó los Pirineos, sintió el frío cortante en la playa cercada de Saint-Cyprien y, más tarde, el peso del océano frente a ellos. No llevaban solo maletas: llevaban el alma en alto, dispuestos a seguir luchando por la justicia.
Manolo era un hombre grande. Robusto, bondadoso, de esos que abrazan con todo el cuerpo y te dejan sin defensas. Su sonrisa parecía una barca en la que siempre podías encontrar refugio. Y su voz, grave y bien modulada, tenía el don de narrar historias o de tararear un filin que se te metía en la piel. Pero más grande aún era su corazón: sabía perdonar… y olvidar que había perdonado.
Los dos, juntos, enterraron sus pistolas antes de cruzar la frontera. Y, juntos, volvieron a desenterrarlas, porque la lucha todavía no había terminado. Nunca se sabrá cuál fue la que disparó y cuál la que permaneció muda.
Lo que sí se sabe es que un día también enterraron su amistad. Porque hay perdones que pesan demasiado para olvidarse.
Sus ojos negros miraban radiantes, y su melena acaracolada, negra y abundante, caía como una cascada indomable, apasionada. Hortensia se veía a sí misma reflejada en el agua, atrapada entre risas y llantos, con esa espera que a veces pesa más que la esperanza misma. Y allí estaba, aferrando la mano de la pequeña hija de su amiga, su ahijada, como si en ese gesto pudiera sostener también el futuro.
La sororidad, pensaba, es más fuerte que cualquier equívoco, más firme que cualquier engaño. Y en esa certeza Hortensia había abierto sus brazos a Sonia, la había recibido en Cuba como si toda la isla se encarnara en su cuerpo, como si su sola presencia pudiera protegerla. Pero el dolor de Sonia no nacía en esta tierra: venía de más allá del mar, más allá del horizonte, como una herida que ni el calor ni el abrazo podían cerrar.
Ver a la hija de Hortensia es como abrir un viejo álbum familiar y descubrir que las fotografías en blanco y negro han despertado. Se llama igual que su madre, y al mirarla parece que ves el mismo rostro.
Un mechón blanco atraviesa su frente como una bandera de paz. Su elegancia, su risa franca, su dinamismo inagotable… todo en ella anuncia que siempre hay salida, siempre hay una alternativa, incluso en medio del dolor.
Hortensia ama a los Beatles. Sabe que desde las trincheras no se ganan las guerras, pero sí con melodías capaces de sembrar justicia y esperanza. Ama también a un hombre treinta años más joven, porque para ella el amor no tiene nada que ver con la historia, sino con el instante.
Y cuando lo abraza, la Revolución rejuvenece. No hay edad. No hay cuerpos. Solo queda la entrega, el regalo, la confianza absoluta.
El almendrón amarillo mostaza ruge por las calles de La Habana como si fuera un personaje más de la ciudad. Al volante va Lester, botero de día, profesor de urbanismo en la Universidad, y padre de tres hijos de tres madres distintas. Él sabe que la Revolución no es un discurso grabado en piedra, sino lo que se hace cada mañana para poner un plato de comida en la mesa de los tuyos.
Mientras conduce, les muestra a los turistas lo bonito: las fachadas que aún conservan su color, los balcones que sobreviven como milagros. Lo feo, dice, no se enseña, se arregla. Y así, entre carcajadas y giros bruscos, el auto avanza entre esas casas que mudan por fuera mientras por dentro se sostienen con parches invisibles.
Cuando el viaje termina, Lester no entrega un simple adiós. Él lanza su grito de marca, con la fuerza de alguien que sabe dejar huella:
—¡Tremenda bomba!
Alguna vez, Sonia contó una historia que parecía inventada. Decía que, en La Habana, Fillo se había empatado con una negrita llamada Blanquita. Pero ni era negrita ni se llamaba Blanquita: era Lisandra.
Lisandra le enseñó a Fillo a entender el lenguaje de los números, a llevar las cuentas de la cooperativa, a reconocer en un balance lo mismo que en un abrazo: pérdidas, saldos, ganancias… y también esas caricias que no piden nada a cambio.
Ella guardaba cada instante de ese amor en una caja de galletas Pinocho, quizá para convencerse de que lo suyo no era un cuento, que no era mentira. Cada objeto, cada recuerdo, se convirtió en un amuleto contra el olvido.
Pasaron los años. Lisandra repasaba una y otra vez aquellos tesoros como quien lee las mismas páginas de un libro sabiendo que no quiere que se acabe. Estaba segura de que algún día volverían a encontrarse. No se equivocó. Los dos murieron el mismo día, como si uno no pudiera irse sin el otro.
Lisandra nieta es el vivo retrato de su abuela. No solo heredó el nombre: parece que también la ocupa el mismo alma. Es blanca como la leche y fuma su tabaco con el donaire heredado de siglos de plantaciones y manos esclavas. Sonríe como una bandera que flamea en lo alto y, casi sin darse cuenta, se santigua a cada momento, porque habla cada día con sus muertos en los viejos balancines. Quizá por eso, su voz tiene la ligereza de los papalotes que se empinan hasta el cielo.
En la caja de galletas guarda lo que queda de su abuela. Son recuerdos repasados tantas veces que ya parecen suyos. Entre fotografías, abalorios y cartas dormita también una vieja bala ennegrecida. Nadie sabe cómo llegó allí, y ella ni siquiera se atreve a imaginarlo. Pero cada vez que abre la caja y la encuentra, esa bala inútil le recuerda que hay memorias que no se heredan: simplemente acechan, silenciosas, esperando su momento.
“Miró a su alrededor y tuvo la nerviosa certeza de hallarse extraviado, sin la menor idea de qué rumbo debía tomar para salir del laberinto en que se había convertido su ciudad, y comprendió que él también era un fantasma del pasado, un ejemplar en galopante peligro de extinción, colocado aquella noche de extravíos ante la evidencia del fracaso genético que encarnaban él mismo y su brutal desubicación entre un mundo difuminado y otro en descomposición.”
LITERATURA CONTEMPORÁNEA
José Luis Tomás
Por escrito
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Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
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