Banda sonora
Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
Banda sonora es la música que nos acompaña en casi cada momento de nuestras vidas. Incluso el silencio forma parte de ella. También Vendrá la muerte y tendrá tu rostro tiene su banda sonora, sus melodías y efectos sonoros que acompañan y completan el sentido de algunos de sus pasajes.
Muchas de los temas que se reproducen a continuación tienen su función diegética en el relato; otros simplemente están allí porque eran necesarios para vestir un pensamiento o una sensación; un sentimiento; de alguno de los personajes, más allá de lo narrativo.
Aunque la mayoría de las canciones fueron escogidas en su momento con cuidado de que cumplieran la cronología de la historia, en algunas de ellas ha prevalecido la conexión con el pasaje en las que se insertaban, sin importar que su fecha de creación no coincidiera con el calendario de la novela.
Espero que os gusten y que intentéis escucharlas como una parte más de la lectura.
Se dejaba llevar por ti
Se dejaba llevar por ti
Sabor a mí
El Rey
Eres un canalla
Juntos
Juntos
De algún rincón sale la voz de Paloma San Basilio cantando Juntos y yo le pido a Sara; por favor, vámonos; pero ella se ríe y me arrastra de la mano a la mesa del fondo y el camarero, un hombre mal encarado y renqueante al que llaman el Polvorilla, igual por su mal pronto, acude solícito con su colilla entre los labios a ver qué queremos.
Las simples cosas
Chica de ayer
Principio de incertidumbre
Yo vivo navegando
Les estuvo enseñando el local, decorado con todo tipo de artesanías, pinturas y libros de su país. Acompañando la tarde y la penumbra de allí dentro sonaba la música de Madredeus; Vem; y Gonzalo tomó la mano de Tassia y la apretó despacio tres veces. Ella también calló.
Vem
Vem
A thousand kisses deep
13 sonata no. 3 in c, bwv 1005 - i. adagio
Fast car
—Que diría Joan Manuel. —No pudo menos que seguir la broma Gonzalo, siempre admirado de la capacidad de Ramos para restarle tensión a cualquier situación.
Hoy puede ser un gran día
Shout
Shout
Arriba está la puerta abierta. La campana, supongo. Se oyen voces y música, la radio atrona toda la casa con los Tears for Fears. Nada más entrar alguien baja la música y una muchacha corre descalza hacia Alcides con una gran sonrisa, de un salto se sube a las caderas del hombre y se agarra con las dos manos a su nuca, le da dos sonoros besos, uno en cada mejilla, acompañados de una irrefrenable carcajada; hola papito, hola papito;
Malagueña salerosa
24 calabozos
Eu sei que vou te amar
Poison
Oh mio babbino caro
Nunca el tiempo es perdido
Eternal Flame
Singing'in the rain
La Chanson de Prévert
Boss on the boat
Thake this waltz
Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
Al intentar reconstruir la vida de una pintora fallecida en extrañas circunstancias, el periodista Gonzalo Quesada se involucra en la búsqueda de un cuadro que esconde las claves de un mundo de corrupción en el que se entrecruzan los anhelos frustrados de diferentes personajes.
«La casita que estaba al lado mismo del portal del patio parecía un poco más pequeña y oscura que la nuestra,
pero era seca y tenía, delante de las ventanas, un jardincillo donde apenas resistían unas rositas; pero, en cambio,
florecían allí, generosamente, unas margaritas de tallos muy largos. En la casa vivían tres mujeres solitarias. Una
abuelita ya bastante anciana con su hija viuda, la señora T., a quien la Junta Directiva Territorial le encargó las
visitas de la Daliborka; y la nieta, una muchacha joven y elegante, empleada en la Junta como mi mujer. La madre
y la señora mayor se turnaban en acompañar a los visitantes de la Daliborka a la torre y el calabozo, en cuyas
negras paredes, seguramente mil veces malditas, sólo se veían unos dibujos hechos con la sangre de los prisioneros.
Iban allí muchos visitantes, sobre todo los domingos, y nos pisoteaban el jardín que estaba bajo las ventanas.
Aparte de la hierba y de unos tristes narcisos, teníamos allí un rosal único, de color amarillo. En verano solía trepar
por alrededor del blasón, hasta el lugar en que encontraba el sol y donde creaba una flor bellísima.
Yo tenía muchos problemas con la llave de la enorme puerta de madera de la calle Jifská. Una llave gigantesca.
Pesaba casi un kilo. Era tan voluminosa que la llevaba en la cartera, pero a disgusto. Algunas veces, cuando me
detenía demasiado tiempo en la ciudad, me daba cuenta de que no tenía la llave. Es verdad que al lado del portal
había una campana que servía de timbre, pero ninguna de las tres mujeres durmientes tenía la obligación de
venirme a abrir, especialmente cuando era muy tarde. Y además el timbre era muy anticuado. Se tiraba de una
manga con alambre y delante de la ventana donde dormía la abuela se oía el fuerte tintineo de una campana de
hojalata.
Siempre temía este momento. Y siempre era la abuela quien me venía a abrir. Tenía el sueño más frágil que las
otras dos. Aunque de día nos entendíamos bastante bien, no puedo decir que de noche me recibiera con una cortesía
social. Me reprochaba el hecho de no llevar la llave, me decía que tomaba copas hasta muy tarde y cosas por el
estilo. No digo que no tuviera razón. Era ya muy viejecita y tenía derecho a un poco de mal humor, sobre todo en el
invierno, cuando había que caminar con los pies metidos en la nieve. Eso sí: al día siguiente, yo la saludaba
respetuosamente; pero la abuela fruncía el ceño.
Como esto volvió a pasar varias veces, a mi mujer se le ocurrió una buena idea. Las mujeres suelen tener ideas
bastante a menudo, pero los hombres no somos lo suficientemente agradecidos. Si por la noche no llegaba antes de
cerrar el portal y la llave monstruosa estaba colgada a la entrada de nuestra casa, mi mujer iba a poner la llave
debajo de la ancha puerta, allí donde el margen no llegaba hasta el suelo. Desde la calle la llave no se veía, pero
sólo bastaba con pasar la mano para cogerla. ¡Ya estaba tranquilo!
Los resultados fueron excelentes hasta cierta noche de invierno. Al atardecer comenzaron a volar por el cielo
unos ligeros copitos de nieve que no me preocuparon en absoluto. Pero antes de medianoche estalló una fuerte
tormenta de nieve. Y como la calle Jirská desciende hacia la puerta de la Torre Negra y por la noche esa puerta está
cerrada y sólo permanece abierta una puertecilla lateral donde en otro tiempo había estado la guardia, el viento
barría la nieve de la calle y de los tejados hacia nuestra pared y nuestra puerta. Cuando volví a casa a medianoche
encontré un montón de nieve de un metro de altura; y detrás de él, debajo de la puerta, estaba la maldita llave.
En principio intenté remover la nieve con las manos, pero fue imposible. La nieve estaba seca y se volvía a caer
en el lugar de donde la sacaba. Tampoco logré apartar la nieve con la cartera. Era demasiado blanda. Y la torre de
la catedral dio la medianoche. El címbalo del reloj sonó en el silencio colmado de nieve como cuando en España,
durante la fiesta de Pascua, caminan los monjes cubiertos de capas negras. Con rigidez y mal agüero. Y cuando
pasaron varios minutos, pisé dentro del montón y, aguantando la respiración, tiré del cordón de la campana. La
campana sonó de una manera monstruosa. Siguieron unos momentos de perplejidad. Yo no respiraba. Al cabo de
dos o tres minutos, toqué la campana de nuevo. Esta vez, al cabo de un instante más bien largo, la puerta dio un
crujido y en el cerrojo helado se oyó el estruendo de la llave.
—Qué vergüenza, señor redactor —me acogió la abuela—. Estaba profundamente dormida y me ha costado
despertarme.
Y en seguida volaron detrás de mí unas cuantas frases desagradables, pero yo me apresuré sobre la superficie
cubierta de nieve hacia nuestro portal para no oír sus palabras. La anciana señora no se tranquilizó ni en su casa,
donde desapareció en seguida. Esta vez le pedí perdón en vano. Estuvo inflexible. No le importaban mis palabras.
Ni me escuchaba.
Mi mujer dormía. En el sueño, no oyó la campana. Para disipar sus reproches y disculpar de alguna manera mi
tardanza, empecé a quejarme con vehemencia de lo mucho que se enfadó conmigo la abuela, que había estado tan
colérica como descortés.
Mi mujer me escuchó unos instantes con los ojos desorbitados. Luego acercó una silla para poder sentarse y
rompió en sollozos desconsolados:
—¡Por Dios, qué estás diciendo! ¡Si la abuela está muerta desde ayer, tendida sobre una tabla, en la antesala!
Mira, hay velas encendidas allí.
Así era. A través de la ventanilla de encima de la puerta se entreveía una luz amarilla intermitente. Y reinaba un
silencio sepulcral.
¿Qué podía hacer? Me desnudé y me fui a dormir. Con el sueño entrante, pensé: por algo me extrañó que en un
día de entre semana llevara una chaqueta de fiesta, con lentejuelas negras en las mangas y el cuello. Sólo se la
ponía los domingos, cuando corría a misa a la catedral de San Vito. ¡Y por eso tenía los ojos tan hundidos! ¡Y en
vez de una linterna llevaba una vela encendida!»
Jaroslav Seifert, Toda la belleza del mundo
LITERATURA CONTEMPORÁNEA
José Luis Tomás
Por escrito
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Vendrá la muerte y tendrá tu rostro
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