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Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

En esta historia los libros tienen una presencia importante, casi a la altura de un personaje más. Su aparición aporta, unas veces, un significado más al contexto del pasaje donde se nombran; en otras ocasiones se presentan con una fuerza que los convierte en claves del avance de la narración, y, siempre, se quedan entre el papel como una huella que pueda, en un momento dado, mover al lector a una nueva lectura.

Desde Cuentos para Sara y otras princesas El arte de amargarte la vida, cada uno de ellos pretende aportar un nuevo paso en el interior del mundo que se describe en la obra.

El ojo de la mujer, Gioconda Belli.

En el transcurso de sus creaciones, la poesía de Gioconda Belli va mostrando la maduración de una conciencia de la identidad femenina, feminista en el digno sentido de reacción contra la opresión patriarcal que conlleva esta palabra. Si a ello le sumamos su conocida faceta de luchadora por la libertad e igualdad de los pueblos, completamos un perfil de una fuerza arrolladora que nos arrebata de optimismo e identificación con la poeta.

Que el fragmento de un poema de Gioconda encabece la historia de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, es una declaración de intenciones, un posicionamiento antes de que los hechos que se cuentan en la historia irrumpan ante el lector. 

 

De qué hablamos cuando hablamos de amor, Raymond Carver.

Minimalismo, realismo sucio, son etiquetas que quizá puedan fijar una forma de narrar, de poner en fila todas las palabras que intentan, más allá de contar una historia, provocar una reacción en el interior del lector, imbuirlo en una sensación que traspase cualquier conciencia de verosimilitud.

Raymond Carver consigue, con sus frases cortas y corrientes, empapar al lector de una sensación que socava la estabilidad de aquello en lo que seguramente se sostiene su vida cotidiana. El lector percibe una corriente sumergida en el fondo de las palabras que Carver va alineando como ladrillos sin cemento, el lector se desconcierta porque ante él se está dibujando un mundo completamente verosímil y cercano al suyo (sí, ya sé que en este momento estoy construyendo un lector tipo imaginario y extrapolado de cientos de construcciones anteriores, pero ya sabéis que escribir es inventar) del que, sin apenas dejarse notar hasta que ya te ha mojado los zapatos, rezuma esa sensación de que lo que sucede, lo real aceptado, es, a poco que lo mires fijamente, un suceso inesperado, un mundo que te abre suave una inquietud de lo dislocado. Una contradicción comienza a corroer al lector: aquella que contrapone la normalidad del mundo que se muestra al extrañamiento que conllevan los hechos que suceden en la historia.

Que Gonzalo Quesada esté leyendo a Carver cuando su mujer lo abandona no es ninguna casualidad.

 

Cuentos para Sara y otras princesas, José Luis Tomás Porta.

Este es un libro clave en el desarrollo de la historia. Además de ser un testimonio de lealtad hacia esa época en que todos los deseos parecen eternos, dentro de uno de sus relatos, Sobre lo que tú eres, se encuentran encriptados los datos que llevaran a los protagonistas al desenlace de sus búsquedas.

Lo escribí hace ya demasiados años.  Se trata de un conjunto de relatos cortos que rondan un concepto bastante difuso: el extrañamiento ante las cosas que van aconteciendo en tu vida. Los relatos no parecen tener ninguna relación entre sí, pero ese extrañamiento que comento, volcado en los textos de forma casi automática y sin ningún planteamiento previo, les da una homogeneidad sutil y particular.

Uno de sus relatos, Sobre lo que tú eres, está estrechamente relacionado con la historia de Vendrá la muerte y tendrá tu rostro.

Enciclopedia Historia de la Segunda Guerra Mundial, de Salvat.

Siempre me ha llamado la atención que cuando llega el otoño, allá a mediados de septiembre, recién rota la ilusión del verano, la gente se propone comenzar una cantidad inacotable de actividades nuevas: matricularse en los más variados y dispares cursos y monográficos, que pueden ir desde el tópico e innovador curso de idiomas a una seria y ponderada matrícula en algún grado o máster de esos que al final, eso si logras graduarte, solo sirven para renovar tu círculo de amistades.

Entre estas actividades tienen un papel muy destacado las colecciones de fascículos con las que de una forma perversamente estudiada nos bombardea la publicidad allá por los mediados septiembres.

La mayoría de nosotros, con la vida interrumpida por el recién perdido engañoso verano, necesitamos dotar a nuestros días de nuevos sentidos, nuevos porqués que nos mantengan pegaditos a la rueda. No podemos resistirnos a la aventura de cerrar un ciclo con el inicio de otro en el que podremos culminar nuestra razón de ser completando (y encuadernando) la colección entera de fascículos como si esa fuera la única razón en la que se pueda sustentar nuestra destartalada vida.

La maquinaria del consumo se ha inventado esta perenne compra aplazada que nos mantiene aferrados al fascículo siguiente como si esa fuera la única forma de explicarnos qué estamos haciendo en ese otoño que nos ha caído de sopetón recordándonos que entre lo que fuimos y lo que seremos la única meta solo puede ser completar la colección. Afortunadamente, la mayoría de nosotros no llega al tercer fascículo.

Historia del antiguo Egipto de Jacques Pyrenne. Editorial Océano, 1984.

Hay veces que una sola enciclopedia no es suficiente para engancharte a una rutina que te salve de esa otra rutina en que se puede convertir el dolor, o el abandono. Gonzalo necesitó también de esta dosis de egiptología para superar el vacío del abandono de su mujer.

Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea, Diego Sánchez Meca.

 

En nuestra historia, durante su juventud nocturna, alcohólica e impertinente de bachilleres aspirantes a conocer el mundo, Leví Morteira le habla a Alejandro de Descartes, de Kant, de Cioran, de Wittgenstein, de Fichte, de Berkeley…, todos ellos tratados en sus perfiles de idealismo filosófico y, demos un paso más allá, del solipsismo más irredento.

Solus ipse: Solo yo existo. Solo existe el uno, el que ve, el que se dice y de esta forma puede decir a todo lo demás, porque todo lo que existe, lo hace en en función de ser dicho (creado) por aquel que es, aquel que dice.

Este constructo se puede expresar desde dos posiciones:

a) Uno es el único yo, el único centro de la conciencia.

b) Nada existe aparte de la propia mente, todo lo que vemos (lo que existe) no es más que una proyección de nuestra propia mente.

Los que saben de esto dicen que los principios del solipsismo se encuentran en el sofista pre-socrático Gorgias. Gorgías mantenía este otro trabamentes:

– Nada existe.

– Si algo existiera, no se podría saber nada de él.

– Si acaso se pudiera saber algo de aquello que pudiera existir, este saber no se podría transmitir a otros.

Descartes, muchos siglos después, inauguró el solipsismo epistemológico. Así, descartando con su método excéptico las capas improbables de realidad, llego al único conocimiento irrefutable: cogito ergo sum. De la única cosa que no podía dudar de su existencia era la propia conciencia de su yo.

Tras Descartes, y quizá con otro vaso de ginebra en la mano, Leví Morteira no duda en contarle a Alejandro que Berkeley llegó a sostener que los objetos físicos no existen más allá de la mente de quien los percibe (¿los inventa?), hasta el punto de que un objeto solo existe realmente mientras es observado.

Pero Berkeley (tal y como Descartes cuando llega hasta el fin con su duda metodológica) se refugia en un argumento salvador: una mente suprema (Dios) que nos libra de ese solipsismo radical y nos convierte en seres percibidos: esse es percipi: ser es ser percibido. Los objetos a nuestro alrededor son solo nuestras ideas, ningún objeto sensible existe si no es percibido por nosotros, ni siquiera los cuerpos humanos.

Es la mente la que lo crea todo: nada puede existir si la mente no tiene una imagen de ese algo. Cada una de nuestras percepciones es una idea producida para nosotros por Dios.

Leído lo anterior, y vistas las perversas influencias de Leví Morteira sobre Alejandro, no es extraño que este sea incapaz de aprehender a Sara como un ser individual, independiente, ajeno a lo que imagina y construye su mente, ávida de proyectar en su amada todo aquello que quiere sentir en ella y, a la vez, impotente para descubrir la auténtica esencia de esta como ser humano diferente a él.

Tampoco es extraño que de un cuadro emerja una presencia ambigua o que una voz guíe los gemidos de una pareja.

 

Marcial Lafuente Estefania

Cualquier novela de Marcial Lafuente Estefanía nos sirve para ilustrar la escena en la que Gonzalo visita el domicilio del fallecido al que le está reconstruyendo su vida tal y cómo él hubiera querido que fuera. Aquellas novelitas de 62 páginas estaban en muchas casas en mi infancia. Yo las conocí por mi padre, al igual que aquellas mcarthianas revistas postales, Reader’s Digest, que al parecer han dejado de editarse hace poco. A mis pocos once o doce años me aficioné a leerlas compulsivamente en tardes de abandono y montones de pipas. Después vinieron las novelas de Punto Rojo y de Agente Secreto, creo que leí centenares de ellas. Era la literatura barata apropiada para las indolentes clases trabajadoras, literatura banal y repetitiva que adormecía cualquier atisbo de percepción de la realidad opresora a la que nos sometía la dictadura franquista. Pero, incluso por debajo de los muñones de esas historias capadas, florecían de vez en cuando destellos de resistencia.

Muerte de Manolete, Revista El Ruedo, septiembre de 1947.

Don Salvador colecciona con devoción las revistas de El Ruego. Cuando Gonzalo llega a su casa, le encuentra hojeando por enésima vez el ejemplar publicado en septiembre de 1947, dedicado a la muerte y entierro del torero Manolete. El toreo ha sido la primera, pero no la única, pasión en la vida del anciano. Siendo muy joven abandono la seguridad del poder y riqueza de la familia para intentar triunfar como matador. Quizá este fue su primer fracaso, el primero de muchos más. Ahora el anciano intenta recuperar aquellos recuerdos, sabiendo, en el fondo, que un recuerdo nunca puede restaurar aquello vivido.

Este es un fragmento de la crónica que se podía leer en aquel número de El Ruedo:

“La muerte de Manolete, víctima de un toro Miura en la Plaza de Linares, ha conmovido, con los acentos de una catástrofe, el alma española. En el hecho tremendo de esta vida joven, que cae destrozada en un ambiente de fiesta, de alegría y de pasión, se dan las dimensiones de la leyenda, el sentido de lo maravilloso. Todo en Manolete —en su vida y en su muerte— tiene carácter de fábula, casi de irrealidad”.

De alguna manera, la figura de don Salvador remite a aquella España del señorito latifundista, a la España del hambre e incultura de la que se aprovechaban las clases dominantes, las familias que desde siempre habían manejado los resortes del poder disfrazándose de benefactores y prohombres de la sociedad. La hipocresía, cuando no la simple falacia, los convertía en gente de bien, gente de orden cumplidora, solo en apariencia, de sus obligaciones morales y religiosas.

Don Salvador pertenecía a esa clase, aunque se le pudiera aplicar un calificativo muy corriente por aquellas épocas: era la “oveja negra” de su familia.

Toda la belleza del mundo, Jaroslav Seifert

La ciudad de Praga tiene un protagonismo primordial en nuestra historia. Praga es un nombre más que surge entre los juegos de amor de una pareja casi adolescente. Pronunciar su nombre es pronunciar un futuro, un destino en el que se cumplirá todo aquello que Sara y Alejandro sueñan: la certeza de que aquello que viven permanecerá. Praga es el mito renacentista de la Arcadia: una seguridad de que las cosas que ellos viven no se desvanecerán al segundo siguiente, por mucho que en su interior ambos sientan que los sueños se desvanecen al momento de ser pensados.

En la trama Praga es destino y esperanza. La ciudad está reconstruida a través de mi propia memoria y vestida con el envolvente relato que de su historia y leyendas hace el escritor Jaroslav Seifert, transmitiendo el profundo espíritu de aquella ciudad

Milena, Margarete Buber-Neumann, Tusquets editores.

El relato de Margarete Buber-Neumann es una historia de simbiosis, de solidaridad, de empatía, de amistad, de auténtica unión entre dos personas. Todas esas cosas que Sara buscó durante toda su existencia sin poder encontrar en nadie; al contrario; todo eso que tuvo que inventarse en su interior; su amigo invisible; porque en el mundo exterior era incapaz de penetrar en los seres que amaba o simplemente en aquello que intentaba reflejar en sus pinturas, que quedaban inacabadas o tullidas en retratos sin rostro, en trazos sin forma.

Solo cuando Sara le cuenta a Alejandro la historia de Margarete y Milena, este comprende todo lo que ha sido incapaz de ofrecerle a ella.

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa.

Este libro está sobre mi mesita de noche desde hace muchos años. Es el libro que me acompaña en mis viajes, el que hojeo en las noches de insomnio tratando de descubrir entre sus aforismos el calor de un pensamiento común. Nunca lo he leído completo, ni siquiera he seguido ningún orden, simplemente lo abro al azar y leo los párrafos que tocan hasta que el sueño me recupere. No podría decir lo que he leído y lo que no, ni siquiera si he leído siempre los mismos fragmentos, eso solo una voz tranquila que me susurra el desvelo, que me abraza ligeramente hasta que la tranquilidad suaviza el desconsuelo.

El libro del desasosiego podría ser la voz de Alcides contándote todas esas cosas que tú nunca te has sabido decir.

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.

Llega un momento que Sara tiene que dejar de pintar. Nada de lo que intenta refleja lo que ella necesita reflejar porque todo está contaminado por la convencionalidad, por el lenguaje, por el mercado. En su juventud intentó pintar el retrato de Alejandro, su amor, pero, como ocurre cuando intentas pintar una fruta, era una misión imposible: ningún trazo se correspondía con el rasgo que debería reflejar, porque al segundo siguiente de haber sido trazado, el modelo había devenido diferente a lo pintado. Solo desde la convencionalidad, desde la rendición que supone un acuerdo, se puede reflejar una realidad que no existe más allá de lo que creemos ver, de lo que queremos ver, de lo que imaginamos ver.

Cuando Sara va a descubrir ante Julia el cuadro que acaba de pintar para su galería y que significará un notable éxito en el mercado, esta, con su habitual humor irónico, le pregunta si no le irá a enseñar el retrato de Dorian Gray; Sara le responde que cómo lo ha adivinado. Y, en efecto, este cuadro en el que la pintora consigue reflejar de una forma magistral el drama de su exilio interior, podría funcionar de forma similar al efecto del retrato de Oscar Wilde, pero, en este caso, la corrupción del artista no se mostraba en el cuadro, sino, al revés, en el interior del artista.

Rompetechos, Franciscco Ibáñez.

Gonzalo es una persona con vocación de conocimiento científico. Tiene la necesidad de asegurar su existencia con datos empíricos que confirmen sus pensamientos. Necesita reglas, órdenes que conformen su mundo, pautas, costumbres…, necesita la seguridad del conocimiento.

Paradójica y simbólicamente, padece una extrema miopía que le obliga a llevar gafas para percibir su entorno. El periodista, aquel que tiene que comunicar la realidad a los demás, no ve tres en un burro. Esta incapacidad de ver funciona tanto física como emotivamente. Será su autoimpuesta tarea de indagar (ver) en la vida de seres ajenos para reconstruirla, lo que le llevará a una visión plena de lo que le rodea.

Hansel y Gretel, J. W. Grimm.

El piso de Alcides en pleno barrio chino se asemeja a una excéntrica representación de aquella casita de chocolate del cuento de Grimm. Alejandro asiste a aquella escenificación de lo inasible como si de un viaje astral bajo la guía de Carlos Castaneda se tratara. Los muebles viejos y rimbombantes, el guirigay de las muchachas  a medio vestir, la lejanía adusta y reprobadora de Remedios, la doble eucaristía alrededor de una mesa de una taza de chocolate y un porro fálico, esos otros cánticos de sirena de una voz con dulce acento venezolano… Son manifestaciones de lo extraño, de aquello que ocurre siempre por debajo de nuestra conciencia.

El arte de amargarse la vida, Paul Watzlawick.

Julia, que lo ha calado desde el primer momento, le regala a Gonzalo el libro de Watzlawick. Con esa indirecta tan directa solo le quiere decir que esté bien, que se deje llevar, que hay que disfrutar el camino sin pensar a cada paso que todo se puede perder…

Alicia en el Pais de las Maravillas, Lewis Carroll.

Gonzalo recibe cada poco tiempo un sobre serrado con un capítulo de Alicia en el País de las Maravillas que, previamente y con tierno mimo, ha mecanografiado Julia para él. No son necesarias notas ni mensajes añadidos, cada capítulo dice todo lo que ella no le podría contar nunca.

Memorial del Convento, José Saramago.

Julia le dice a Gonzalo su nombre secreto: Sietelunas. También le dice el que a partir de entonces será el suyo: Sietesoles.

 

Fragmentos extraídos de “Memorial del convento”, de José Saramago, que se publicó por primera vez en 1982.

 

 “Si no tienes donde vivir mejor, quédate aquí, He de ir a Mafra, tengo allá familia, Mujer, Padres, y una hermana, Quédate mientras no vayas, siempre tendrás tiempo de partir, Por qué quieres que me quede, Porque es preciso, No es razón que me convenza, Si no quieres quedarte, vete, no te puedo obligar, No tengo fuerzas para que me lleven de aquí, me has echado un hechizo en el cuerpo, No eché tal, no dije una palabra, no te toqué, Me miraste por dentro, Juro que nunca te miraré por dentro, Juras que no lo harás y ya lo has hecho, No sabes de qué hablas, no te miré por dentro, Si me quedo donde duermo, Conmigo”

***

“Realmente, mejor que esto, que lo hay, solo una mujer en la cama, y si la mujer es la que uno ama, no precisa más que aparecer en el camino, como ahora vemos a Blimunda, que ha venido a compartir el mismo frío y la misma lluvia, y trae una saya de las suyas que lanza sobre la cabeza del hombre, este olor a mujer que hace subir lagrimas a los ojos, Estas cansado, preguntó ella, basta esto para que el mundo resulte soportable, una saya cubre las dos cabezas, mal comprando es el cielo, así viviese Dios con nuestros ángeles”

***

“En el Tajo, empezaban los hombres a bajar a los fosos, donde a penas se veía nada. Dijo el cura, dentro de nosotros existen voluntad y alma, el alma se retira con la muerte, y va allá donde las almas esperan el juicio, nadie sabe, pero la voluntad, o se separó del hombre estando vivo, o se separa de él con la muerte, ella es el éter, es, pues, la voluntad del hombre lo que sostiene las estrellas, y es la voluntad del hombre lo que Dios respira, y yo qué hago, preguntó Blimunda, pero adivinaba la respuesta, Ver la voluntad dentro de las personas, Nunca la he visto, y tampoco vi nunca el alma, No ves el alma porque el alma no se puede ver, no veías la voluntad porque no la buscabas, Cómo es la voluntad, Es una nube cerrada, La reconocerás cuando la veas, prueba con Baltasar, para eso hemos venido aquí, No puedo, he jurado que nunca lo vería por dentro, Entonces, hazlo conmigo. 

Blimunda alzó la cabeza, miró al cura, vio lo que siempre veía, más iguales las personas por dentro que por fuera, sólo cuando están enfermas no lo son, volvió a mirar, dijo, No veo nada. El cura sonrió, Quizás es que yo no tengo voluntad, mira mejor, Veo, veo una nube cerrada sobre la boca del estómago. El padre se santiguó, Gracias, Dios mío, ahora volaré. 

Creí – aseguraba el cura a Sietesoles y a Sietelunas- que el éter, en definitiva, estaba formado por las almas que la muerte libera del cuerpo antes de ser juzgadas en el fin de los tiempos y del universo, pero el éter no se compone de las almas de los muertos, se compone, oídlo bien, de las voluntades de los vivos”.

La Divina Comedia, Dante Alighieri.

Aunque no se muestre explícitamente, hay un cierto paralelismo entre las figuras de Sara en esta historia y la Beatriz del Dante Alighuieri, así como una conexión, a través de Van Loos, con los pintores prerrafaelistas y la representación que de aquel sueño de mujer más me ha impactado siempre: la Beata Beatrix de Dante Gabriel Rossetti (¿veis cómo todo está conectado?); imagen que será lo primero que veréis si algún día traspasáis el umbral de mi morada.

Tal y cómo le ocurre a Alejandro con Sara, la Beatriz del Dante es una mujer absolutamente idealizada y amada. Se trata de una mujer real (la que dio razón de ser a la literaria), vecinita de Dante. Aunque ellos realmente ni siquiera llegaron a conocerse, a hablarse, Dante quedó impresionado para siempre de la belleza de la niña que quedó para siempre como inspiradora de su escritura.

Fijaros ahora también en la gran conexión que hay entre ese enamoramiento del Dante ante la visión de la niña Beatriz y la absoluta conmoción que le supuso a Cirlot ver a la protagonista de un film americano emerger de las aguas. Os cito algún fragmento de Entrepuertas y Escaleras, ilustrativo de esto:

“Una tarde de agosto de 1966 Juan Eduardo Cirlot se metió en un cine de Barcelona. Me imagino las calles saturadas de calor y el cine fresco y en penumbra, adormecido por el duermevela de la pantalla. La película se llamaba “El señor de la guerra” (“The war Lord”), de Franklin Shaffner, protagonizada por Charlton HestonRichard Boone y Rosemary Forsyth en el papel de Bronwyn.

(…)

En un momento de la película emerge de las opacas aguas de un lago la figura y el rostro de la belleza absoluta, de la verdad absoluta, porque, siguiendo a Tolstoi, la belleza sólo puede ser si es verdad: Bronwyn.

Esta visión, tan estrechamente relacionada al mito de la resurrección de entre las aguas, obsesiona a Cirlot hasta que, tras asistir a un montaje ruso de Hamlet, la relaciona con la figura de Ofelia muerta en las aguas: Bronwyn es Ofelia renacida. Bronwyn es “la que renace de las aguas”. A partir de entonces Cirlot dedicará todos sus esfuerzos poéticos a desentrañar el misterio de este ser absoluto que en una misma visión se tiene y se pierde. Durante los siguientes años, hasta su muerte en 1973, dedicará su trabajo poético a corporizar en palabras la esencia de ese absoluto al que había accedido entre fotogramas. Se trata de una obra formada por 16 cuadernillos publicados en ediciones prácticamente particulares, que poco a poco va alcanzando el reconocimiento que se le debe en la poesía castellana de todos los tiempos: el ciclo Bronwyn.”

Una vez más: todo está conectado.

 

La biblia contada a los niños, Anne de Wries.

Me regalaron este libro para mi primera comunión. Nunca he encontrado tanta violencia y tanta penuria en ninguno de los textos que he leído con posterioridad. Estas historias contadas como una interminable saga se grabaron para siempre en aquel niño al que le querían imponer la idea de un dios que solo era terror y castigo; lo que no imaginaban aquellos santos varones ideologizadores era que la fuerza de la narración oscurecería cualquier mensaje pacato que quisieran inocular a una mente para la que cualquier imagen se convertía en una película de aventuras. 

El Club de los siete secretos, Enid Blyton.

Yo creo que leí los libros de Enid Blyton a la avanzada edad de 11 o doce años. ¿Qué decir de aquellas tardes de verano sumergido en sus aventuras? Ahora apenas recuerdo ninguna de ellas, solo me llega brumosamente aquella caseta en la que se encontraban y que hacía las veces de cuartel secreto del club. Me llega más claramente la sensación de pertenencia que esas historias me marcaron: identificación con el grupo solidario que se apoya. Esta sensación me acompaña como una nostalgia, como algo deseado y no alcanzado. Esta conjunción de personas más allá de los intereses de cada uno, se intenta reflejar en la novela alrededor de la amistad que se establece entre los dos protagonistas y Tassia, verdadero y único motor de futuro de la narración. 

Cierto olor a podrido, José Luis Martín Vigil.

Mientras me recuperaba, a la tierna edad de quince años, de una delicada intervención quirúrgica, mi pandilla me regaló un libro para que me entretuviera. Se trataba de esta novela juvenil con unas cargas doctrinarias que más parecían cargas de profundidad para impedir que el vacilante ser humano que intentaba habitar en mí llegara algún día a disfrutar de la higiene que supone poder ejercitar el libre pensamiento.

Por supuesto, ellos no tenían ninguna mala intención. Como yo, eran hijos de su época, esos tiempos que los exégetas llaman transición, en los que la serpiente estaba cambiando de piel para seguir siendo la misma serpiente de siempre.

No permitan nunca que un adolescente lea este tipo de libros. No es bueno para ellos.

 

La trilogía de Nueva York, Paul Auster.

Alejandro descubre que Sara sigue leyendo los mismos libros que leían juntos entonces. Ella relee aquellas lecturas porque es la forma de que su tiempo juntos se repita: el ahora convertido en siempre, como luego intentará explicar Violeta.

En las tres novelas que componen la trilogía; Ciudad de Cristal, Fantasmas y la Habitación cerrada; Auster desgarra el género policiaco para permitirnos ver en el interior de los personajes una serie de conexiones subterráneas, más cercanas al análisis de sus almas que a ese habitual proceso de investigación detectivesca en el que se desarrollan las historias del género negro. 

Vendrá la muerte y tendrá tu rostro

 

Al intentar reconstruir la vida de una pintora fallecida en extrañas circunstancias, el periodista Gonzalo Quesada se involucra en la búsqueda de un cuadro que esconde las claves de un mundo de corrupción en el que se entrecruzan los anhelos frustrados de diferentes personajes.

{

“Hablarte no es cantar ni sollozar,
doncella de Cartago.
Te quiero no es decir te necesito,
no es hablar del amor ni de cerrados
éxtasis compartiendo los rosales.
Te quiero solamente es admitir
que te existo.
Que contengo tu ser en esta página
nacida de las ruinas de mis labios.”

Henry Scott Holland

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