José Luis Tomás                                                                            Por escrito

 

Las palabras perdidas

 

Las personas y los espejos

 

Son personas las que van por la calle y te miran y te ven y te dicen no deberías seguir ese camino y tú les dices es que es mi camino y ellos se encogen de hombros y siguen su camino.

Y sigues andando y ves el cartel y te paras y sigues mirando, te siguen mirando, y entras.

Al fondo del pasillo hay una mesa y detrás de ella una silla. Sentado en la silla está él. Está más delgado y su mirada ya no brilla tanto, o mejor diría que ya no brilla. Me mira. Está pálido. Está triste. No, no está triste. No es nada. Está nada. Le miro, le veo, no le conozco, ya no es él. Hace una mueca que no entiendo. Le sonrío y la sonrisa es un bloque de cemento que se nos cae a los pies y nos rompe el alma. Le digo, ¿qué tal? Me repite la mueca y me mira con toda la indiferencia de su mirada muerta. Calla y yo carraspeo y le digo estás envejecido y ya no pareces guapo, has cruzado la raya y tu cara está vencida como si tu mujer te hubiera abandonado y tú siguieras ahí, queriéndola como el primer día y yo siguiera aquí, queriéndola como el primer día.

—¿Sabes algo de ella?

—No.

Los dos callamos y recordamos la arena y sus besos y sus te quiero no me abandones nunca que nos decía a cada uno en días alternos. Los dos sonreímos de pena y yo me siento frente a él y parece que los dos nos odiemos, pero nos comprendemos.

Su pelo está blanco y lo único que nos alivia de aquellos sueños son los delirios de las palabras que se escriben solas para no pensar en ellas. La queremos y nos odiamos por odiarla mientras la seguimos deseando, mintiéndonos sus recuerdos para que no nos hagan más daño. Nos queremos los tres. Ella allá donde esté ya no nos recuerda, pero igual nos quiere.

Sonreímos. Lleno hasta el borde dos chupitos de vodka y nos los bebemos de un trago. Repetimos una, dos, tres, hasta cuatro veces. Ahora reímos y nos ponemos a llorar. Estamos borrachos. O no. Ella le decía no me dejes nunca te diga lo que te diga y a mí me decía no me dejes nunca te diga lo que te diga. Un día nos dejó.

Yo me quedé en silencio durante años, yendo cada día al trabajo, mirando cada día en el espejo mi misma cara que ya no conocía, recordando la arena, las jacarandas liras que en abril nos llevaban de paseo, sus cantos en mi oído, sus silencios tan acomodados diciéndome no me dejes nunca, su karaoke cantando bajo la lluvia, su mirada con nubes azules y sus arias de diva atormentada que solo susurraba si estaba demasiado triste. Oh! mio babbino caro. No me dejes nunca o me tiraré al Arno. Sus llamadas a cualquier hora, su sonrisa pintada de rojo en el pasillo de esta casa, sus enfados por querer querer bien y no poder. Él se fue a buscarla y estuvo años buscando en Roma, París, Amsterdam, Chania, Berlín, Florencia, y en cualquier sitio donde su risa resonara. Estuvo a punto de encontrarla varias veces, pero siempre en el último momento solo llegó a atisbar el olor a su perfume, white. El mismo que vaporizaba en mi cama para que él día no se me viniera encima sin ella cuando al amanecer volvía con él.

Tras todos esos años un día él regresó y se puso a dejar que el tiempo nos fuera cubriendo granito a granito como aquel reloj de arena que yo jugaba a voltear mientras ella jugaba a que nos quería. Pasó más tiempo y cayó más arena y los dos nos seguimos mirando mirar en espejos que ya no nos reflejaban.

Mi trabajo es duro a veces. Solo rutina y alguna alegría de vez en cuando. Su trabajo no tiene ninguna rutina, pero tampoco alegrías. La primera vez que nos cruzamos nos reconocimos al instante, a pesar de nuestros rostros demacrados y tristes, arenosos y abandonados. Ni siquiera nos miramos, no hacía falta. Él comenzó a andar y yo me puse a su lado y también caminé. Recorrimos todas sus calles en silencio, todas las calles por las que él caminó con ella y todas las calles por las que yo caminé con ella. Esto se repitió cada día durante las siguientes semanas. Siempre en silencio.

No hacía falta hablar, nunca nos cruzamos ni una palabra. Él recordaba y yo recordaba. Desde el primer día tuvimos la misma idea, pero seguimos andando callados.

Tal y como nos habíamos encontrado un día dejamos de hacerlo. Yo seguí caminando solo por las mismas calles durante más y más años, más y más días llenos de la misma rutina, de la misma memoria que se había quedado huérfana y sin memoria de ella aunque sus labios siguieran cantando como películas mudas, aunque su risa ya no fuera aquella risa y la gente te sigue mirando caminar y se para a indicarte el camino, un poco tristes, un poco hartos ya de que tú sigas tan perdido, hasta que de pronto hoy te pares otra vez frente al cartel y él está dentro en la silla frente a la mesa y bebáis vodka y casi no crucéis palabra y os odiéis por lo que habéis tenido y casi que os queráis por lo que habéis perdido. Quizá ella murió hace mucho o quizá nosotros hayamos muerto hace mucho y ahora estamos aquí viviendo la nada sin ella, mirándonos en el espejo con un cartel entre la barbilla y el corazón que dice “Cerrado por derribo”, y con la antigua idea de que ambos somos la misma persona. Quizá a él le esté pasando lo mismo. 

 

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Lo terrible no es la calle sola,

el andén como un reto,

los trenes que perdimos.

Lo terrible no es ni siquiera el dolor.

Lo que duele terrible y zarandea

es que ya solo queda

recurrir a la vida por tus ojos

que son una distancia casi absurda,

que son un túnel negro de esperanza.

Javier Egea, Paseo de los tristes

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