Los lugares

De la parte de allá del horizonte

 

Esta historia se cuenta en dos tiempos y en dos lugares, como si fueran espejos que se buscan hasta confundirse. Al final, todas esas vidas son una sola: la del escritor que trata de descifrar su futuro leyendo las grietas de su pasado.

De un lado está la guerra civil española, con su derrota y su exilio. De otro, este presente que nunca podrá entenderse sin mirar atrás. Los escenarios se entrelazan: la Valencia republicana, vibrante y herida, y la de hoy, que a menudo camina sobre el asfalto del olvido; La Habana de entonces, donde la vida brotaba esperanzada de cada esquina, y la de ahora, que aún late, aunque con una tristeza que busca disfrazarse de esperanza.

En La Habana, el pasado fue un espejismo de prosperidad reservada para unos pocos, pero también un canto inagotable de olas y de vida. Hoy, otro espejismo la cubre: calles tristes donde aún resuena la alegría, aunque empañada; muros que alguien, con una pintada, intenta convertir en clave, como si el grafiti pudiera explicar lo incomprensible: que ilusión y esperanza no siempre significan lo mismo.

La Habana

Historia de un sueño y de un despertar

La Habana Vieja

Centro Habana

El Vedado

Miramar

El otro lado de la bahía

Sitios

En La Habana que recorremos en esta historia, los tiempos se superponen como capas de pintura en un viejo muro: distintas, pero inseparables. Basta caminar por sus calles para descubrir que los años cuarenta siguen latiendo en la ciudad de hoy, aunque a un ojo extranjero parezcan mundos diferentes.

Buscar la huella de aquellos días no es sencillo. A veces parece que todo se ha borrado, y, sin embargo, ahí está: presente en su ausencia. Quizá solo los ojos de un babalao puedan comprenderlo del todo, porque los lugares no son solo coordenadas; son las memorias que guardan, las vidas que los cruzaron, los ecos que se quedaron a vivir en ellos.

El Hotel Nacional, el Habana Libre, el Telégrafo, el Sloppy Joe’s, el Malecón, la Plaza Vieja, Doña Eutimia, el Submarino Amarillo, la Universidad de La Habana, la Fábrica de Arte Cubano, la Cooperativa Fotográfica… ninguno pertenece a un mapa fijo. Sus localizaciones viajan en la memoria de quienes los vivieron. Y quizá esa sea la verdadera Habana: un territorio hecho de recuerdos compartidos, donde el ayer y el ahora caminan juntos.

Hotel Nacional

Fillo frente al Hotel

En lo alto de una colina de El Vedado, el Hotel Nacional de Cuba mira al mar desde 1930. Su silueta, mezcla de estilos y memorias, se levanta como un palacio detenido en el tiempo. Construido en un suspiro, fue símbolo de lujo y promesa para el turismo estadounidense. Desde sus salones dorados hasta sus terrazas abiertas al malecón, el hotel siempre supo cómo encandilar.

Pero no todos los que lo miran sienten lo mismo.

Es 1939. El sol cae sobre La Habana y Fillo contempla el hotel desde la valla que circunda el recinto. En su mano sostiene una maleta de pobre, casi vacía, y en sus ojos se refleja el peso de una derrota. Tras la guerra civil, ha regresado a una tierra que ya no reconoce. Siente que aún está allá, en la playa francesa, atrapado en un espejismo que no termina, pero intenta pensar que el sueño es este hotel brillante y ajeno, tan cerca y tan imposible.

El portero se quita el sombrero para saludar con ceremonia a los nuevos huéspedes —estadounidenses en su mayoría—, ricos, seguros, dueños de todo cuanto pisan. Fillo observa. Él no posee nada; ni siquiera su regreso le pertenece. Está de prestado en su propio país, una sombra en la tierra que había olvidado. Nadie le recuerda, y en esta isla donde el viento huele a mar y el anochecer cae en un suspiro, donde las mujeres te dan la vuelta antes de mirar, nada parece ya suyo. Dentro de unos meses será uno más, pero ahora, cualquier valla es una alambrada para él.

El edificio, ajeno a todo, sigue su curso de leyenda. En 1933 resistió un asedio sangriento; años después, en los 40 y 50, fue cuartel de la mafia estadounidense. Allí, en 1946, la famosa conferencia selló pactos que decidirían fortunas y destinos. Por sus pasillos desfilaron Frank Sinatra, Ava Gardner, Ernest Hemingway, Rita Hayworth, Winston Churchill, dejando tras de sí un rastro de humo, glamour y secretos.

Mientras el hotel acumula historias, los días de Fillo se disuelven en la nada. El lujo y la miseria, frente a frente, separados apenas por aquella alambrada de Saint-Cyprien.

El Hotel Nacional sigue siendo un espejo de Cuba: por un lado, esplendor, memoria y resistencia; por el otro, los cubanos que lo miran desde afuera, sintiendo que esa grandeza nunca les incluirá.

Entre ambos mundos, una valla que no solo separa un jardín de una acera, sino dos formas de existir en una misma isla, donde la historia y el olvido duermen, todavía, pared con pared.

Hotel Habana Libre

El eco de una voz ausente

El escritor cruza el umbral de la suite Castellana como quien busca el eco de una voz ausente. No le importa que el hotel ni siquiera existiera cuando su padre dejó la isla para siempre. Se mueve por la estancia como si así pudiera tocar aquel pasado, convencido de que en cada rincón respira algo de la vida que su padre nunca le contó. Siente que, en este viaje lo acompaña, silencioso, como si lo aguardara entre las paredes de la suite.

Se acerca al viejo escritorio donde tantas veces Fidel se sentó a imaginar futuros capaces de transformar un país ultrajado por los yumas y sus esbirros. El escritor apoya las manos sobre la madera desgastada y cierra los ojos para comprender la soledad de su padre: un vaso roto contra el suelo, gritos ahogados en alcohol, la sombra espesa de la amargura. No puede imaginar su rostro, tampoco el de Fidel, pero entiende que ambos, su padre y el revolucionario, fueron el mismo hombre, la misma idea.

Al salir de la suite, el hotel entero parece hablarle de ausencias y de cambios. El escritor sabe que hay vacíos que nunca se llenan, pero en ese cuarto, aunque solo sea por un instante, el pasado y el presente se tocan. Y en ese roce, la historia —la de su padre y la de su país— parece latir, viva, al alcance de la mano.

Sloppy Joe’s

Fantasmas en la barra de caoba

Ochenta y cinco años después, entra en aquel bar del que tantas historias escuchó de niño.

No lo puede creer: el Sloppy Joe sigue ahí, igual que en los relatos de sus padres. La interminable barra de caoba, los afiches en las vidrieras, los cientos de botellas de los más diversos alcoholes decorando cada pared… Todo parece detenido en el tiempo.

Nació en 1918, cuando un emigrante español decidió abrir una humilde bodega en la esquina de Zulueta y Amistad. Al principio, el lugar era mal visto por su suciedad, y fue precisamente ese aire desaliñado el que le dio su nombre: Sloppy. Pero pronto el bar cambió: una gran barra de dieciocho metros, vitrinas repletas de botellas venidas de todos los rincones del mundo y un ambiente cada vez más animado lo transformaron en templo para clientes ávidos de conversación y exotismo.

Allí se cruzaban Hemingway con su amigo Joe Russell, actores como Clark Gable o Spencer Tracy, y boxeadores que buscaban descanso entre luces de neón y risas. En los años cuarenta y cincuenta, el Sloppy Joe fue el corazón palpitante de una Habana que brillaba de noche, mezcla de lujo, política y diversión. Su fama alcanzó la pantalla grande cuando, en 1959, fue escenario de la película Nuestro hombre en La Habana.

El escritor observa ahora todo aquello con un nudo en la garganta. En el espejo cree ver el reflejo de Sonia, sentada en un taburete junto a una de las columnas de madera. Lleva un vestido negro, elegante, y una sonrisa satisfecha que ignora el porvenir. Tampoco puede imaginar a Fillo, tímido y cohibido, cruzando por primera vez esa puerta sin saber que aquel bar sería su refugio, el lugar donde trataría de olvidar las alambradas de una playa lejana.

La historia siguió su curso. Con la desaparición del turismo norteamericano, el Sloppy Joe cayó en decadencia. En 1968 fue nacionalizado y más tarde cerrado. Durante décadas, permaneció dormido, como un fantasma en el corazón de La Habana.

Hoy resucita con el esfuerzo de quienes se empeñaron en devolverle su espíritu. La barra se reconstruyó a partir de un fragmento guardado en el Museo del Ron; las lámparas vuelven a brillar sobre el mármol, el aire acondicionado reemplaza el soplo cálido de los viejos ventiladores, y los cócteles, más sofisticados, intentan revivir el sabor de las noches que parecían eternas.

Pero no sabemos si el Sloppy Joe recuperará el esplendor de otro tiempo, o si permanecerá como un eco, hermoso y frágil, de lo que una vez fue.

Doña Eutimia

Sombras, guisos y murmullos en La Habana Vieja

El Paladar Doña Eutimia conserva el alma de La Habana Vieja, donde las piedras del Callejón del Chorro repican el eco de pasos antiguos, risas desgranadas y el aroma persistente de una cocina que nació para contar historias. Allí, junto a la Plaza de la Catedral, el tiempo parece soltarse del reloj: se posa en las mesas, se mece en la voz de los comensales, se disuelve entre el tintinear de vasos y el olor del guiso que reconcilia a los cuerpos con la memoria.

Nacido en un antiguo taller de herrería y escultura, el lugar conserva esa alma de oficio en cada detalle: vajillas creadas por artistas, menús en papel rugoso, luces que acarician las paredes con la paciencia de quien forja un recuerdo. En la terraza, el aire se mezcla con el humo de los frijoles y la ropa vieja, mientras la brisa del mediodía hace temblar los manteles como si respiraran.

Allí, bajo ese sol que cae oblicuo sobre las persianas, Mariam habla. Su voz, dulzona por los daiquirís, desgrana nombres y nostalgias: la negrita que se llamaba Blanquita, las cartas de Fillo que hicieron suspirar a Sonia, el amor roto de su madre con aquel gallego, el de su padre con Lisandra, “la de la piel más blanca que el alma”. Las palabras de Mariam flotan entre los olores y las risas, y el escritor, frente a ella, las escucha apenas: su mirada se ha quedado prendida en la mesa de al lado, donde dos hombres vascos bromean con dos muchachas cubanas, a las que con seguridad les triplican la edad.

Uno de ellos se inclina, le murmura algo al oído a su acompañante y posa la mano sobre su muslo. Ella ríe, viva como una chispa, y con un giro de muñeca y una sonrisa atrevida le dice: “Aquí no, papito”. En ese gesto cabe una isla entera. Al escritor lo atraviesa una punzada: piensa en Violeta y en los años que los separan, en el espejo desleal que le tiende aquel hombre. Por un instante, deja de oír la voz de su hermana y tan solo escucha, en su cabeza, a la venezolana hablándole de Yapascua y de su padre, allá en el Petare.

Mariam le da un pellizco en la mano, como si así pudiera devolverlo al presente.

—¿Sabes? —le dice— Eutimia fue vecina de este callejón; cocinaba para los artistas del Taller de Gráfica. La recuerdan por su sazón y por esa manera de alimentar el cuerpo con ternura. Y es su espíritu —añade Mariam— el que sigue respirando en cada plato que llega a la mesa: como quien sirve un recuerdo y lo ofrece para que no se pierda.

La palabra paladar completa la historia. En Cuba, así se llaman los restaurantes familiares, y el término —nacido de una telenovela brasileña llamada Vale Todo— se quedó en el habla popular como un emblema de sabor y resistencia. Desde entonces, cada paladar guarda la promesa de un hogar reinventado: el sueño de quien cocina, la memoria de quien prueba, el rumor de una ciudad que sigue latiendo entre la nostalgia y el humo dulce del sofrito.

La Universidad de La Habana

El abrazo invisible del Alma Mater


Desde la Loma de Aróstegui, junto a El Vedado, la Universidad se alza como un símbolo del conocimiento cubano. Fundada en 1728 en el antiguo convento de San Juan de Letrán, fue el primer espacio donde florecieron las letras, las leyes y la medicina de la isla. En 1902 se trasladó a su emplazamiento actual. Sus columnas neoclásicas y su escalinata monumental la convirtieron en un santuario del saber, frecuentado por generaciones que soñaron con un país nuevo.

En lo alto de esa escalinata espera una figura que todos reconocen: el Alma Mater. Con los brazos abiertos, observa el ir y venir de los estudiantes, como si ofreciera cobijo y consejo. Pocos saben que el rostro de esa mujer pertenece a una muchacha real, una habanera de dieciséis años llamada Feliciana Villalón y Wilson.

Su historia comenzó en 1919, cuando el escultor checo Mario Joseph Korbel buscaba el modelo ideal para representar la sabiduría. En la casa del ingeniero José Ramón Villalón, patriota y profesor universitario, conoció a sus hijas. Iba en busca de la más bella, pero fue otra la que lo deslumbró. Feliciana, a quien llamaban Chana, tenía una expresión dulce, maternal, y Korbel supo enseguida que aquel rostro daría alma a su obra.

La joven posó solo una vez, sin sospechar que su imagen quedaría fundida en bronce. El cuerpo, más maduro, fue modelado a partir de otra mujer cubana, cuyo nombre se perdió en el tiempo. La escultura viajó a Nueva York para su fundición y regresó a Cuba en 1920. Finalmente, en 1927, fue colocada en lo alto de la colina universitaria, donde todavía hoy parece vigilar desde la sabiduría del silencio.

Feliciana vivió muchos años más y nunca buscó fama. Tal vez no imaginó que su rostro acogería, por más de un siglo, a miles de jóvenes que suben los ochenta y ocho peldaños de la Universidad con la misma esperanza de siempre: aprender, soñar y construir el futuro de Cuba.

El escritor apoya la mano en el pedestal de la escultura. En ese instante siente la presencia de su padre junto a él. Por primera vez comprende que no hacía falta viajar hasta su tierra para encontrarlo: siempre estuvo con él.

Desde lo alto, Fillo —como un orisha protector— lo ve descender la escalinata, tan perdido como él mismo se sintió al volver a su isla tras la guerra. El Alma Mater, eterna y callada, mantiene su abrazo abierto, como si en su bronce pudiera guardar todas las historias y todos los regresos.

Cementerio de Colón

Flores dormidas

La tarde cae sobre La Habana cuando el escritor cruza la Puerta de la Paz del Cementerio de Colón. A su lado camina un policía de uniforme impecable y rostro sereno, custodio revolucionario del recinto y sus historias. No es un simple vigilante: señala los senderos, narra los orígenes del cementerio, el diseño de sus avenidas, el valor de sus esculturas de Carrara y el silencio solemne de cada mausoleo, como si las piedras mismas le confiaron sus secretos. Juntos avanzan entre panteones, cruzan la gran avenida y el policía, con voz baja pero firme, revela:

—Aquí yacen presidentes, poetas, mártires…, pero es La Milagrosa quien recibe más devoción que cualquier otro.

La confesión del guía despierta algo en el escritor: el recuerdo de sus abuelos peregrinando hasta aquella tumba en busca de la esperanza que la vida negaba. Desesperados por no poder tener hijos, suplicaron ante la escultura blanca y, contra toda lógica, acabaron formando una familia de ocho. Años después, Hortensia, la amiga de su madre, también llegó hasta la tumba después de escuchar la historia y repitió el ritual: flores frescas, una promesa en voz baja, y la convicción de que el milagro podía repetirse.

Fascinados, recorren juntos las tumbas emblemáticas. El policía se detiene ante la galería donde reposa Calixto de Loira, arquitecto fundador y primer huésped inmortal del camposanto; narra el destino de los ocho estudiantes de medicina fusilados en 1871, la grandeza silente de la capilla bizantina y la tumba insólita del hombre enterrado de pie, Eugenio Rodríguez Carta. Cada parada es una lección de historia y humanidad, en la que la pasión y la dignidad revolucionarias tiñen los recuerdos con un color inconfundible.

Al llegar frente a la tumba de La Milagrosa, la multitud de flores transmite la fe callada de toda una ciudad. El policía baja la voz y cuenta la historia de Amelia, de su esposo que nunca le dio la espalda ni en la muerte, y de la multitud que sigue el rito, golpeando la losa como un conjuro ancestral. El escritor se deja arrastrar por la devoción colectiva, toca él también la aldaba y siente, por un instante, cómo un hilo invisible une su vida con la de quienes vinieron antes. Piensa en sus abuelos y en tantos otros que, ante la adversidad, buscaron en el mármol blanco la certeza de una esperanza.

La visita concluye con los últimos rayos del atardecer dorando las esculturas. El escritor, agradecido, busca en su bolsillo algo de dinero y lo extiende al policía en señal de gratitud por su tiempo y sus relatos. El hombre lo mira, lleva la mano a la visera de su gorra y, con una sonrisa discreta, le responde:

—La Revolución solo cobra por lo que le deben, nunca por lo que da.

El escritor comprende, entonces, que el valor más grande ofrecido en el Cementerio de Colón no está solo en la belleza de las tumbas ni en la memoria de los héroes, sino en la generosidad callada que sobrevive entre los vivos y los muertos. Se despide con el corazón lleno de historias, mientras la ciudad, afuera, sigue creyendo en milagros cotidianos.

La Fábrica de Arte Cubano

La certeza de que vendrás: relatos bajo una chimenea en El Vedado

 

Bajo la alta chimenea de El Vedado, la noche habanera respira arte y memoria. El escritor avanza con paso lento, casi reverencial, por las naves de la Fábrica de Arte Cubano, ese laboratorio creativo nacido de una antigua fábrica de aceite, donde el tiempo parece oscilar entre el ayer y el ahora. A su lado camina Lester, el mecánico de máquinas siderales—amigo, cómplice y guía en este viaje sensorial.

Lo primero que lo detiene es un lienzo de fondo negro. Las letras blancas, manuscritas y vibrantes, parecen temblar en el aire: Pintar con la certeza de que vendrás. El escritor siente un estremecimiento. Esas palabras resuenan con un eco íntimo, idéntico a la frase con la que dedicó su novela a Violeta: Escribir con la certeza de que vendrás. ¿Será superposición cuántica —el milagro de dos ideas coincidiendo en universos paralelos— o es, simplemente, magia? Aquí todo parece posible.

Las paredes, iluminadas por cajas que interpretan el mítico maletín de Pulp Fiction, lanzan destellos de misterio. Lester, con su energía contagiosa, exclama: “¡Tremenda bomba!” Y el escritor intuye, de repente y con total certeza, que el botero es un amigo para toda la vida.

Siguen avanzando. En otro extremo, un lienzo repite incesantemente la palabra democracia, cada vez en una grafía fonética diferente. Su amigo le pregunta, casi en voz baja: ¿bloqueo o secuestro? Entre la pregunta y el arte, se abre un abismo de interpretaciones.

De pronto, una figura bordada emerge de un gran tondo de tela: una muchacha de rastas rubias y ojos violetas, vestida con camiseta lila y un sagrado corazón ensangrentado en el pecho. Bajo ella, una frase bordada con hilo negro grita su propio desorden: Me desordeno amor, me desordeno.

La Fábrica no es solo un refugio para la creación; es un puente vivo entre historias personales y sueños colectivos. El escritor y Lester, en su deambular nocturno, descubren que en la FAC cada uno es protagonista de un relato cruzado, donde los silencios también cuentan y los ojos del arte todo lo ven. Y así, bajo la promesa de reencuentros y la nostalgia de lo perdido, ambos siguen explorando, seguros de que al final, en La Habana más auténtica, todos regresan al arte como quien vuelve a casa.

El parque de John Lennon y El Submarino Amarillo

Dirás que soy un soñador…

La tarde se desliza lenta sobre El Vedado, dorando los árboles del viejo parque de John Lennon. Caminamos entre risas, los pasos hundiéndose en la grava como si siguiéramos el ritmo de alguna canción recién apagada. Hortensia señala los bancos, las farolas bizcas, los recuerdos que parecen flotar en el aire cálido. Lester tararea Imagine, y yo, con mi Moleskine en el bolsillo, me siento más cronista que turista.

En el centro del parque, bajo la sombra suave de una ceiba, nos espera John Lennon, inmóvil, con sus espejuelos de bronce y su mirada paciente. Unas flores aún frescas descansan en su regazo. No puedo evitar la pregunta:

—¿Pero los escarabajos no estaban prohibidos en Cuba?

Hortensia se vuelve hacia mí y me sonríe con esa mezcla de ternura y cansancio que quizá nace de quien ha vivido muchas batallas. Me responde con una voz muy suave, como si compartiera un secreto con el propio Lennon:

—La hierba siempre crece, por mucho que la quieras cortar. El problema es que desde la trinchera lo único que se ve es al enemigo.

Sus palabras se quedan flotando, como una nota sin resolver. A los pies de la escultura, sobre el verso grabado de su canción; Dirás que soy un soñador, pero no soy el único; Hortensia abraza a Lester con tal delicadeza que las farolas del parque dejan de parpadear.

Cruzamos la calle y descendemos por las escaleras que llevan a El Submarino Amarillo. Adentro, el azul cobalto lo envuelve todo; las paredes respiran carátulas, acordes, viejos sueños. Un grupo interpreta Come Together, y el público, compuesto en su mayoría por gente muy joven, sigue el ritmo con espíritu. Mezclado con ellos, siento que el parque y el club son la misma historia contada de dos maneras: una en silencio y otra a gritos.

Cuando salimos del club la noche habanera sigue ardiendo en murmullos. Lennon, desde su banco, parece escuchar esa música que nunca se extinguió, la de los que, incluso tras el ruido y las prohibiciones, siguen creyendo que imaginar no era un delito.

2+2=5?

Trazos de fuga: La Habana en spray

La noche de La Habana late con ese pulso secreto que solo conocen quienes recorren sus calles cuando el reloj parece detenido. El escritor y Lester avanzan con pasos medidos hasta el fondo de un zaguán oscuro, donde la penumbra dibuja la silueta de un hombre flaco y nervioso: Fabián López, 2 + 2 = 5. Sus manos, manchadas de pintura, les entregan dos botes de spray. Con voz baja, les da instrucciones precisas: un encapuchado grande, mirada dura, sombras que le roben el rostro… el Supermalo.

Fabián no es un grafitero cualquiera. Dejó los estudios tras el bachillerato y, aunque aprendió el oficio de plomero, nunca se dejó atrapar por ese destino: su universo encuentra sentido en los muros descascarados, en los tubos vacíos de spray y en esta Habana que vibra al ritmo de su skate. Bautizó su nombre artístico en la adolescencia, como un gesto de rebeldía: 2 + 2 = 5, porque nada en la vida es perfecto, ni siquiera las matemáticas. Inspirado por grandes del arte urbano, Fabián plasma en sus obras la crudeza del asfalto y un lenguaje visual que entiende cualquier cubano. Su alter ego, el Supermalo, es el rostro encapuchado que se niega a callar ante la pobreza o la censura, aunque sepa que su arte durará apenas un suspiro.

El primer trazo quiebra el silencio. El muro parece respirar bajo las líneas improvisadas y, por un instante, la ciudad entera cabe en este acto prohibido. De pronto, las luces de un carro al girar iluminan la pared con un destello súbito. El rostro del Supermalo brilla como si los advirtiera, y todo se precipita: sirenas lejanas, pasos que se aceleran, un aliento de persecución.

El escritor siente cómo la adrenalina se mezcla con el miedo en un vértigo de candela. En un instante recuerda la voz grave de su padre, hablándole de dignidad y de coraje. Comprende que no hay tiempo para pensar ni esconderse: solo queda actuar. Corren, el sonido de las zapatillas golpea los peldaños de la escalera, el latido acelerado marca el compás de la huida.

Los tres se desvanecen tras la puerta abierta por una anciana salvadora, como fantasmas que se borran de su propio lienzo. El grafiti queda atrás, vivo por unos minutos más, una marca de resistencia que desafía la norma. Esta noche, para el escritor y Lester, el Supermalo no es solo un dibujo; es la certeza de que, aun en la oscuridad, siempre hay alguien pintando su verdad.

Cubierta de la novela Vendrá la muerte y tendrá tu rostro, de José Luis Tomás Porta. Novela de thriller literario

Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

 

Al intentar reconstruir la vida de una pintora fallecida en extrañas circunstancias, el periodista Gonzalo Quesada se involucra en la búsqueda de un cuadro que esconde las claves de un mundo de corrupción en el que se entrecruzan los anhelos frustrados de diferentes personajes.

{
Una mujer se ha perdidoConocer el delirio y el polvoSe ha perdido esta bella locuraSu breve cintura debajo de míSe ha perdido mi forma de amarSe ha perdido mi huella en su mar
Veo una luz que vacilaY promete dejarnos a oscurasVeo un perro ladrando a la lunaCon otra figura que recuerda a míVeo más, veo que no me halló, no me hallóVeo más, veo que se perdió
La cobardía es asuntoDe los hombres, no de los amantesLos amores cobardes no llegan a amoresO a historias, se quedan allíNi el recuerdo los puede salvarNi el mejor orador conjugar
{
Una mujer innombrableHuye como una gaviotaY yo rápido seco mis botasBlasfemo una nota y apago el relojQué me tenga cuidado el amor, el amorQue le puedo cantar su canción
Una mujer con sombreroComo un cuadro del viejo ChagallCorrompiéndose al centro del miedoY yo, que no soy bueno, me puse a llorarPero entonces lloraba por míY ahora lloro por verla morirPero entonces lloraba por míY ahora lloro por verla morir

Silvio Rodríguez, Óleo de una mujer con sombrero

LITERATURA CONTEMPORÁNEA

José Luis Tomás

Por escrito

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Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

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Cubierta de la novela Vendrá la muerte y tendrá tu rostro, de José Luis Tomás Porta. Novela de thriller literario

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