Los lugares
De la parte de acá del horizonte
Esta historia se cuenta en dos tiempos y en dos lugares, como si fueran espejos que se buscan hasta confundirse. Al final, todas esas vidas son una sola: la del escritor que trata de descifrar su futuro leyendo las grietas de su pasado.
De un lado está la guerra civil española, con su derrota y su exilio. De otro, este presente que nunca podrá entenderse sin mirar atrás. Los escenarios se entrelazan: la Valencia republicana, vibrante y herida, y la de hoy, que a menudo camina sobre el asfalto del olvido; La Habana de entonces, donde la vida brotaba esperanzada de cada esquina, y la de ahora, que aún late, aunque con una tristeza que busca disfrazarse de esperanza.
Las calles de Valencia hablan de resistencia y de miedo. Calles con nombres cambiantes, como si hasta las placas fueran soldados en combate. Calles repletas de gentes refugiadas durante la capitalidad, de cafés y hoteles donde bullían las ideas de un mundo más justo, de cabarets que cada noche recordaban que vivir era la única victoria posible. También hubo refugios que retumbaban de miedo y dignidad, y la iniquidad de quienes solo pensaban en salvarse a sí mismos. Hoy esas mismas calles parecen otras: asfaltadas con un olvido que brilla como alquitrán, transitadas por un consumo veloz, por un turismo que apenas conoce el lugar que pisa, más allá de los nombres que siguen mudando como disfraces.
Valencia republicana
Valencia republicana. Bombardeos
Cañones antiaéreos
Cañones antiaéreos del 7,62 utilizados en la defensa de València. Archivo General de la Administración. Alcalá de Henares.
Crucero Almirante Cervera
Constuido en 1928, tras el alzamiento cayó en manos de los nacionales y, entre muchas acciones, bombardeó diferentes ciudades mediterráneas, entre ellas Valencia.
Crucero Baleares
Construido en abril de 1932, tuvo gran protagonismo en bombardeos de puertos mediterráneos, junto a su gemelo, el crucero Canarias y el crucero Cervera. Fue hundido por la flota republicana en la madrugada del 6 de marzo de 1938.
La Vanguardia, martes 1 de junio de 1937
Noticia sobre el bombardeo de Valencia el 28 de mayo de 1937.
Valencia republicana. Refugios
Valencia republicana. La ciudad
Valencia republicana. Carteles y propaganda
Valencia republicana. Arquitectura en los años 30
Saint-Cyprien
El viento que susurra nombres
Fillo fue uno de los miles de republicanos que, en febrero del 39, cruzó la frontera con lo puesto. Antes de entregarse, enterró su pistola en el bosque: un último gesto de resistencia silenciada. Pero al llegar al otro lado no encontró libertad, sino la humillación de una alambrada que convertía el horizonte infinito del mar en un muro. Y la pregunta cruel que les escupían al oído al entrar en el campo: «¿Franco o Negrín?».
Aquella playa era un infierno de arena y salitre. La arena se metía en la garganta hasta ahogar cualquier esperanza. No había refugio: apenas hoyos cavados aprisa para escapar de un viento que cortaba como un cuchillo. En ese páramo conoció a dos hombres que nunca olvidaría: a uno le llamaban Oshentayosho, porque no podía pronunciar la c; al otro, Curro, por su brazo doblado. Murieron allí, como tantos otros.
Era imposible no enfermar. El agua estaba envenenada y el campo era un hervidero de moscas, piojos y ratas. La fiebre tifoidea y la disentería corrían sin freno entre hombres famélicos, sin abrigo ni medicinas. Más tarde levantaron cabañas: un espejismo de orden. Sin suelo, sin puertas, clavadas en la arena como ataúdes torpes donde sesenta almas se helaban en invierno y se asfixiaban en verano. Allí la vida valía menos que nada.
Con el tiempo, el campo se fue vaciando. Algunos partieron hacia América; otros se alistaron en la Legión Extranjera a cambio de un plato de comida; los más temerarios volvieron a España. En enero del 40, Saint-Cyprien era ya un cascarón casi vacío, hasta que llegaron nuevos condenados: judíos expulsados de Bélgica. Muchos acabarían en los campos de exterminio, otro capítulo de horror sobre el mismo suelo maldito.
Queda la pregunta más dolorosa: ¿qué fue de los que no salieron? Los registros oficiales hablan de apenas cincuenta muertos, una cifra ridícula frente a tanta miseria. ¿Dónde quedaron Oshentayosho y Curro? La arena y el mar se tragaron sus cuerpos como si nunca hubieran existido. Tras las inundaciones de octubre del 40, el campo se desmanteló y hasta las estacas de hierro se reaprovecharon. Pero el viento que aún sopla en esa playa parece susurrar sus nombres, negándose a que el olvido gane la última batalla.
Sitios
Hay historias que se escriben solas, como si brotaran de la piel. No necesitan mapas porque nacen en lugares que, más que escenarios, son parte de quien las cuenta. Antonio Vega los llamaría El sitio de mi recreo; Cirlot, con su voz de símbolos, quizá solo diría: te soy.
En mi caso, esos lugares regresan una y otra vez, como si me buscaran. Quienes ya me habéis leído lo sabéis: tarde o temprano, mis letras terminan en Praga. Allí me espera siempre un eco, un espejismo, aunque esta vez la ciudad apenas aparezca, envuelta en brumas de sueño. También retorna el Café de Las Horas, uno de esos refugios donde la ficción y la vida se entrelazan sin pedir permiso. Recomiendo visitarlo en horas serenas, cuando aún se puede escuchar el rumor verdadero de Valencia sin el atruendo del turismo.
Y después, otros escenarios: una Valencia que es muchas, la de los años treinta y la de ahora; un laberinto donde mis recuerdos tantean pasillos inciertos, donde no sé si persigo una memoria o si la memoria es, en realidad, la que juega conmigo.
El edificio Monforte, la casa del cocodrilo —la legendaria Casa Fos—, las casas de los periodistas, el Ideal Room, el Hotel Palace, el Hotel Inglés, la tortada de Goerlich, los tranvías jardinera, el barrio de Cantarranas, las iglesias de San Agustín y de Santa Mónica, la playa de La Patacona, las bodegas Vinival —el viejo Kremlin—, la Fábrica de Hielo, el speakeasy Apotheke… todos desfilan aquí. Sitios que no se limitan a estar: respiran, susurran, acechan. Son personajes mudos de esta historia, cómplices de una búsqueda.
Porque lo que empieza entre las páginas de esta nueva historia no es solo un relato: es un viaje hacia una memoria que no sé si existió alguna vez o si es, como los relatos de mi infancia, un cuento de nunca acabar.
El cocodrilo de la Casa Fos
Coco y Drilo
En la Valencia de 1934, Vicente Fos abrió una tienda de bolsos que pronto se volvió leyenda. No era solo el prestigio de sus piezas lo que atraía a los clientes, sino también un detalle insólito: en la entrada, dentro de una urna de cristal, aguardaban dos pequeños cocodrilos.
La tienda, que acabó tomando el nombre de El Cocodrilo, se convirtió en lugar de encuentro para niños, jóvenes y mayores. Allí se lanzaban monedas para despertar a los saurios, se pedían deseos frente a ellos y los espejos multiplicaban las risas de los pequeños que jugaban a hacerles muecas. Era un espectáculo cotidiano que convertía una simple compra en una experiencia casi mágica.
El destino, sin embargo, fue menos benévolo con los reptiles. Un fallo en los calentadores acabó con la vida de uno y el otro enfermó poco después, sin que pudiera salvarse. Tras su muerte, la urna no quedó vacía: fue ocupada por un cocodrilo disecado que siguió custodiando la tienda durante años. Así, entre artesanía exquisita y la leyenda de aquel guardián inmóvil, El Cocodrilo se grabó para siempre en la memoria de Valencia.
Edificio Monforte
Edificio Monforte: la memoria de los cuentos
En 1895, en plena transformación del corazón de Valencia, se alzó un edificio destinado a convertirse en símbolo de modernidad: el Edificio Monforte, obra del maestro Lucas García, arquitecto que introdujo nuevas formas decorativas y dio a la ciudad un aire más cosmopolita.
En la planta baja, una elegante logia de columnas de hierro fundido albergaba los escaparates de los famosos almacenes de confección La Isla de Cuba, donde los valencianos descubrían las últimas tendencias. A diferencia de otros edificios monumentales, aquí los accesos se disimulaban entre los locales comerciales, cediendo el protagonismo al bullicio urbano.
Los pisos superiores, destinados a viviendas de alquiler, mostraban una serie de vanos repetidos y adornados con profusión, como si cada ventana quisiera contar su propia historia. La fachada, por su parte, se vestía de policromías: frisos con palmetas, motivos helenísticos, columnas jónicas y corintias, piezas cerámicas esmaltadas, piedra, madera y ladrillo barnizado.
Hoy, al alzar la vista hacia el Edificio Monforte, no solo contemplamos un referente arquitectónico: asistimos al eco de una época en la que Valencia se reinventaba, vibrante y abierta al mundo.
Hotel Inglés
El hotel donde todo empezó
Recuerdo, apenas hace unos días, la mirada azul cobalto de una muchacha que hojeaba un libro en la terraza del Gran Hotel Inglés. Era una burbuja de calma rodeada por un torrente de turistas, quizá protegida por las notas invisibles de una partita de Bach. Nunca sabré cómo llegó ese libro a sus manos, ni por qué me leía ella al mismo tiempo que yo la escribía a ella.
Y también recuerdo una fotografía en blanco y negro de 1937: varios hombres rebuscando entre los escombros del mismo hotel. Unos miran a la cámara mientras otro, subido a una escalera, examina con atención el punto del impacto. El resto observa con atención los daños de la fachada. La marquesina art déco y el letrero del hotel, todavía en pie, parecen sostener la dignidad sobre la ruina.
La explosión que había destrozado la fachada era un recordatorio brutal de la nueva realidad. Valencia, nueva capital de la República, ya no era un rumor lejano del frente: se había convertido en objetivo. El hotel era un blanco evidente por su ubicación céntrica, rodeado de ministerios y de la vida social de la ciudad. Tenía renombre, sí, pero en aquella Valencia abarrotada de poder y urgencias, la fama era lo de menos.
Las calles de la ciudad
Rótulos cambiantes
En abril de 1931, con la proclamación de la República, Valencia comenzó a cambiar de piel. Sus calles dejaron de honrar a reyes y princesas para celebrar nuevas libertades: la avenida Victoria Eugenia pasó a ser 14 de Abril, la plaza de la Reina se convirtió en Región Valenciana y hasta el príncipe Alfonso cedió su nombre al poeta Ausias March. Eran tiempos de ruptura, en los que el callejero se transformaba en espejo de ideales republicanos y liberales.
El 18 de julio de 1936 marcó un giro radical. Tras el fracaso del golpe en Valencia y su conversión en capital republicana, el pueblo tomó las plazas con furia y esperanza. Los rótulos dedicados a santos o monarcas fueron arrancados y sustituidos por los de héroes contemporáneos: Dolores Ibárruri, Lenin, Máximo Gorki. También se honró a milicianos caídos y a símbolos colectivos como la tripulación del Komsomol, el barco soviético hundido tras traer víveres a la ciudad. Cada esquina se convirtió en un grito de resistencia.
Entre el fervor surgió el desorden: calles duplicadas, direcciones confusas, rótulos improvisados. En 1937, el Ayuntamiento impuso un alto: no más cambios hasta que acabase la guerra. Durante dos años, el callejero permaneció en silencio, congelado en medio del conflicto.
En marzo de 1939, con la entrada de las tropas franquistas, todo se deshizo. Los héroes republicanos desaparecieron, los marineros soviéticos se borraron del mapa y los santos regresaron a las esquinas. Sin embargo, bajo la capa oficial de nombres impuestos, permaneció el eco de aquellos años en que Valencia gritó su lucha, su idealismo y su esperanza a través de sus calles.
Las iglesias
Dos iglesias Agustinas
En el corazón de València, donde las calles aún susurran siglos de historia, dos templos agustinos se alzan como guardianes del tiempo. San Agustín, en el barrio de San Francisco, y Santa Mónica, junto al antiguo camino de Murviedro, parecen dos hermanos marcados por destinos distintos: uno atravesado por convulsiones, el otro por un desarrollo más sereno.
San Agustín, erigido en el siglo XIII, fue convento, cuartel saqueado por los franceses, cárcel insegura tras la desamortización, mercado de abastos e incluso edificio administrativo. Cada transformación dejó cicatrices en sus muros, como si la piedra respirara las tensiones de la ciudad. Allí donde hubo claustros sonaron llaves de prisión; donde hubo jardines se levantó un mercado que desapareció tras la Guerra Civil, dando paso al edificio de Hacienda, hoy en desuso, en el solar que ocupó el mercado.
Santa Mónica, fundada en 1603 por fray Jerónimo de San Lorenzo, creció con un pulso distinto. Su templo barroco, con planta de cruz latina, cúpula con linterna y fachada inspirada en las basílicas romanas, sufrió transformaciones como la incorporación del campanario de Goerlich en 1915. A lo largo del tiempo, su entorno se consolidó como un espacio de calma frente al vértigo urbano, y en el cambio de siglo fue objeto de varias rehabilitaciones que recuperaron su cúpula, su cripta del XVIII y la fisonomía original de la fachada.
Ambos edificios compartieron las heridas de la Guerra Civil: San Agustín incendiada, Santa Mónica saqueada y devastada. Pero también comparten memoria y renacimiento. En San Agustín flotan recuerdos familiares, como una boda por poderes, bautizos y comuniones; frente a Santa Mónica, la plaza donde Sonia bajaba del tranvía guarda un eco de rutinas desvanecidas. Más allá de la piedra y del tiempo, estas construcciones se han convertido en espejos: al mirarlas, València se reconoce a sí misma, cambiante y contradictoria, pero siempre fiel a la huella de su pasado.
Los cafés
Los cafés, trincheras de palabras
En plena Guerra Civil, cuando el ruido de las sirenas y los bombardeos parecía dominarlo todo, Valencia se convirtió inesperadamente en el corazón de la República. Entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, la ciudad fue refugio de intelectuales, artistas, periodistas y exiliados que buscaban un respiro lejos del frente. En ese escenario, los cafés dejaron de ser simples locales y se transformaron en trincheras de palabras y esperanza.
El más célebre fue el Ideal Room, abierto en 1908 en los bajos del edificio Sancho, en la bulliciosa calle de la Paz. Sus salones respiraban cosmopolitismo: allí se cruzaban Miguel Hernández y Rafael Alberti con corresponsales extranjeros, brigadistas internacionales y hasta jugadores de póquer en apuestas interminables. Entre humo de tabaco y vasos de licor, las tertulias literarias lo convirtieron en epicentro de una efervescencia cultural que desafiaba a la guerra. Muy cerca, el Café El Siglo, con su piano Erard y sus mesas de billar, ofrecía otro refugio para escritores y periodistas. Menos político que el Ideal, pero igual de necesario, era escenario de conversaciones íntimas, un lugar para hablar, soñar o simplemente no callar.
Otro enclave, el Café Vodka, menos conocido pero igual de vibrante, fue punto de encuentro de activistas, periodistas y escritores comprometidos con la causa antifascista. Por allí pasó la escritora estadounidense Dorothy Parker, dejando constancia de aquella intensidad intelectual. Junto al Ideal Room y la Casa de la Cultura, el Vodka completaba una red de lugares donde la palabra se volvía arma y la cultura, un acto de resistencia.
Pero la vida cultural de la ciudad no terminaba en las tertulias. En la noche valenciana, cabarets y salas de fiestas como el cabaret Tabú ofrecían espectáculos que mezclaban música, baile y propaganda política, diversión y militancia. Uno de aquellos días, don José llevó a su hija Sonia al café El Siglo. La muchacha, con la ingenuidad de sus pocos años, le preguntó si en los cabarets las mujeres se desnudaban al son de la música. “Eso me han dicho”, respondió él con cierta incomodidad, “dicen que se desnudan con el puño en alto”. Sonia, con ojos curiosos, insistió: “¿Y lo hacen por la República?”. Don José la miró en silencio, hasta que una sonrisa triste se dibujó en su rostro: “No, hija. Por la República no. Cualquier idea deja de ser pura cuando se lucha por ella”.
Así, cafés y cabarets dibujaron un mapa simbólico de la Valencia republicana: un crisol de ideas, arte y esperanza. No fueron solo testigos, sino protagonistas de una memoria que aún late en crónicas y novelas, en las fachadas que permanecen y en la certeza de que, incluso bajo las bombas, la ciudad supo defender con palabras su libertad.
Apotheke
Gambito de dama
Mientras juego una partida de ajedrez con mi hijo, en una de esas mesas de madera vintage que parecen guardar secretos, el bullicio de la ciudad se desvanece. La luz tenue de las lámparas dibuja un círculo íntimo sobre el tablero: un oasis perfecto para reconectar con este muchacho reencontrado. La voz ahumada de Chantal Chamberland envuelve el ambiente; no interrumpe, más bien añade una capa de hondura a este instante suspendido.
Elegí Apotheke precisamente por eso. No es el típico bar ruidoso donde hablar se vuelve imposible. Aquí, la privacidad y la atmósfera invitan a pensar, a conversar, a detener el tiempo. Cada vez que muevo una pieza, el clic suave sobre el tablero se funde con el tintineo de los vasos que los mixólogos preparan con la precisión de antiguos boticarios.
Mi hijo me explica la defensa London como si me estuviera describiendo a mí mismo. Y mientras lo escucho, descubro los detalles que hacen mágico este lugar: los estantes repletos de botellas como en una farmacia prohibida, los sillones de cuero gastado, el murmullo discreto de otras conversaciones. Es el escenario perfecto para una tarde distinta, lejos de pantallas y distracciones, donde lo único que importa es la siguiente jugada y su voz que me habla de gambitos de dama, de doppelgängers y de vidas interrumpidas por bombas civilizadas.
Pedimos dos whysky sours, pequeñas obras maestras diseñadas para quienes buscan algo más que un simple trago. Este ritual ya se siente como una tradición nueva, un lujo íntimo que nos regalamos para celebrar nuestro reencuentro en este refugio clandestino, el lugar donde, entre estrategia y risas, descubro la mejor versión de mi hijo, ya convertido en un adulto fascinante.
La Filmoteca y Paris, Texas
La magia de escucharnos
El suave zumbido de la cafetería del Rialto era el fondo perfecto para el silencio cargado de palabras que Travis y yo compartíamos. Bajo el cristal de nuestra mesa, las saetas del gran reloj avanzaban sobre los números romanos con una paciencia infinita, midiendo los latidos de nuestra conversación pendiente. Habíamos salido de la proyección de Paris, Texas con esa sensación de haber desenterrado algo frágil y verdadero y, ahora, entre el tintineo de las tazas, la historia de Harry Dean Stanton parecía habitar el espacio entre nosotros.
Ella, mucho más joven, miraba el reloj bajo el cristal como si las respuestas estuvieran escritas en sus manecillas.
—Es desgarrador —dijo por fin—, cómo alguien puede estar tan roto que lo único que puede hacer es desaparecer para recomponer los pedazos lejos de todo.
Su voz era suave, pero cargada de una intuición que me tomó por sorpresa. Yo había visto la película diez veces, pero ella la estaba sintiendo por primera vez, con una intensidad que me obligaba a replantearme cada escena.
—Él no huye por cobardía —musité, siguiendo el lento viaje de la aguja minutera—. Huye por amor. Es el último acto de cuidado que le queda: alejarse para no seguir dañando. Es como si el desierto de Texas se le hubiera metido dentro.
Al decir esto, miré el edificio a nuestro alrededor: este coloso racionalista que había sido un templo del ocio moderno y ahora era un refugio para historias como esta. Me pregunté cuántas otras conversaciones íntimas y cruciales habrían tenido lugar bajo la misma cúpula de hierro y cristal.
Ella sonrió, un poco triste, y sus ojos se encontraron con los míos.
—Es curioso. Esa obsesión por reconstruir una familia desde los escombros… me parece tan valiente como desesperada.
Noté cómo sus dedos seguían el círculo de números romanos bajo el cristal, como si el tiempo mismo fuera un disco que pudiéramos girar para entender mejor el pasado.
Y allí, en esa mesa con el reloj marcando nuestro diálogo, entre las paredes de un edificio que había visto nacer el cine y ahora lo preservaba, entendí que la magia no estaba solo en la película, sino en este ritual de compartirla. El Rialto, con su historia y su arquitectura, era el escenario perfecto para que dos generaciones diferentes encontraran, en la luz de una pantalla y el rumor de una cafetería, un lenguaje común para hablar de la soledad, el amor y las heridas que nos hacen humanos.
La playa
Cuando la marea retrocede
El escritor pasea por La Patacona junto a la joven venezolana, mientras la brisa salada mezcla el aroma de su perfume con el olor del mar. Él conoce bien la historia de esta playa, cuando solo había casitas de madera y huertas donde ahora se levantan edificios modernos.
Mientras la muchacha habla con su entusiasmo indomable, su mirada se detiene en las huellas que sus pies descalzos dejan en la arena húmeda. Pero el mar las borra de inmediato, como borró las antiguas casitas de verano, aquellas verbenas, aquel mundo sencillo que ya solo existe en fotografías en blanco y negro.
Ella señala el nuevo paseo marítimo, los bloques que sustituyeron a las antiguas edificaciones, y le pregunta por lo que nunca vio. El escritor asiente en silencio, observando cómo las olas siguen limpiando la arena, implacables.
—Así es la vida: construimos sobre lo que fue, enterramos el pasado bajo cemento y progreso. Pero el mar siempre recuerda. Yo recuerdo —le susurra, con una voz que apenas se confunde con las olas.
La joven le toma la mano y comienza a contarle una historia de su país, de su adolescencia en otra playa llamada Yapascua. Su voz está teñida de nostalgia y pesar por la familia y la tierra que dejó atrás, pero late en ella una fuerza irresistible hacia el futuro.
El escritor siente entonces el peso de los años que los separan. Ella pisa arena virgen a cada paso; él pisa recuerdos. Mira su última pisada: sus huellas son efímeras como su juventud. Las suyas, en cambio, parecen grabadas en el tiempo, como las cicatrices de alambre de una playa que ya no existe.
Al final del paseo, cuando llegan al nuevo barrio que ocupa lo que antes fue huerta, comprende que esta playa ya no le pertenece. Le pertenece a ella, a su vitalidad, a su tiempo nuevo. Y sonríe, aceptando que algunas mareas, cuando retroceden, se llevan pedazos enteros de la vida.
El Kremlin
Violeta se cubre el rostro con su sombrero y, entonces, las ruinas hablan
A pocos pasos de la playa de La Patacona se alza un gigante dormido: las antiguas bodegas Vinival, conocidas como El Kremlin. Sus muros agrietados y sus ventanas vacías guardan el eco de un tiempo en el que fueron símbolo del progreso industrial. Hoy, en su abandono, parecen más bien un espejo de la memoria colectiva: fragmentos de fracaso, historia y fascinación que se entrelazan como las capas ocultas de una ciudad.
La escritora ambientalista Rebecca Solnit decía que las ruinas son el inconsciente urbano. Y es verdad: en su silencio, estas bodegas nos hablan de lo que fuimos y de lo que tememos ser. Ese magnetismo por lo decadente —el ruin lust que ya inspiró a artistas del siglo XVIII— encuentra aquí un escenario perfecto: un coloso que espera su destino.
El plan ya existe. Administraciones y urbanistas imaginan sobre estas ruinas un ecobarrio: viviendas sostenibles, calles para peatones, equipamientos públicos y la rehabilitación de las bodegas como corazón cultural. La promesa es clara: tejer una nueva identidad para La Patacona, un barrio vivo que respire con autonomía.
Pero entre los vecinos la ilusión tropieza con la duda. ¿Serán realmente públicas esas instalaciones o terminarán transformadas en un hotel, un centro comercial más? La paradoja es evidente: salvar la ruina del olvido implica integrarla en la economía, y eso amenaza con diluir su condición alegórica, esa advertencia muda de que todo esplendor acaba desmoronándose.
Para los artistas, sin embargo, lugares como Vinival son lienzos abiertos. Allí donde la lógica productiva se detiene, florece la mirada subjetiva: una fotografía, una película, un relato. No es casual que alguien imagine a Violeta caminando entre los escombros, con el rostro cubierto para ocultar la pena, contándole a su escritor la ruina en la que se ha convertido su vida, lo que perdió, lo que aún teme no recuperar.
Las bodegas Vinival son, en definitiva, mucho más que un edificio abandonado. Son un recordatorio palpable de que hasta lo más grandioso puede desvanecerse… y también una promesa de que, con la mirada adecuada, toda ruina puede renacer.
La Fábrica de Hielo
Canciones para deshelar la indiferencia
Entro en la Fábrica de Hielo y me recibe el eco de un pasado que todavía respira en las paredes. La nave conserva la rudeza de sus tiempos de trabajo, cuando aquí se producía el frío que mantenía vivo al barrio. Hoy, en cambio, el aire se llena de música.
Daniela, la pianista de rastas rubias que cuando toca el hang se hace llamar Libuše, se coloca en medio del espacio con su traje mil rayas azul acero. El contraste es perfecto: la ligereza de sus notas parece acariciar la dureza industrial de la nave, como si quisiera reconciliarla con la vida.
Mientras la escucho, pienso que esta fábrica es un diamante en bruto, un lugar que muchos comparan con rincones de Berlín o el Vnitroblock, en Praga, pero que en realidad pertenece solo al Cabanyal. Aquí late la memoria pesquera de Valencia, la de un barrio que durante décadas sostuvo la ciudad desde la sombra.
Daniela, la muchacha que adivina el pasado y comprende el futuro, es exactamente la misma persona que mi hijo Daniel. Por un momento, se separa de su piano y se dirige al auditorio para presentarnos a una cantante palestina, nacida en el campo de refugiados de Rashidieh. Ella interpreta la canción de Rim Banna en homenaje a Fares Oude, y de pronto la nave parece transformarse: ya no es solo un edificio recuperado, sino un escenario donde las voces del mundo encuentran refugio.
Me sorprendo emocionado. No sé si es el timbre de la voz de la joven palestina, o la memoria que arrastra, pero siento que la fábrica misma se estremece conmigo.
Miro a mi alrededor: las luces modernas realzan la estructura sin borrar su esencia industrial. Colectivos enamorados del lugar han hecho posible este renacimiento, aunque aún queda camino por recorrer para que las instituciones lo protejan como merece.
En este instante, sin embargo, la Fábrica no es un proyecto ni un debate. Es pura vida. Un corazón helado que ha vuelto a latir, un espacio donde el pasado y el futuro se dan la mano, igual que yo me reconcilio con la voz de mi hijo a través de esta música.
Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
Al intentar reconstruir la vida de una pintora fallecida en extrañas circunstancias, el periodista Gonzalo Quesada se involucra en la búsqueda de un cuadro que esconde las claves de un mundo de corrupción en el que se entrecruzan los anhelos frustrados de diferentes personajes.
Lo que usted tendría que escribir es lo que pasó en la Cárcel de Mujeres, porque eso no lo escribirá nadie.
A una muchacha, de dieciocho años, es decir que tenía quince al empezar la guerra (¿qué podía saber de la vida o de política?) la mataron porque se había vestido con mono. Las monjas de la cárcel le decían:
– No te van a matar.
Cantaba muy bien y la mañana que se la llevaron, para fusilarla, le hicieron cantar el Ave María. ¡Qué Ave María les hubiera cantado yo!
En la Cárcel de Mujeres, en la Dirección de Policía: a latigazos, sí, a las mujeres. Sangrando. Les arrancaban las pestañas, los dientes, las uñas. A una, muerta de hambre, le dieron de comer puro bacalao; estaba sentada en una silla, atada, y luego le pusieron, en una mesa, delante, un jarro de agua. Y luego un litro de aceite de ricino. ¿Me entiende? Un litro. Y después, de una patada, la silla, a tierra. Yo sé que eso se ha hecho en toda partes. Yo le hablo de Valencia, donde yo estaba. Pero en los pueblos pasó lo mismo o peor; meses, años. En Benaguacil, pasearon a todos los detenidos por el pueblo -eso lo hacían en todas partes-, y, en la plaza del pueblo, los fusilaron, como lo habían hecho en la plaza del Torico, en Teruel. Y, como allí, echaron los cadáveres a un lado y obligaron a todos los demás, a los del pueblo, a bailar la jota sobre la sangre todavía derramada. Es posible que alguno lo hiciera a gusto.
Pasará el tiempo que pasará. Cómo pasará, eso nadie lo sabe; pero lo evidente, lo que nadie podrá ocultar, olvidar ni borrar es que se mató porque sí. Es decir, porque fulano le tenía ganas a mengano, con razón o sin ella. Ese es otro problema. Pero allá, del otro lado, y aquí, cuando entraron, mataron a sabiendas de quién mandaba. Se mataba con y por orden, con listas bien establecidas, medidas. En el último año de la guerra nosotros no fusilamos a nadie. Ellos, después de la guerra siguieron matando como al principio. Esa es la diferencia, señor.
Hoy ya se ha olvidado mucho, dentro de poco se habrá olvidado todo. Claro está que, a pesar de todo, queda siempre algo en el aire. Como con los carlistas, pero eso aún fue ayer. Antes debió de pasar lo mismo, y pisamos la misma tierra. Yo creo que la tierra está hecha del polvo de los muertos.
Claro que queda el otro mundo, y hablando de él le tengo que contar lo de la Virgen de los Desamparados, la famosa historia de la Virgen de los Desamparados. Al principio de la guerra el alcalde, republicano, claro está, la mandó sacar de su camarín, y la puso en la biblioteca del Ayuntamiento. Le aseguro que no le faltaba nada, absolutamente nada. Intacta. Lo sé porque una amiga mía era la encargada de quitarle el polvo. No le faltó nada hasta el día que entraron ellos. Luego dijeron que le habían robado la corona y que tenía un rayón en la cara. Y la llamaron «La Mutilada» y la condecoraron. Y se hizo un llamamiento para que todo el mundo entregara joyas o dinero para hacerle una corona nueva, y se la hicieron. A mí me gustaría saber quién tiene la antigua, la de verdad. Le aseguro que no es ninguno de nosotros.
Ya sé que me cree porque usted fue amigo del doctor Peset, al que tardaron más de un año en fusilar porque fue rector de la universidad. Tampoco creía él que le iban a matar, igual que Manuel. Fíjese por qué cargos mataban a uno… Y él pudo haberse marchado, Negrín se lo quiso llevar. No se quería ir sin su hijo. Y luego:
– ¿A mí por qué me han de hacer algo?
Y era un hombre bueno como ya no los hay. Y un sabio, un sabio de verdad. Luego la gente come y se olvida… Yo no, tal vez porque aquello me cogió ya vieja. Y lo que le he dicho de esa niña de Alcira, la que cantaba tan bien, la que les cantó el Ave María a las monjas antes de que la fusilaran… Se llamaba Amparo, como la Virgen. Era mi hija.
Max Aub, Campo de los almendros
LITERATURA CONTEMPORÁNEA
José Luis Tomás
Por escrito
Descarga gratis la novela
Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
Una historia de misterio, arte y corrupción que recorre las sombras de Praga. Suscríbete y empieza a leer hoy mismo.
Rellena el formulario para recibir el libro
👉


